VIDA Y OBRA DE CERVANTES

“Poesía, secretos y murmuraciones en la vida de Cervantes”

“Estos escritos que periódicamente vamos a leer sobre la vida y obra de Cervantes, debe imaginar el lector que se trata de la construcción de un castillo de módicas pero apasionadas paredes. Castillo que iré construyendo con ladrillos sobrantes de verdaderas y fabulosas edificaciones, construidas por geniales arquitectos. Quizá sea este el momento de pedirles disculpas por si hallare el lector algunas goteras en esta improvisada morada.”

Escribe: Roberto Carlos Torós / robertotoros@hotmail.com

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Capítulo 1

EL BAUTISMO DE CERVANTES

El Ingenioso Escritor llamado Miguel de Cervantes Saavedra fue bautizado en la Iglesia Santa María la Mayor, de Alcalá de Henares, un 9 de octubre de 1547.

Y este no es un dato menor, pues como no hay fecha cierta de su nacimiento, se supone, por la fecha del bautismo, que ha nacido nuestro Ingenioso Escritor el 29 de septiembre de ese año, en el día de San Miguel, y de allí su cristiano nombre.
Tratemos ahora de transportarnos a la época e imaginar cómo fue aquel domingo 9 de octubre del año 1547.
Por entre el bullicio y estruendo de aquel domingo soleado, un hombre joven, pero avejentado, atravesaba la plaza llevando en brazos, abrigada con la capa, una criatura recién nacida. Iba acompañado de su amigo y luego compadre don Juan Pardo. Ese hombre era Rodrigo de Cervantes, el padre de Miguel, de profesión cirujano, (se le decía cirujano en esos tiempos a lo que hoy sería un enfermero). Caminaba Rodrigo en forma marcial, derecho, con la cabeza erguida, con un aire entre distraído y retador, no oía las campanillas de las mulas, ni el gritar de las vendimiadoras, ni el cantar alegre de los estudiantes. El compadre Juan Pardo tampoco se molestaba mucho en hablarle, pues Rodrigo de Cervantes, el cirujano, el padre de Miguel, en realidad era sordo.
El sol doraba los tapiales de los caserones de la calle Roma, y envolvía en una caricia suave la puerta del templo donde Rodrigo y Juan se encaminaban. Allí, frente a una rugosa fuente bautismal, que aún hoy perdura, lo esperaba doña Leonor de Cortinas, la madre de Miguel. Y fue así que el reverendo bachiller Serrano, en ese 9 de octubre de 1547, bautizó a Miguel de Cervantes Saavedra. El mismo religioso había bautizado años antes a Andrés, Andrea y Luisa, los hermanos mayores de Miguel, luego vinieron al mundo Magdalena, Rodrigo y Juan. Como los cervantistas y la matemática lo explican, la familia Cervantes tuvo siete hijos.
Mientras esto sucedía, en el puerto de Sevilla, sobre el río Guadalquivir, de la nave la “Almirante” desembarcaban y cargaban sobre carretas el oro, plata y perlas, provenientes de América. Cruzaban luego la Puerta de Triana, con destino a la Casa de la Contratación, 60 carretas repletas de oro, plata y perlas que en nombre de la civilización fueron graciosamente robadas de nuestro suelo americano.
A Cervantes, desde niño lo acompañó la pobreza. Tropezando y cayendo, a trancas y barrancas, un día vos y otro día vuesa merced, vivía la familia del cirujano Rodrigo de Cervantes en Alcalá de Henares. Sin embargo, debemos decir que los Cervantes provienen de una familia de abolengo, su abuelo Juan era abogado en Córdoba y se desempeñó como Juez de la Audiencia de don Juan Téllez de Girón, el fundador de la Facultad de Osuna. Cuenta la historia que un día alguien golpeó a la puerta de la casa de don Juan… ¡Quién es!…habría dicho el abuelo Juan, que era de mal carácter. Era el cartero. El licenciado mira el sobrescrito y reconoce la letra fanfarrona, un poco vacilante de su hijo Rodrigo; la lee y una involuntaria y amarga sonrisa, una sonrisa de compasión, se dibuja en sus labios. Le anuncian el nacimiento de su nieto Miguel. Siente entonces una profunda compasión, la compasión del padre inteligente y activo por el hijo inhábil e irresoluto y para colmo sordo, y sabe, lo sabe muy bien, que su nuevo nieto tendrá que luchar solo en la vida y que esa lucha estará llena de Poesía, secretos y murmuraciones…

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Capítulo 2

LOS ESTUDIOS DE CERVANTES

La familia Cervantes deja Alcalá de Henares y en busca de nuevos rumbos viaja a Madrid. Y en Madrid, cuando Miguel de Cervantes tenía más o menos 13 años de edad, los estudios eran costeados por el cabildo o consejo de la Villa, y se enseñaba allí matemática, gramática latina y castellana. Es decir, en Madrid, en esos tiempos, los estudios primarios eran gratuitos. Miguel estudió gramática y latín con el licenciado Vallés y luego con el licenciado Jerónimo Ramírez, estos fueron sus primeros maestros, luego vendría a completar sus estudios el clérigo López de Hoyos, quien en una oportunidad diría de él “mi querido y muy amado discípulo”, frase que ha quedado en la historia cervantina. Es bueno decir que la enseñanza de López de Hoyos, o parte de la enseñanza, consistía en incentivar al alumno en la lectura y hacerle hacer composiciones:….. Permítaseme una humorada: seguramente don López diría: “a ver alumnos saquen papel y pluma, tema de composición la vaca”. Y luego a leer, a leer todo lo que se pueda, que eso es algo insustituible por los siglos de los siglos, a pesar de la modernidad. Así Miguel entró al mundo de los autores clásicos, de los libros de caballería, del romancero, pronto conoció a los autores clásicos como Horacio, Ovidio y el mantuano Virgilio, en fin, con ellos comenzó Cervantes a apasionarse por la lectura, pasión que le duró toda la vida hasta llegar a ser lector de profesión.
Miguel tenía entonces 15 años de edad, y la familia Cervantes decide trasladarse a Sevilla, pues vivir en Madrid era caro y dificultoso. Y entonces, paso a paso, a caballo, en carreta, lentamente cruza Miguel la grave y cruel llanura manchega (recordemos que Mancha es un vocablo que proviene del árabe que en castellano quiere decir estepa). Allí vio Cervantes por primera vez brotar el sol de la tierra como si de ella fuese un fruto y cuando la noche viene, el desamparo de la creación desolada es abrumador. ¡Que lugar limpio y claro! – debió haber pensado el joven Miguel – Justo para un combate entre gigantes y caballeros. – Y he aquí un secreto: en esa llanura manchega el joven Cervantes vio por primera vez a los molinos de viento; los pobladores le habían puesto nombre: el Burletta, el Infanto y el Sardinero (estos molinos, con sus nombres, aún hoy perduran en España y son visitados por los turistas, se dice que el Burletta fue el que venció a Don Quijote)… Cervantes oyó hablar a los pobladores y notó la angustia de alguno de ellos que pensaban que esos molinos le iban a quitar su fuente de trabajo y modificar el medio ambiente… fue entonces cuando Cervantes imaginó que algunos de esos molinos eran monstruos con los que había que combatir. La frase moderna de que no hay que luchar contra los molinos de viento es un engaño, no nos descuidemos, hoy esos monstruos se nos representan de otras formas más sutiles, más modernas y más agresivas: no como molinos de viento sino como deudas externas, guerras programadas, misiles con ojivas nucleares o gigantescas papeleras o pasteras… ¡No!..No todos son ingenuos molinos, algunos son verdaderos monstruos, contra los que nunca hay que dejar de combatir.
Por fin, cierta hermosa mañana, en que el sol se repartía afable, igualitario entre pobres y ricos, justos y pecadores, llega Miguel con su familia a Sevilla, lo primero que ve es la Giralda, la torre que ríe, y luego, asombrado, observa unos altísimos palos con unos blanquísimos lienzos blandamente agitados por el viento: eran cientos de galeotas, goletas y bergantines amarrados en el puerto de San Lucar, en las costas del río Guadalquivir. El mismo puerto por donde entraban a diario las carretadas de oro, plata y perlas, provenientes del suelo americano, en cantidad tal que hoy se podría haber pagado con todo ese tesoro la deuda externa de toda América latina. En fin, Miguel ya está en Sevilla, en aquellos tiempos la Babilonia de Europa.

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Capítulo 3

EL JOVEN CERVANTES EN SEVILLA

En el capítulo anterior habíamos hablado sobre las primeras letras del joven Cervantes en Madrid. Bien. También habíamos dicho que la familia Cervantes, por razones particulares, viaja a Sevilla. En Sevilla acogen a Miguel para sus estudios los buenos jesuitas de la Compañía de Jesús, donde profundiza sus lecciones de gramática, matemática y, fundamentalmente, perfecciona su amor a la lectura, pues como habíamos dicho en el capítulo anterior, Miguel fue, antes que escritor, un lector de profesión.
Al llegar la noche sevillana, conoce Miguel a los “Animeros” (lo que hoy sería en Buenos Aires la Guardia Urbana), personajes pagados por el Municipio que iban tocando por las calles, anunciando su paso, una lúgubre campanilla. Los buenos Animeros escrutaban los patios, las rejas, hurgaban los goznes de las puertas…, contribuían a la seguridad del barrio… sin embargo, también tomaban prestado algunas calzas o unas camisas a secar, o cuantas cosas anduviesen sueltas por las casas, es decir, hacían el “tercio de chanza”, que en la jerga de la germanía (lo que sería hoy nuestro lunfardo), significa ponerse de acuerdo para desvalijar a un tercero. Como vemos, a pesar de los 400 años que han pasado, en este aspecto nada cambió, sino no tenemos más que recordar algunos episodios de actualidad ocurridos en country o barrios cerrados, donde el delito es mucho más que una camisa robada.
Así, de estas y otras cosas iba viendo y enterándose el joven Cervantes, como por ejemplo de la existencia del Quemadero del Campo de la Tablada, lugar preferido por la Santa Inquisición, donde iban a morir quemados vivos los sambenitados (el sambenito, del famoso dicho popular “cada uno tiene colgado su sambenito”, era un medio poncho amarillo que le colocaban los Inquisidores a los herejes o a los judíos y según el dibujo de su pechera era su destino, cuando el dibujo era unas llamas el destino era la hoguera), – luego, la Santa Inquisición se establece en América y allí con la Biblia en una mano y con la espada en la otra, a fuerza de muertes y torturas, invitan amorosamente a los lugareños a iniciarse en la religión cristiana. Debemos reconocer, que fueron los buenos Jesuitas los que llevaban nada más que la Biblia y los conocimientos al suelo americano. En fin, este avance del cristianismo en suelo americano, la disputa de poder entre españoles y portugueses, fue en cierto modo una forma de globalización. Pero volvamos a Sevilla… pegadito al Quemadero de la Tablada se encuentra la plaza de San Francisco, donde estaba la horca para los condenados por la justicia civil. Y así, de ese modo, veía el joven Cervantes las muecas grotescas de los ahorcados y las contorsiones suplicantes de los quemados vivos, entre los aplausos festivos de la concurrencia, pues en aquellos tiempos todo ello era un espectáculo público. El joven Cervantes conoce allí la necesidad humana de presenciar el sufrimiento, y, asimismo, comienza a admirar el heroísmo por sobre la santidad, semilla que germinará luego en el Quijote.
El genio más grande que ha engendrado España para la humanidad toda, a los 17 años de edad ya conocía muy de cerca los secretos de la vida y de la muerte.
Y ahora revelemos un secreto: el don maravilloso que tenía Cervantes. Cervantes no solo era un observador. En el mismo momento que su ojo registra los hechos cotidianos, su cerebro almacena, su ingenio inventa, le da forma, modela, y su cerebro luego vuelve a almacenar a fin de, pasados los años, volcar esos recuerdos a sus novelas, a sus cuentos, a sus entremeses, a sus poesías o a sus obras de teatro. !En ellos se encuentran encerrados todos los avatares de su vida¡ Este es el don que lo llevó a ser más adelante el creador de la novela moderna. Cervantes es el primer escritor que pintó, como un Velázquez o un Miguel Ángel, la conciencia y los cambios de humor de sus personajes.
Y es en Sevilla donde Miguel de Cervantes Saavedra conoce al hombre que lo marcará para siempre en el camino de las letras: el genial batihoja (batihoja es el oficio de cincelar el oro) el genial don Lope de Rueda, creador del diálogo teatral en cuanto a la técnica se refiere, que iba de un lado a otro con su teatrillo ambulante y sus títeres (Cervantes siempre amó a los títeres)….recordemos ahora esta murmuración llena de poesía dicha por un reconocido cervantista: Lope de Rueda fue el Bautista del humorismo español, del cual Cervantes iba a ser el Mesías. A Cervantes, por lo dúctil y sutil en el manejo de su pluma, se lo conoció en la época como “el escritor alegre”.
En fin, por último digamos, y esto es muy importante, que Cervantes no tenía estudios universitarios, pero sí una enorme y prodigiosa cultura.

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Capítulo 4

CERVANTES EN ITALIA

Sabemos ahora, porque hemos divulgado el secreto, que Cervantes no tenía estudios universitarios, pero que sí era un hombre culto y de una experiencia inigualable. Pero vayamos ahora a la inquietud de algunos lectores que la semana pasada me han enviado correos electrónicos preguntándome sobre la fuente de mis escritos. Si bien para conocer al Príncipe de los Ingenios he leído las investigaciones de cervantistas como el genial Rodríguez Marín, Miguel de Unamuno, Emilio Sola y José F de la Peña, Jean Babelón, Eduard C. Riley, Martín de Riquer, Navarrete, Fitzmaurice Kelly, Clemencín, Menéndez Pidal y Schevil, conocer sobre la vida de Cervantes resulta relativamente fácil, y voy a insistir con este gran secreto: toda la vida de Cervantes está reflejada en sus obras: En sus poesías, en la primera novela que escribió, la Galatea, en sus ocho novelas ejemplares, en el Quijote, en sus obras de teatro, y en su última novela romántica, editada después de su muerte: el Persiles, en todas sus obras existen retazos intensísimos de su vida, solo hay que desentrañarlas. Recordemos ahora aquello que escribí al comienzo de este apasionante relato:

“Estos escritos que periódicamente vamos a leer sobre la vida y obra de Cervantes, debe imaginar el lector que se trata de la construcción de un castillo de módicas pero apasionadas paredes. Castillo que iré construyendo con ladrillos sobrantes de verdaderas y fabulosas edificaciones, construidas por geniales arquitectos. Quizá sea este el momento de pedirles disculpas por si hallare el lector algunas goteras en esta improvisada morada.”

Ahora bien, sabemos que Cervantes tenía un don temible y admirable: el de fijar las imágenes en su memoria y luego, en su momento, darles forma literaria. Sus ojos observan y su mente almacena, luego su imaginación hará el resto, ya habíamos dicho esto en artículos anteriores. Pero ahora voy a confiarles otro secreto lleno de poesía: a mí me apasionó la vida de Cervantes porque era un hombre simple, sencillo, buena persona, que bien podría colaborar hoy desinteresadamente con Nueva Avenida, que tanto hace en la difusión de la cultura, y ser amigo entrañable de sus directores. A menudo le gustaba Cervantes mostrar su desdén por los pedantes graduados en Salamanca, Alcalá o en la mismísima Sorbona, ese fantástico lugar fundado por el capellán Robert de Sorbon en el año 1210, en Francia, que creen que un grado universitario les da la ciencia de la vida y se sienten omnipotentes y llenos de odiosa vanidad. Es importante ser universitario, no debemos negarlo, pero mucho más importante es ser un hombre de bien, de principios inquebrantables, un humanista, un humanista sí, como lo pedía incansablemente, en cada ocasión que podía, nuestro inolvidable Dr. René Favaloro. Y Cervantes era un humanista, vaya si lo era.
Pero volvamos al punto. ¿Cómo se completaron entonces los estudios de Cervantes? Veamos. Resulta ser que un hijo de Felipe II y María de Portugal, llamado Carlos, muere. Entonces el Papa Pío V envía a España a un embajador a fin de darle las condolencias a Felipe II, era este embajador el monseñor Julio Acquaviva, quien luego fuera elevado a Cardenal. No se sabe cómo, porque no hay datos precisos, pero el joven Miguel, de 20 años de edad, entra a trabajar como camarero del monseñor. Las murmuraciones dicen también que Cervantes huyó de España a Italia, por ciertas pendencias que tuvo con un tal Antonio de Sigura, que lo desafío a duelo y parece que Cervantes lo hirió y fue perseguido por la ley, pero son sólo murmuraciones. Sea como sea, viaja a Italia como camarero del monseñor. Al establecerse allí ama Cervantes a Italia tanto como a España. Italia era entonces, culturalmente, la adelantada de toda Europa: “la vida libre de Italia”, dice Cervantes, lleno de alegría. Para entender lo que sigue, recordemos por un momento lo que se dijo hace pocos años en el Congreso de la Lengua, en Rosario, sobre la sonoridad de las palabras, recordemos ahora a un grande que participó de ese Congreso: Roberto Fontanarrosa. Disertó en ese foro Fontanarrosa sobre la sonoridad de las palabras. La sonoridad de los vocablos, más allá de su etimología y del sentido del mismo, es un placer para nuestro oído, es un arte. Y al joven Cervantes le suena bien al oído, y lo repite con humorismo en sus reuniones literarias aquellas sonoridades italianas de: ¡Eco li buoni polastri, picione, presuto et salcicie!
Y aquí va otro secreto: si queremos saber más sobre su vida en Italia no tenemos más que leer algunas de sus novelas ejemplares: La señora Cornelia, Las dos doncellas, La fuerza de la sangre, El licenciado Vidriera…
Con alegría, con la alegría de sentirse libre, pues Miguel ama la libertad por sobre todas las cosas, visita gran parte de la Italia renacentista, quedando absorto por las esculturas de Florencia y fundamentalmente de Roma, donde conoce el esplendor del Vaticano, todo ello nos lo cuenta Cervantes en su novela “El licenciado Vidriera” y en su última novela romántica “Los trabajos de Persiles y Segismunda” (aclaro que el vocablo “trabajos” en el siglo XVI era sinónimo de “padecimientos”), y dice Cervantes: “… por sus despedazados mármoles, enteras y medias estatuas, por sus rotos arcos y derribadas termas, por sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes…”.
Luego nuestro Ingenioso Escritor se dirige a Nápoles, que en ese entonces pertenecía al reino de España; y he aquí una murmuración: Cervantes escribe Viaje al Parnaso, un elogio a los poetas de la época, que a mi juicio es una joya literaria. Viaje al Parnaso está escrito en tercia rima, una métrica muy intrincada ideada por Dante Alighieri para escribir su Divina Comedia que, dicho sea de paso, al leerla hoy en prosa y en castellano pierde mucho de su encanto.
Hay varios pasajes en Viaje al Parnaso en la que interviene el mismísimo Cervantes como un personaje más. Uno de esos pasajes, tres intrigantes endecasílabos, la crítica cervantista provista con su moderno armamento escudriñador, sobre todo la del escritor cervantista Babelón, nos asegura que transmite un mensaje concreto, veremos ahora esos endecasílabos, presten atención:

Llamóme padre, y yo llaméle hijo
Quedó con esto la verdad en punto
Que aquí puede llamarse punto fijo.

¿A observado el lector lo que dice el propio Cervantes?: “Llamóme padre, y yo llaméle hijo”. Es que, ¿además de su hija Isabel, nacida de los amores clandestinos con Ana Franca o Villafranca, antes de casarse Miguel con Catalina Salazar Palacios y Vozmediano, tenía Cervantes un hijo en Nápoles? Las murmuraciones de algunos cervantistas dicen que sí. ¿Pero, no será acaso un secreto y no una murmuración, lo que nos dice esa poesía?
Lo cierto es que siendo camarero de Monseñor Aquaviva, se encarga de leerle al Monseñor libros de filosofía e historia, incluso algún libro prohibido en la época como lo era “Elogio de la locura” de Erasmo de Rotterdam, y frecuenta como acompañante del Monseñor los círculos de filósofos y escritores encumbrados, donde no-solo aprende y amplía su conocimiento, también aprende el latín por ejemplo, y pone en práctica aquel su natural y poderoso don otorgado por la naturaleza que el lector ya conoce. Cuando se entera que a Monseñor Julio Aquaviva lo van a nombrar Cardenal, reflexiona que ese cambio lo llevará a la vida rutinaria y protocolar, y su espíritu nómade se rebela y se despide para siempre del Monseñor. Toma entonces una importante decisión, cumplidos los 23 años de edad, junto a su hermano Rodrigo, se decide por las armas en los regimientos españoles en Italia, ¡Miguel de Cervantes quiere llegar a ser Capitán!, y se alista en la Compañía del Capitán Diego de Urbina, en el tercio de Miguel de Moncada. Un año después, en el año 1571, en el puerto de Mesina, se embarca en la galera la Marquesa, a las órdenes del capitán Francisco Santo Pietro. Y ya estamos en las puertas de la batalla que nunca olvidará la cristiandad, la batalla de Lepanto, contra los turcos que dominaban el mar, ocurrido el 7 de octubre de 1571, donde Miguel fue un legítimo héroe, un héroe de carne y hueso no de leyenda.

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Capítulo 5

A LAS PUERTAS DE LA BATALLA DE LEPANTO

Habíamos dicho en el capítulo anterior que nos encontrábamos a las puertas de la batalla de Lepanto. Debo admitir que atrapado por el entusiasmo del relato, me he adelantado a los acontecimientos. Hagamos un breve repaso y observemos los sucesos: Cervantes, después de algunos meses al servicio de monseñor Acquaviva, el que luego fuera Cardenal, se roza con gente de distintos estratos sociales y va guardando en su memoria excepcional las distintas facetas de la cultura y las anécdotas de vida. Luego, abandona al Cardenal y su espíritu inquieto decide que debe tomar plaza como soldado. (Aquí vale la pena aclarar que en aquellos tiempos conseguir trabajo era dificultoso – como vemos a cuatro siglos poco ha cambiado la situación – las opciones más rápidas eran pertenecer a la corte del rey – lo que sería hoy un empleado público – tomar los hábitos de sacerdote o ser militar. De cualquier forma, todo era subsidiado por el Estado, lo que equivale a decir que todo era solventado con los impuestos que pagaba el pueblo). Nuestro joven Cervantes se decide por ser soldado, y su ambición era llegar a ser alférez o capitán. Sin embargo, recordemos que Cervantes tenía entonces 23 años de edad, había otro íntimo motivo para que eligiese las armas. Veamos: Habíamos dicho en el capítulo anterior que toda la vida de Cervantes se halla reflejada en sus obras, y esto que voy a contarles ahora, que no es ni secreto ni murmuración, es poesía de vida, es decir, poesía en estado puro, me viene a la memoria por uno de los pasajes que he leído en su novela ejemplar La Española Inglesa: Para un mejor entendimiento de lo que voy a narrarles es necesario que el lector efectúe un ejercicio de imaginación: Imaginemos al joven Cervantes recorriendo lentamente las calles de Nápoles con el puño en la espalda y la otra mano sobre el mango del sable de hoja ancha, con su traje de color verde brillante, y digo verde brillante porque Cervantes, al igual que luego Federico García Lorca, siente una marcada predilección por ese color, su sombrero de gran falda o ala, de color leonado, con mucha diversidad de plumas, armado de peto, espaldar, gola y brazaletes. Se detiene Miguel frente a un balcón en la vía Maggiore, alza su vista y observa que dos ojos claros de una joven napolitana, de piel blanquísima y cabellos oscuros, no dejan de mirarlo mientras una sonrisa de sus dientes perlados escapan entre sus labios rojos y le arrancan a Miguel un suspiro amoroso.

Ojitos de mar claro
Con su cabello
De negra noche.

Miguel tenía un amor en Nápoles.- Observemos esta frase dicha por uno de los personajes de su novela ejemplar: “…yo imagino que debe ser cosa hermosísima la guerra, pues entre las mujeres parecen bien los hombres armados…” El segundo motivo que tenía Cervantes para hacerse soldado se los voy a contar recordando una ingeniosa frase atribuida a mi amigo el genial escritor y creativo, orador y humanista argentino Alejandro Dolina (por ser una frase ingeniosa se la atribuyen a Dolina), frase que Dolina no recuerda haberla dicho nunca y que no figura en ninguno de sus libros, sucedió con este dicho lo mismo que con la famosa frase “ladran Sancho señal que cabalgamos”, que por ingeniosa se la atribuyeron a Cervantes, pero que él jamás la dijo ni figura en ninguna de sus obras, todo es pura imaginería popular, pero si bien la frase doliniana parecerá vulgar lleva en sí una connotación humana muy profunda: veamos lo que dice: “Todas las cosas que hace el hombre en este mundo, son para levantarse minas”. La metáfora es interesante y en su traducción mental significa que todo lo que hace el hombre en este mundo para engrandecimiento del espíritu de la humanidad toda y para su progreso, es por amor, por amor a una mujer. Ese era el segundo motivo que tenía Cervantes para hacerse militar. Por amor a una mujer. El mismo Don Quijote salió a redimir el mundo por amor a una mujer, por amor a una labradora llamada Aldonza Lorenzo, hija de Aldonza Nogales y Lorenzo Corchuelo, a la que luego llamó Dulcinea del Toboso, y que en diez años solo la vio cuatro veces y de lejos. El quijotista Unamuno sostiene que Alonso Quijano, luego llamado Don Quijote, enloqueció de amor, y que no fueron los libros de caballería como se dice que lo enloquecieron, fue ese amor que a los 40 años de edad no se atrevió a confesar, y luego, para olvidar su timidez de hombre maduro, comenzó a leer los libros de caballería. Bien. Ahora sigamos con la historia. En ese año de 1570, recordemos otra vez que Cervantes tenía entonces 23 años de edad, el sultán Selim viola los tratados concluidos con Venecia e invade la isla de Chipre. El Papa Pío V decide entonces enviar hacia el Levante las galeras, al mando de las cuales estaba Marco Antonio Colonna. Los españoles y los venecianos marcharon juntos, sin embargo no pudieron impedir que los turcos invadan Nicosia. Esa Nicosia de Chipre, con todas sus aventuras, trata la novela ejemplar de Cervantes titulada El amante liberal. Cuarenta y nueve galeras españolas se han reunido en Otranto a las órdenes de Gian Andrea Doria. Veinte de ellas forman la escuadra de Nápoles, al mando del famoso Marqués de Santa Cruz. Llegan refuerzos de cinco mil españoles y dos mil italianos. En la compañía del capitán Diego de Urbina, del tercio de don Miguel de Moncada, se encuentra un nuevo recluta llamado Miguel de Cervantes Saavedra. Pero, como les decía al principio, todavía no se librará la batalla. Miguel, el soldado poeta, se pasa todo el invierno en Nápoles, sin actividad alguna, y, de vez en cuando, yendo a visitar el balcón de la vía Maggiore. Y aprovecha el tiempo ocioso para leer, y se la pasa leyendo, leyendo a Erasmo, a Séneca (recordemos que Séneca era Español, nacido en Córdoba, tierra andaluza), leyendo las aventuras del Amadís de Gaula, de Garci Rodríguez de Montalvo, Las sergas de Esplandián (el hijo de Amadís de Gaula), Don Olivante de Laura, de Antonio de Torquemada, y muchas novelas más que luego parodió en el Quijote. Es un soldado que observa y que piensa, que lee y escribe: es un soldado poeta. En la historia de la literatura abundan estos casos de soldados poetas: desde Sócrates, que al montar guardia cae en éxtasis, Descartes en Bohemia, el portugués Camoens que luchando en África perdió un ojo, Lope de Vega, que forma parte de la Armada Invencible, y Calderón de la Barca, quien será soldado antes de hacerse sacerdote. Bien. Ahora sí, ahora sí ha llegado el momento tan esperado. Los navíos se dan a la vela el 15 de septiembre de 1571. Es una flota temible la que avanza hacia el Levante, comandada por don Juan de Austria, el Rayo de la Guerra, el hermano bastardo de Felipe II, el medio hijo de Carlos V…. Luego de varios días de navegación, donde don Juan elabora su estrategia para la batalla, ha llegado el 7 de octubre de 1571. Muchos cervantistas suponen que Miguel de Cervantes, como soldado novato, iba con privilegiada comodidad en la galera la Marquesa. Y no es así. Hay testimonios escritos que dicen que Miguel va mareado, asfixiado, comido de pulgas y piojos, asqueado por las groserías de la chusma, lleno de todas las aprensiones posibles,……. menos de miedo. Y como si esto fuese poco, se había pescado una gripe tremenda e iba con muchísima fiebre….en los libros encontraremos que dice que Cervantes “iba con calentura”, que así le decían a la fiebre en aquellos tiempos. Bueno, ahora sí, eh, tengamos cuidado porque estamos parados justo en el medio de la batalla. A pesar del silencio, ese silencio que precede a los terribles combates, ya podemos sentir el fragor de la lucha, al olor a pólvora. En el próximo capítulo les cuento cómo sigue esta apasionante aventura que es la vida de Miguel de Cervantes Saavedra, el relato de la contienda y el comportamiento heroico de nuestro Ingenioso Escritor.

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Capítulo 6

EL MANCO DE LEPANTO

Cuentan las crónicas del gran cervantista y quijotista Francisco Navarro y Ledesma, que el despliegue de las galeras, con sus velas de colores, era un espectáculo inigualable. Era un cuadro imponente lo que se veía. Los bajeles, las galeras, todos los navíos con sus velas de colores desplegadas, es poesía decir que ante los ojos de todos parecían naves cargadas de flores al aire esparciendo aromas de octubre. El aire caliente de la Gran Sirte iba hinchando las velas de aquellos navíos hacia el mar Adriático. Las galeras venecianas recorrían el mar Jónico y se acercaban al canal de Otranto. Mientras tanto los turcos habían doblado la costa de Morea; se le había visto desde Cefalonia y desde Zante. Apelando a la prudencia, los venecianos aconsejaron a don Juan de Austria tomar un reposo antes del ataque, y entonces la escuadra se dirigió a Corfú… Corfú es una de las islas Jónicas, en Grecia, donde cuentan que el clima es siempre delicioso, encantador. La galera La Marquesa navegaba alegremente por aquellos sitios con sus velas inflamadas por el viento y sus estandartes flameando con orgullo. De pronto, el joven Miguel de Cervantes creyó escuchar un idioma que a sus oídos le parecía un canto dulce y amable, era el idioma griego. Ya habíamos dicho cómo iba Miguel en la galera La Marquesa: envuelto en una frazada, lleno de piojos, pulgas y con fiebre, defendiéndose de las ratas que muertas de hambre le roen las botas. Los compañeros le aconsejan quedarse en la bodega, pero él les dice que morir por morir prefiere hacerlo por Dios y por su Rey. La fiebre y la impaciencia abrasan a Miguel. Como puede sale a cubierta, levanta la cabeza y sus ojos observan, su mente almacena. Sí, aquella playa es la misma de los Feacios, Corfú en lenguaje moderno, la que acogió benéfica a Ulises, el errante. Aquel río es el río donde lavaba Nausícas, la virgen de los brazos cándidos… allí, en un recuesto, divisa Miguel el sagrado bosque de álamos blancos que los ascendientes del rey Alcinoo advocaron a Minerva, la diosa de la sabiduría. Pero, continúa diciendo las crónicas, por desgracia aquellos hombres no son los héroes de la Ilíada. De pronto, en aquella terrible mañana del 7 de octubre de 1571, los hombres de la Marquesa corren apresurados, pálidos unos, rojos los otros, llameantes las pupilas, todos van gritando ¡Al Arma! ¡Al Arma!.. y así nace entre gritos el nuevo vocablo, que en la actualidad se utiliza con el mismo miedo pero desprovista de toda poesía. El ataque ha llegado. De pronto se oye un gran estruendo, las costillas y todo el maderamen del barco crujen, tiembla, y un sin fin de estampidos anuncia que la Marquesa acaba de disparar su primera andanada. Miguel suelta su frazada, se encasqueta el acerado morrión, y toma su afilada espada. Las piernas le flaquean, la cara amarilla recuerda a un muerto, la fiebre ha hecho su estrago. Sobre cubierta se cruza con el capitán Santisteban y con el alférez Gabriel de Castañeda. Ambos al verlo se sobresaltan, aquel soldado ojeroso, amarillento y desencajado no está para pelear, no, pero Miguel ha visto el fuego, ha respirado el humo, ha olido la pólvora, ha presentido la muerte. Y piensa que la ocasión es única, morir no importa. Los estampidos de los arcabuces turcos, que no se sabe de dónde salen ni de dónde vienen, aturden y cruzan sibilantes de lado a lado la cubierta. Santiesteban, a los gritos, le insiste que vuelva a la bodega, pero Miguel es un hidalgo, Miguel es un cristiano, tiene vergüenza, osadía le sobra… ¡Qué dirían de él, que no hacía lo que debía!.. diría años más tarde él mismo en una de sus novelas ejemplares. Señores, dice Miguel en forma enérgica, pónganme en el sitio más peligroso y allí estaré y moriré peleando. El capitán Diego de Urbina, el medio paisano de Miguel de Cervantes, que le había tomado cariño, menea la cabeza y se le anuda la garganta ante tanto heroísmo, ante tanto valor. Le otorga doce soldados a su mando y le indica defender la posición donde se encuentra el esquife. Los atentos ojos de Miguel ven entonces embestirse a una galera turca contra la Marquesa. Vuelan las sogas y los ganchos, y experimentados marinos turcos abordan la Marquesa. Mientras Miguel se bate como un héroe de la Ilíada, evocando a Aquiles el guerrero, los soldados de la Marquesa dan muerte a quinientos turcos y tienen el honor de apoderarse del estandarte real de Egipto (el Sultán Selim había incorporado a Siria y a Egipto al Imperio Otomano). En la refriega, las alevosas balas matan a algunos de los soldados al mando de Miguel. Cervantes observa, como aquella vez cuando era niño y estaba allá en Sevilla mirando a los herejes quemados vivos en el Campo de la Tablada, como se retuerce de dolor el soldado herido, uno mutilado de ambos brazos, el otro sosteniéndose los intestinos que se le escapan por entre los dedos, aquél con la cabeza abierta de par en par hasta el cuello (así es la guerra queridos lectores). Miguel se defiende heroicamente como puede, de pronto, dos ojos negros y amenazantes le observan, le admiran. Es un moro. El soldado turco levanta el arcabuz y apunta, es su oficio… pasaron unos segundos y un arcabuzazo le da de lleno a Miguel en la mano izquierda, que sangra profusamente. Igual Miguel sigue combatiendo ferozmente, su brazo empuñando su espada hiende, hiere, mata. La fiebre y el orgullo le mantienen en pie, como así también la curiosidad y el ansia de saber cómo terminará la batalla. Pero ahora son dos balas al mismo tiempo que disparadas por sendos mosquetes dan en el pecho de Miguel de Cervantes. Miguel, sin soltar su espada, tambalea. Una nube roja le cubre la vista y pronto pierde el sentido y cae sobre cubierta…
La batalla de Lepanto se ganó y pasó a la historia como la batalla que le demostró a los turcos que también los cristianos eran fuertes en el mar, y como un trofeo de guerra y un canto al heroísmo, nació el apodo de Cervantes: ¡el Manco de Lepanto! Finalizada la contienda bélica, Miguel de Cervantes fue internado en el hospital de Mesina, en la isla de Sicilia, Italia, donde el mar Tirreno se une con el mar Jónico. La herida en su brazo izquierdo es severa, pero no pierde el brazo, no es necesario amputar pues le detienen la gangrena, sin embargo el brazo le queda anquilosado, sin movimiento alguno para toda la vida: toda la gloria militar de la batalla está en su brazo y en su mano izquierda que, quizá, haya quedado en el olvido… la gloria literaria que traspasa los siglos, queda para su brazo y su mano derecha, y su recuerdo será eterno.
Volvamos a recordar, una vez más, que toda su vida está sutilmente entremezclada en sus novelas, en sus poesías, solo hay que aprender a desentrañarla. Así, si queremos saber qué pensaba Cervantes de la guerra, siendo ya un hombre maduro, no tenemos más que leer un pasaje del Quijote, donde Cervantes pone en boca del Caballero Andante las siguientes palabras:
“Bien hayan aquellos benditos siglos que carecieron de la espantable furia de los endemoniados instrumentos de la artillería, a cuyo inventor tengo para mí que en el infierno se le está dando el premio de su diabólica invención, con la cual dio causa que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero…” Bien podemos ahora transportar, adaptar, y despojar de toda poesía este pensamiento, escrito hace 400 años, a los sucesos bélicos de la actualidad, donde los “endemoniados instrumentos” se disparan a distancia sobre poblaciones civiles, calibrados por una computadora, y algunos de ellos, para optimizar su cobardía, llevan en su punta una ojiva nuclear, y todo en nombre de la civilización.

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Capítulo 7

EL HOSPITAL DE MESINA

En el capítulo pasado hemos vivido la batalla de Lepanto. Y habíamos dicho que Miguel de Cervantes se hallaba internado en el Hospital de Mesina, en la isla de Sicilia, con la mano izquierda hecha pedazos y el pecho traspasado por dos balas. En una sala inmensa, donde las camas están pegadas unas a las otras, donde se siente el olor a sangre y a difuntos, se encuentra Miguel rodeado de mutilados, de heridos al borde de la muerte, oye los lastimeros lamentos que solo cesan cuando la Señora de la Última Verdad llega. (De la muerte decía Epicuro, el filósofo griego del cual Cervantes estudiaba su filosofía, que es algo que no debemos temer, porque mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos). En el Quijote vemos esta copla, a la que Cervantes por primera vez llama seguidilla, la que luego sería la seguidilla andaluza:

Ven muerte, tan escondida,
Que no te sienta venir,
Porque el placer del morir
No me torne a dar la vida.

Cervantes, poco a poco, lentamente, va tomando conciencia de lo que había hecho en batalla, pero se niega a pensar que él es un héroe. (Dice el genio español Francisco Navarro y Ledesma, el más cervantista de los cervantistas, que el héroe, el verdadero héroe, no conoce que es héroe hasta que el tiempo corre y los demás se lo dicen. Sobre el heroísmo dice Freud: “Los héroes son, sobre todo, rebeldes sublevados contra Dios o contra alguna divinidad”. Permítame el amable lector definir a los héroes simples que habitan nuestro suelo argentino: son todos aquellos que trabajan de sol a sol, en agotadoras jornadas de trabajo por un salario que nunca alcanza, mujeres y hombres que a pesar de ser muchas veces humillados, despedidos a dedo de sus empleos en nombre de una sociedad globalizadora y neoliberal productora de necesidades suntuosas, inalcanzables para muchos, distorsionadora del equilibrio social, y, que al final, nos deja la desocupación y se lleva las ganancias, obreras y obreros que ven perder sus conquistas sociales que alguna vez alguien seguramente les dio, con heroísmo de Quijote y la paciencia de Sancho Panza enfrentan la adversidad y tienen tiempo de criar a sus hijos. Eso para mí es ser un héroe). Cervantes siempre pensó que esa batalla, la batalla de Lepanto, era la mayor que vieron los siglos pasados ni verán los venideros, siempre se sintió orgulloso de su manquedad y de haber participado en aquella batalla.
Allí, convaleciente en el hospital de Mesina, con el pecho inflamado de orgullo por haber ofrecido su vida por Dios, por la Patria y por su Rey, nunca imaginó qué sucedería después, nunca imaginó que toda su vida sería un desdichado, un ex -combatiente sin empleo perseguido por la pobreza, y, que a pesar de toda su desdicha, ha tenido tiempo de dejarle a la posteridad una herencia lujosa e inigualable: el Quijote. Cuenta la crónica navarrista que una mañana de fines de ese mismo mes de octubre, el joven Cervantes se hallaba dolorido, sufriendo escalofríos, cuando de pronto, como una aparición fantasmagórica vio Miguel presentarse ante sus ojos, con su cabello dorado y sus mejillas sonrosadas, la audaz sonrisa en los labios y al cinto la espada, el Héroe máximo de aquella batalla: el mismísimo don Juan de Austria, el medio hermano de Felipe II, que visitaba a los heridos. Don Juan, el generalísimo, venía acompañado por un hombre de contextura recia de unos cuarenta años de edad, de bigote entrecano y barba picuda: era el gran Marqués de Santa Cruz, don Álvaro de Bazán, llamado el padre de los soldados; venía con ellos el capitán Diego de Urbina y el médico personal de don Juan de Austria, don Gregorio López, que fue el que se ocupó personalmente de la curación de Miguel, principalmente de su mano gangrenada. Lleno de admiración y con el corazón emocionado los vio Cervantes acercarse y pararse frente a su lecho de sábanas ensangrentadas. Allí, en breves palabras, de entonación recia, el capitán alcarreño Diego de Urbina les cuenta a los generales lo que Cervantes había hecho en la batalla. Cervantes escuchaba y observaba todo en forma absorta, con vergüenza, con la vergüenza de los hombres de bien que no quieren que lo alaben. Don Juan de Austria no dudó un segundo: mandó pedir pluma y papel y escribió: “Aventájese a este soldado llamado Miguel de Cervantes Saavedra con tres escudos sobre su paga ordinaria mensual y cuídese y atiéndasele bien, dándome noticias inmediatas de su curación.” – qué tanto,… (Agrego yo, inoportunamente gracioso). En fin, luego de su convalecencia el Manco de Lepanto sigue siendo apto para el servicio militar, y sigue ambicionando llegar al rango de Capitán. Pero su corazón sigue latiendo de amor, y a pesar de las heridas no deja de pensar en aquél amor de la vía Maggiore, aquella napolitana de cabellos de oscura noche y ojitos de mar claro, que sabe que ya nunca más verá. Pasaron unos meses y Cervantes se inscribe en el tercio de Don Lope de Figueroa, en la compañía de don Manuel Ponce de León. Su segunda campaña no tiene la relevancia de la primera. El mundo se convulsiona, existe rivalidad entre cristianos, hay discordia entre Roma y Florencia. El Papa Pío V acaba de morir. Felipe II está complicado por los disturbios de Flandes. Los turcos, al mando de Uchali, no quieren exponerse a otro Lepanto y anclan en Navarino y en Modón: el peligro no ha cesado, la semilla de la decadencia de España ya se ha esparcido. Cervantes interviene en una expedición contra los turcos asentados en Modón y luego en Navarino, intervino también en defensa de La Goleta, pero ya nada es igual. Sin embargo, dotado de ese temible don que el lector ya conoce, conservará en su mente el recuerdo de una de esas expediciones. Se trata de la galera turca La Presa, al mando de Dragut, un hijo de Barbarroja, el corsario famoso, que tenía al remo cautivos españoles, es capturada por la galera española La Loba. Y esto lo cuenta Cervantes en el Quijote de esta forma: (insisto, recordemos que toda la vida de Cervantes se encuentra entremezclada en su literatura):
“Era tan cruel el hijo de Barbarroja, y trataba tan mal a sus cautivos, que así como los que venían en el remo vieron que la galera española La Loba les iba entrando, soltaron todos a un tiempo los remos, y asieron al cruel capitán y pasándole de banco en banco, de popa a proa, le dieron bocados, hasta que el ánima del cruel capitán pasó al infierno”… Sí, amables lectores, entendieron bien: al hijo de Barbarroja, el feroz Dragut, ¡lo mataron a mordiscones! Imagine el paciente lector las noticias de la época, que no eran de difusión inmediata como en estos tiempos, sino que a veces tardaban más de treinta días en llegar de un punto a otro: ¡Murió el sanguinario Dragut!..¿Peleando? ¡No, que va, a mordiscones!
Bien. Pasaron cuatro años, ya Cervantes tenía 27 años de edad, y a bordo de la galera Sol, junto a su hermano menor Rodrigo, también militar, solicita un tiempo de vacaciones y parte del puerto de Nápoles hacia España llevando cartas de recomendación firmadas por don Juan de Austria y el duque de Sessa don Gonzalo Fernández de Córdoba, Gobernador de Nápoles (recordemos que el reino de Nápoles en ese entonces pertenecía a España), dirigidas a Felipe II, a fin de obtener aquello que tanto Cervantes ambicionaba, el título de Capitán. Esta carta de recomendación es una prueba irrefutable de que Miguel de Cervantes Saavedra, antes de ser un genio de la literatura universal, fue un héroe militar con el simple rango de soldado raso. Zarpa del puerto de Nápoles y viaja hacia España. Allí, en su amada patria, sabe que lo espera su familia, sabe que lo espera la pobreza pero también una esperanza. Y vamos a entrar ahora en lo que sería la pasión de Miguel de Cervantes, pasión, salvando las distancias, cómo aquella que padeció Cristo, o Juana de Arco, o aquí en América Tupac Amaru. Su cautiverio en Argel.
En Argel estuvo cinco años y medio cautivo, es una etapa cruel y al mismo tiempo intensamente apasionante en la vida de nuestro Ingenioso Escritor, de ello daremos cuenta en los próximos capítulos. Estando cautivo en Argel, escribió Cervantes su primera novela de tipo pastoril y de corte netamente italianizante: La Galatea. A fin de olvidar su cotidiano martirio, también bosquejó algunas otras novelas y escribió poesías de tono religioso. (No así el Quijote, que nació algunos años después en una cárcel de Sevilla, donde estuvo encerrado Cervantes, pero eso lo conoceremos al detalle más adelante).
Dejemos ahora que zarpe de Nápoles la galera Sol con rumbo a España, que lo que sucedió en la travesía capítulo aparte merece.

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Capítulo 8

EL SECUESTRO DE MIGUEL DE CERVANTES

En los últimos capítulos habíamos dicho que Miguel de Cervantes Saavedra
había decidido seguir la carrera militar, habíamos narrado la batalla de Lepanto, su heroísmo, sus heridas y su internación en el Hospital de Mesina. Abandona el Hospital donde había estado internado luego de la batalla de Lepanto, recordemos que había recibido dos arcabuzazos en el pecho y uno en el brazo izquierdo que le quedo anquilosado, y luego de otras intervenciones militares decide, desde Nápoles, volver a España con cartas de recomendación de don Juan de Austria, el medio hermano de Felipe II, y el duque de Sesa, dirigidas al rey de España (Felipe II), donde decía que bien podría dársele a Miguel el mando de una compañía con el rango de capitán, por ser hombre muy capaz para ello. Y en este punto debo aclarar que muchos cervantistas opinan que en ese momento tenía Cervantes el grado de alférez, sin embargo, por la documentación existente, por las averiguaciones efectuadas vía Internet en el Instituto Cervantino de España, puedo asegurarles que Miguel de Cervantes Saavedra era en ese momento, y lo fue siempre, un simple soldado raso, con aspiraciones a un rango mayor. Con esa carta de recomendación, el 20 de septiembre de 1575 se embarca junto a su hermano Rodrigo, también militar, y el gobernador de La Goleta, don Pedro Díaz de Quesada, en la galera Sol al mando del capitán Sandro de Leiva, y parte desde Nápoles (ya habíamos visto los detalles en el capítulo anterior) con rumbo a España. Acompañan a la galera Sol otros dos pequeños navíos. Con sus velas desplegadas al viento, la galera Sol navegaba tranquila abriendo con su proa un surco en el mar color esperanza. El Mediterráneo se presentaba plácido ante los ojos de todos, cuando de pronto, en el golfo del León, cerca de la costa de Marsella, por donde desemboca el Ródano, y a la vista del puerto de las Tres Marías en la costa de Francia, como salida de la nada aparecieron, cual si fuesen fantasmas, cuatro galeotas turcas que se acercaban velozmente a la galera española Sol. Unos de los navíos era la capitana que comandaba el renegado albanés Arnaute Mamí, capitán general de las galeras turcas de Argel. Recordemos una vez más que toda la vida de Cervantes se halla en sus obras, y los relatos que preceden a su cautiverio, los sucesos del encuentro de la galera Sol con las galeotas turcas, y todos los detalles, se hallan en la primera novela escrita por Cervantes, La Galatea, como así también en la novela ejemplar La Española Inglesa y en su obra magistral, el Quijote. Pasaron toda la noche con la zozobra del ataque. El Capitán de la galera Sol, don Sandro de Leiva, se da cuenta que en realidad están rodeados por catorce galeotas turcas. Al amanecer del día siguiente, cuando aún la bruma no se había disipado en el mar, cuando todavía todo era silencio y lo único que se oía era el murmullo indescifrable de las olas del mar, una de las galeras turcas al mando de Dalí Mamí, renegado griego, apodado el Cojo, embiste y toma por asalto a la galera Sol, las otras dos naves españolas más pequeñas y con poco armamento se habían dado a la fuga horas antes. Los piratas se muestran feroces. Los españoles de la galera Sol se defienden como pueden, Miguel de Cervantes se bate heroicamente, como en Lepanto, defendiendo la parte de la popa del barco, a sablazo limpio y con una sola mano, pues la izquierda está inutilizada…., ¡Vení que te peleo con una mano sola!,… (Bromeo yo, volviendo a ser inoportuno en un momento crítico y dramático de la historia). Al final, la superioridad numérica de los turcos prevalece y la mayoría de la tripulación, hombres y mujeres, primero son desnudados y luego muchos de ellos son pasados a degüello, asesinados sin piedad. Los españoles sobrevivientes, entre ellos Miguel de Cervantes y su hermano Rodrigo, son tomados prisioneros y encadenados. Los corsarios turcos saquean entonces todo lo que pueden. Vale decir ahora que los cautivos eran necesarios para el orden político de Argel (ya lo veremos en los próximos capítulos), y tenían tres destinos posibles: ser esclavos llanos; ser esclavos de rescate, es decir, secuestrados y luego se le pediría rescate a los familiares y al gobierno, por lo cual a los esclavos de rescate se les daba un trato diferente: por ejemplo: no se le cortaban las orejas o la lengua, o los dedos, o no se los empalaba, al menos que intentaran escaparse; y la tercera posibilidad era más sofisticada: a los esclavos con cualidades físicas o de intelecto se les ofrecía un trato, la conversión, convertirse a la religión musulmana, lo que se le denominaba ser “turco de profesión” o “renegado” y someterse al reinado otomano. Hay una comedia de Cervantes que precisamente se llama Los tratos de Argel, donde toca este tema preocupante en la época. Y he aquí algo curioso, es el caso que aquellas famosas cartas de recomendación, que habíamos dicho al principio del relato que llevaba consigo Miguel de Cervantes Saavedra, firmada por el generalísimo Don Juan de Austria y el duque de Sesa, le hacen suponer a los berberiscos que Miguel era “hombre principal”, es decir, hombre de dinero al que podían pedir por él un suculento rescate. En fin, aquellas cartas le salvan la vida a él y a su hermano Rodrigo Cervantes. No sospechaban siquiera aquellos piratas que Cervantes era un hombre que se debatía en la pobreza, como lo hizo durante toda su vida, igual que toda su familia. Luego del saqueo y asesinato, el renegado griego Dalí Mamí, el Cojo, pega su acostumbrado grito: ¡Avante a toda vela!… Luego de varios días de navegación, a fines de septiembre, cerca del cumpleaños número veintiocho de Miguel, llegan a destino. Desembarcan los piratas en el puerto de D¨zair, en Argel, es decir, Cervantes y los demás prisioneros ya se encuentran en Berbería. Y ahora, para terminar, y dejar a Cervantes pisando suelo argelino en calidad de esclavo, vamos a conocer lo que pensaba Cervantes de la libertad y la honra en un comentario dicho por Don Quijote,… pero antes, amigo lector, me atrevo a proponer, desde la revista cultural Nueva Avenida, que este comentario quijotesco sea incorporado como ejemplo de libertad en nuestra Carta Magna, en nuestra Constitución Argentina (si pensamos que en la Constitución de EE.UU figura un ítem que dice de la obligación de ser feliz, sin duda que agregar este párrafo quijotesco sería original, revolucionario y de actualidad):
Dice Cervantes por boca de don Quijote:
“La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurarse la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.”

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Capítulo 9

CERVANTES CAUTIVO EN BERBERÍA

En el siglo XVI se le llamaba Berbería al actual Magreb, situado al norte de África, al sur de España, donde los musulmanes españoles abandonaban Andalucía para “pasar a Berbería”: por ese motivo, por este cruce de un continente a otro, era frecuente decir, como un dicho popular, “allende los mares” o “pasar a Berbería”. Ese es el nacimiento de la popular frase “allende los mares”. Pero la Berbería real será la que corresponde a la ciudad de Argel. Antes de narrar los avatares del cautiverio de Cervantes, según el mismo nos lo cuenta en el prólogo de sus novelas ejemplares, en la que nos dice que estuvo cinco años y medio cautivo en Argel (Argelia), entre 1575 y 1580, es decir, entre los 28 y 33 años de su vida, realizaremos un brevísimo viaje imaginario a aquella República Corsaria (el reino de Argel para los españoles). Fue creada medio siglo antes por los hermanos Aruch y Jerendín Barbarroja, griegos nacidos en la isla de Metilene (la antigua Lesbos). La situación política de Argel era sostenida por el imperio Otomano a fin de enfrentar a los Hasburgos. La arquitectura de Argel era la típica arquitectura morisca, con sus casas de paredes blancas, ventanas pequeñas y callecitas angostas, los clásicos palacetes y los ricos palacios argelinos de abundante oro y piedras preciosas; pero el secreto de este reino consistía en que cualquier persona de cualquier nación y de cualquier credo religioso que tuviese alguna virtud, ya sea física, intelectual, de valentía, belleza física o simplemente astuta, podía tener un rápido ascenso en los estratos sociales si renegaba de su religión. De pobres esclavos podían llegar a convertirse en poderosos corsarios con navío propio (los mismísimos hermanos Barbarroja, creadores de este estado político, salieron de la absoluta pobreza). Encontraban allí, en ese reino corsario, costumbres totalmente distintas a las de occidente: gran diversidad sexual, divorcio, bigamia, homosexualidad, unión entre parientes cercanos y, curiosamente, en ese ambiente ambiguo en cierta forma había una amplia libertad de cultos y de conciencia. Los ingresos a las arcas del estado de Argel provenían en mayor parte de la actividad corsaria (piratería) y secuestros con pedido de rescate. Del robo por la actividad corsaria se comercializaban oro, perlas, cobre, estaño, plomo, azufre, tintas, paños, vino, trigo e infinidad de mercaderías. Los turcos del reino Otomano llamaban al reino de Argel, sus “Indias y Perú”, donde nos damos cuenta, dicho sea de paso y sin ser muy perspicaces, el potencial de riqueza que tenía ese momento el suelo americano para afirmar tamaña comparación. (Lope de Vega, en su libro “El peregrino en su patria”, nos dice: “Se puede decir que todos los años entra en Sevilla (proveniente del suelo americano) el doble de lo necesario para mantener a España entera”) Es fácil deducir que con Berbería comerciaban muchos países, incluyendo España que tenía tratos comerciales. Precisamente en la obra teatral cervantina “Los tratos de Argel”, encontraremos mayores detalles. En lo que respecta al rey de Argel y su séquito, empleaban como método de disciplina y persuasión la infinita crueldad. Los cortes de orejas, nariz, testículos, empalamiento y todo otro tipo de tortura, en algunos casos hasta llegar a la muerte y solo por mirar torcido, era cosa común en ese entonces (Trate el lector de imaginar, y así evitarme a mí extenderme en otro tipo de comentarios y consideraciones, la similitud de lo ocurrido en aquellos tiempos con los hechos sucedidos, por caso, a fines del siglo XX y comienzo del XXI). En fin, en este ámbito vivió Cervantes cinco años y medio cautivo. Al llegar Cervantes al puerto de Argel junto a otros cautivos, entre ellos su hermano Rodrigo, aprisionadas sus muñecas, sus tobillos y su cuello con argollas de acero sujetas a pesadas cadenas, es recibido por un centenar de personas: hombres, mujeres y niños que lo recibieron con insultos, y también, por que no, con un maravilloso y multitudinario coro de lelilíes de voces agudas, de costumbre mora. Miguel sacó pecho ante el recibimiento hostil, y mientras su mano izquierda pendía muerta en su costado, él ponía buena cara y comenzaba allí a aprender a tener paciencia en las adversidades. Por la carta de recomendación que encontró su “patrón” Dalí Mamí, el Cojo, pasa al grupo de “esclavos de rescate” y es encerrado en los baños, es decir, en la mazmorra (el vocablo “baños” significa celda o prisión, y proviene que en Constantinopla los cristianos eran aprisionados en antiguos baños porque no alcanzaban las celdas comunes). Los “esclavos del consejo” eran los destinados a trabajos de obras públicas. Ya tenemos a Cervantes en su calabozo, con sus argollas y cadenas, al menos no hará trabajos forzados. Tenemos abundante información de su encierro y sus vivencias en la obra de teatro cervantina titulada, precisamente, “Los baños de Argel”. Desde el primer día de su encierro Cervantes tuvo tiempo de pensar, y lo primero que pensó fue en su libertad y el modo de escaparse. A fin de disimular su tormento y ocupar su mente en otras cosas, en cautiverio bosquejó su primera novela pastoril a la italiana la Galatea, y muchísima poesía devota. Dos veces al día sacaban a los encerrados a un patio interno que daba a una casa que tenía en lo alto una ventana pequeña. Todas las tardes, aquella ventana se abría. Es allí donde conoce y se enamora de unos ojos negros de una bellísima mora. Aquella hermosa mujer comenzó a enviarle mensajes amorosos a Miguel utilizando una caña y un cordel. Eran sus amigos en aquel infortunio el sargento Navarrete, que le fue cortado las orejas, el Capitán Francisco de Meneses, el alférez Ríos y el caballero Osorio y Castañeda. Luego, en cautiverio se hace amigo del cura Antonio de Sosa, un cura de aspecto bonachón, corto de vista pero muy sabio. Todos aquellos que han leído El Conde de Montecristo comprenderán mejor esta explicación: el cura de Sosa fue a Cervantes lo que el Abate Faria fue a Edmundo Dantes, luego llamado el Conde de Montecristo, es decir, de Sosa le transmitió a Cervantes toda la sabiduría, todos los conocimientos, todas las artimañas para subsistir en ese medio, y, en particular, lo enteró de los problemas políticos de aquella época, sobre todo el problema de la expulsión de los moros de España. La relación del Cura Antonio de Sosa con Miguel de Cervantes Saavedra merecería tener una atención especial de varios capítulos, pero no teman, queridos lectores, no voy a extenderme sobre el particular. Existen murmuraciones que de Sosa era un agente secreto español, y de allí que tuviese el privilegio de trasladarse libremente por las calles de Argel (en ese entonces España disponía de fondos reservados – ¿no notan algo conocido en esta frase? – del cual disponían, entre otras cosas, para pagar los sueldos de los agentes secretos y realizar diversos actos de corrupción). En cautiverio, el peor momento del día consistía cuando todos los cautivos debían presenciar de cerca las atrocidades que cometían los turcos con los secuestrados: corte de orejas, nariz, lengua, testículos, empalamientos, ahorcamientos y actos de sodomía. Y era tal esta costumbre que los beréberes lo efectuaban solamente porque se les daba la gana de hacerlo. Y ahora dejemos a Cervantes y a sus ocasionales amigos en su encierro y meditemos por un momento en el sufrimiento atroz que pasan, en éste nuestro siglo XXI, todos los que son secuestrados. El tiempo pasa, la crueldad es la misma. En el próximo capítulo veremos el comportamiento de Cervantes en Argel.

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Capítulo 10

CERVANTES EN ARGEL

Si bien la crueldad en el régimen de Argel era notoria y los valores morales eran distintos a la de los hispanos cristianos, tenían los beréberes en altísimo grado el concepto de la libertad. Traeré una anécdota ocurrida a Aruch Barbarroja (recordemos que Aruch y Jerendin Barbarroja instalaron las condiciones políticas para crear el Reino de Argel, incorporándolo al Imperio Otomano, tomando prisioneros a ciudadanos de distintas nacionalidades, griegos, italianos, españoles, etc., que recobraban la libertad pasando al servicio de los Barbarroja, estos eran llamados los “renegados”, que renegaban de su condición de cristianos y pasaban al régimen musulmán, los españoles les decían “turcos de profesión”), Aruch Barbarroja era manco, y se había hecho colocar en su lugar un brazo de plata (el que tiene plata hace lo que quiere, bromeo yo fuera de lugar). Cierta vez Aruch había caído prisionero de los caballeros de Rodas (isla Griega del mar Egeo), que de inmediato le pusieron una argolla con cadena: un extremo de la cadena estaba amurado a la pared y el otro sujetaba su pie derecho. En esa pared, a pocos metros, vio Aruch colgada un hacha recién afilada. La única forma que tenía Aruch Barbarroja de huir y recobrar la libertad era cortándose él mismo su pie derecho, a la altura del tobillo, utilizando el hacha… ¡Ya en libertad lo apodaron “el Cojo”!…
Volviendo a Cervantes, quizá el lector ya lo habrá advertido, pero se me ocurre que este es el momento de decirles un secreto a voces: Cervantes nació, vivió y murió en la extrema pobreza. El rey de Argel, por aquellas cartas de recomendación firmadas por don Juan de Austria, creía que era un hombre principal, un hombre de dinero, por eso lo mantuvo vivo.
Nuestro Ingenioso Escritor, con su don maravilloso, con su afán de aprender y ampliar su cultura extraordinaria, con su heroísmo mostrado en batalla, ahora siendo esclavo pone de manifiesto las más altas de las virtudes de un hombre: su condición moral y su humanismo. Todos estos hechos de su cautiverio están atestiguados por otro cautivo y benefactor de Cervantes, nuestro conocido cura Antonio de Sosa, que cuando queda en libertad escribe todo lo sucedido en el cautiverio y las costumbres moriscas en su libro “Topografía e historia general de Argel”, editado luego por fray Diego de Haedo en el año 1612.
Si los beréberes, como se ha dicho, eran amantes de la libertad, no menos lo era Miguel de Cervantes Saavedra; y tal es así que en su desesperación para obtener su libertad y la libertad de sus amigos de cautividad, ideó, planeó, tramó, y puso en ejecución en distintos momentos, cuatro planes de escape. Todos fracasaron, por errores y por traiciones, y en todos él se hizo cargo como único responsable de los planes de fuga, salvando así a sus compañeros del feroz castigo, y enfrentando con valentía a las autoridades de Argel. Y si bien en cada intento fallido iba a parar al calabozo con pesadas cadenas, el cruel rey de Argel, Hasan Bajá, en cada ocasión le perdonó la vida (recordemos que en ese estado político sobrevivían aquellos que tenían alguna condición superior, Cervantes tenía una condición superior: su enorme cultura, y Hasán Bajá lo sabía). Vuelvo a repetir: toda su vida está en sus obras: y del Quijote voy a rescatar un interesante párrafo donde uno de los personajes es el mismo Cervantes: “Sólo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, al cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, no se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez.”
Habíamos dicho que las costumbres berberiscas eran diferentes a las costumbres cristianas. Era común que los poderosos de Argel tuviesen un harén de mujeres y un harén de hombres, el mismo Hasán Bajá lo tenía (los españoles les decían “las mujeres barbadas”). Existe en las obras de Cervantes, en varias de ellas, casos de travestismo y alusión a los casos de homosexualidad. En Argel, al homosexual activo o paciente le llamaban bardaj o garzón y al varón que lo obligaba bujarrón, pero estos casos de homosexualidad no solamente eran por placer, fundamentalmente eran por poder, por dominación de un hombre hacia otro hombre, y tal es así que muchos bardaj que lograban escalar posiciones económica y socialmente llegaban luego a la condición de bujarrones logrando tener ellos mismos su propio bardaj. Y he aquí una secreta murmuración: algunos investigadores, con el afán de lograr notoriedad, maliciosa e injustamente le han buscado a Cervantes un novio. (Ver “Cervantes y la Berbería”, – pág. 227). Como lector y estudioso cervantista, es mi deber confirmar la heterosexualidad de Miguel de Cervantes Saavedra. Sí es posible pensar que Cervantes, al conocer de cerca esas costumbres, tuviese fantasías sexuales que su cerebro almacenaba y luego plasmó en su literatura. Cervantes ha tenido amores en Nápoles y también una novia mora en Berbería. Habíamos dicho en el capítulo anterior que Miguel se enamora de unos bellísimos ojos negros que en sus paseos diarios, luego de horas de permanecer en el oscuro calabozo, se cruzan con su mirada y en esas miradas se dicen secretas palabras de amor, y Miguel se inflama de ese amor casto e ideal, y es allí donde debemos recordar que las grandes obras, las obras fecundas y nobles, se realizan por amor a una mujer. No tengo dudas que allí fue el momento en que comenzó a elaborar a su personaje llamado Dulcinea. Sin embargo, al leer sus trabajos literarios, sus obras de teatro, sus novelas ejemplares y en el mismo Quijote, observamos que aquella mora de ojos negros que enamoró a Cervantes no solo fue un amor platónico, sino también un amor de contacto físico. Y está bien decir ahora que nuestro Ingenioso Escritor era un entusiasta del amor puro, de las miradas furtivas, de ese erotismo fecundo y creador, donde primero se conocen las almas y luego los cuerpos para llegar a ser luego un amor eterno. Transcribiré ahora un párrafo del Quijote, cuando nuestro don Quijote de la Mancha se quedó en penitencia en Sierra Morena, confesándole a Sancho sobre su princesa Dulcinea (permítaseme decir ahora que el personaje Dulcinea ¡nunca aparece en la novela! Solo la inteligencia de un genio como Cervantes puede hacer que un personaje que nunca aparece en la novela llegue a tener tanta trascendencia en la misma) que entre suspiros le dice a Sancho: “Mis amores y los suyos han sido siempre platónicos, sin extenderse a más que a un honesto mirar….”
En el próximo capítulo hablaremos sobre el encuentro de Miguel de Cervantes Saavedra y el rey de Argel, Hasan Bajá, llamado también Hasan Veneciano.

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Capítulo 11

EL ENCUENTRO DE CERVANTES
CON HASAN VENECIANO

Ya habíamos comentado en capítulos anteriores, que en el mapa político del reino de Argel solo tenían cabida los secuestrados que de alguna forma sobresalían, ya sea por su cualidad física, por su belleza, por su destreza en comerciar, por su intelecto, etc., y, fundamentalmente, aquellos que renegaban de su religión cristiana y se transformaban en musulmán nuevo, en turco de profesión, en renegado. No es necesario decir qué cualidad tenía Cervantes, todos sabemos de su cultura inigualable. Si bien Hasán Veneciano, llamado también Hasán Bajá, estaba convencido, por aquella carta de recomendación firmada por don Juan de Austria y el Duque de Sesa, que Cervantes y su hermano Rodrigo eran hombres de dinero y que podría sacar de ellos un suculento rescate (recordemos ahora que la familia Cervantes se debatía en la pobreza, y que enterados del destino de sus dos hijos Miguel y Rodrigo, la madre y su hermana Andrea hicieron lo indecible para recolectar dinero a fin de pagar el rescate, incluso doña Leonor de Cortinas (la madre) fingió su viudez ante la Corte para obtener un mayor subsidio, y su hermana Andrea fingió amores). Para la cultura hispano-italiana este reino pirata, como lo era el reino de Argel, con costumbres tan distintas a las occidentales y compuesta en su mayoría por renegados (italianos, españoles, griegos, judíos, etc., que adoptaban la religión musulmana), era difícil comprender la obscenidad y la crueldad imperante, y, como decía el casto cura Antonio de Sosa, íntimo amigo de Cervantes, “Conforme a la doctrina de su Mahoma, la fornicación simple no la tienen por pecado”. Sin embargo, a esta sociedad beréber los conceptos hispano cristianos la podrían de catalogar de pecaminosa pero no de hipócrita. No crea el lector que en tiempos del reino de Argel, en España, o aún en la fragmentada Italia dividida en reinos, cuna del arte renacentista, no existían actos de perversidad y codicia extrema, así como hemos visto en un capítulo anterior que en el Quemadero de la Tablada y en la Plaza de San Francisco, en la católica España, las ejecuciones eran un espectáculo público, también lo era en los cultos reinos que formaban la Italia. En Italia existía, como pena de muerte, la “mazolatta”. ¿Qué es la mazzolata me preguntás, curioso lector? Te explico: el reo era traído en un carro, atado de pies y manos, y en el cadalso lo esperaba el verdugo, por lo general un gigantón robusto de pelo en pecho y encapuchado que tenía en su mano una pesada y enorme maza. Ni bien el condenado pisaba el cadalso era recibido con un furibundo mazazo en la cabeza que lo tiraba al suelo, una vez en el suelo el verdugo se subía sobre el reo y le cortaba la yugular con una cuchilla, luego le saltaba encima con sus pesadas botas, sobre el pecho, varias veces, a fin de desangrarlo rápidamente (la sangre saltaba a borbotones de la herida abierta en la garganta), todo festejado y aplaudido ruidosamente por el público presente, la mayoría, hombres, mujeres y niños de pie en la plaza (lo que sería la “popular”), pues los más adinerados alquilaban los balcones de las casas vecinas (estos serían los “palcos”). Como sucede en los países civilizados de este siglo, a veces el reo era inocente.
¿Cómo? ¿Qué me decís, lector amigo? ¿Que ese asunto de la pena de muerte por medio de la mazolatta te pareció extremadamente cruel? Mirá, acercate un poco, pues ahora que estamos solos y nadie nos escucha quiero decirte un secreto al oído: decime sinceramente, con la mano en el corazón, ¿no te gustaría que se le aplicase la mazolatta a más de uno que anda suelto por este mundo? La lista es larga y no quiero extenderme demasiado, pero al menos a los violadores de menores, o aquellos que se dedican a la explotación sexual infantil, que en la actualidad solo en el Perú, por citar a un país hermano, la cifra llega a los 50.000, o a los silenciosos genocidas narcotraficantes… A mí, qué querés que te diga… ¡Dios me perdone!
Pasado algunos siglos, se incorporó en Italia como elemento de ejecución la guillotina, sin dejar de lado la mazolatta, por supuesto, pues era un espectáculo que muchos no querían perderse. En fin. Volvamos al encuentro entre Hasan Veneciano y Miguel de Cervantes. El encuentro se produce a pocas semanas de ver fracasar Cervantes su cuarto intento de fuga, esta vez en combinación con un comerciante valenciano llamado Onofre Exarque. En ese encuentro Hasan Veneciano o Hasán Bajá, intenta convencer a Miguel de que reniegue de su religión y se convierta en turco de profesión, en musulmán. El rey Hasan le hace ver a Cervantes la conveniencia no solo en el aspecto económico sino también en la permisividad sexual. Y le recuerda a Cervantes que para lavarse de los pecados no hacía falta el método cristiano de la confesión, los musulmanes empleaban una forma sencilla y práctica: el baño. Un buen baño de agua fría y ya uno quedaba limpio de ayeres, por más escatológicos que los ayeres hubiesen sido. Le ofreció (y aquí vale el dicho) el oro y el moro: tener su propia embarcación, un harén de mujeres y su propio bardaj (recordemos que el bardaj era el sujeto varón paciente en la relación sexual), a cambio de tomar la religión musulmana, hacerse turco de profesión, en fin, de ser un renegado. Pero Miguel de Cervantes, si bien no era era un hombre fanático de la Iglesia Católica o de los curas (más adelante veremos que en un momento de su vida fue excomulgado), era una persona de sólidos principios cristianos, de una moral inquebrantablemente cristiana, y su respuesta a Hasan Bajá, el hábil mercader veneciano rey de Argel, fue un no rotundo que le valió los grilletes, las cadenas y el reposo obligado en el oscuro baño o calabozo. En los próximos capítulos veremos el último intento de fuga y el dramático rescate de Cervantes, y como la humanidad toda casi se queda sin la obra de arte más maravillosa que tiene la literatura: la primera novela moderna el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha y su segunda parte (escrita diez años después) El Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha.

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Capítulo 12

EL ÚLTIMO INTENTO DE FUGA

En el capítulo anterior habíamos visto la reunión de Hasán Veneciano y Miguel de Cervantes, veamos ahora qué había sucedido poco antes de esa reunión. Cervantes había planeado otro intento de fuga. Pero de este cuarto y último intento de fuga Hasan Bajá estaba enterado. Un detestable sujeto, un ex fraile dominico español, natural de Montemolín, que había sido familiar del Santo Oficio de la Inquisición (”familiar” era un título inquisitorial), llamado Dr. Blanco de Paz, que por inexplicables razones (supongo que por envidia hacia el natural talento de Cervantes), trató siempre de perjudicar a Miguel, lo delató. El Rey de Argel dejó que se llegase a las últimas instancias porque en realidad lo que deseaba era atrapar al adinerado comerciante y benefactor valenciano Onofre Exarque, que había comprado una fragata para la huida de los cautivos (en total sesenta cautivos cristianos), y quedarse de ese modo con su fortuna. Enterado Exarque de los deseos del temible Hasán Bajá, se reunió con Miguel y le propuso huir, pero para esa fuga solo había cabida en la embarcación para él y para Miguel. Una vez más Miguel de Cervantes da muestras de su hombría de bien, de su valentía (valentía que el terrible Hasán Bajá siempre admiró), y, tranquilizando al buen comerciante de que no habría de delatarlo, decidió quedarse y enfrentar al sanguinario Hasán Bajá, declarándose único responsable del intento de fuga. (Quizá tarde, pero debemos saber que luego del segundo intento de fuga, la madre de Cervantes, desesperada, pues dos cautivos liberados le habían contado lo sucedido, mediante solicitud de limosnas y vender gran parte de los bienes logra juntar trescientos ducados para liberar a los hermanos Cervantes, y como a Hasán Veneciano no le pareció suficiente dinero, Miguel decidió que fuese su hermano Rodrigo el liberado, y así fue. Al quedar libre, Rodrigo lleva un plan de fuga trazado por Miguel, el tercer plan, que fracasa por delación de un renegado llamado el Dorador). En recompensa por delatar este cuarto y último intento de fuga, al detestable ex fraile Juan Blanco de Paz (que se hacía llamar doctor), Hasán Bajá le dio como único premio un escudo y una jarra de manteca (el sanguinario Hasán Bajá repudiaba a los delatores, aunque fuesen de los suyos). La gente de Hasán Baja detiene junto a Cervantes a un muchacho moro llamado Alimuzel, que se había hecho muy amigo de Miguel, y el rey de Argel utiliza la misma estrategia que usaban nuestros indios para que las cautivas no huyesen: en presencia de Cervantes, que imploraba no le den castigo, el mismo Hasán con su afilado alfanje le cortó los talones de los pies.
En las oscuras y húmedas mazmorras, en la que fue a parar Miguel de Cervantes Saavedra prisionero, atado con pesadas cadenas y grilletes en el cuello y en los pies (al grillete que sujetaba los tobillos se le llamaba “pie de amigo”), de vez en cuando, en la oscuridad de la noche y mediante abultados sobornos era visitado por aquél amor nacido allí en Argel, la bellísima mora llamada Zoraida, hija de un rico mercader árabe, que pasado el tiempo quiso que la llamasen Lela Marién (que en idioma arábigo quiere decir Virgen María), convirtiéndose al cristianismo. (Todo esto podemos desentrañarlo en uno de los capítulos de la primera parte del Quijote). En fin, en aquellas visitas Miguel se llenaba de amor, de esperanzas, de ganas de vivir. Porque, todo lo que hace el hombre en este mundo, con aciertos y errores, es por amor a una mujer. Mientras tanto, el rey Hasán fue notificado por el Gran Turco del reino Otomano de que iba a ser reemplazado en su gobierno de Argel, y transferido a Constantinopla. El traslado implicaba que Hasán Bajá se llevase consigo a sus cautivos, entre ellos a Miguel de Cervantes Saavedra. Estar cautivo, o mejor dicho, ser esclavo en Constantinopla significaba dejar toda esperanza de libertad. De allí nadie regresa. Cervantes seguramente pensó, como reza el cartel de entrada al Infierno del Dante, ir a Constantinopla es… “Dejar toda esperanza”. (Lasatti ogni speranza)
Entre los meses de abril y mayo del año 1580, próximo a cumplir Miguel 33 años de edad (el 29/09), llegan a Argel los trinitarios Antonio de la Bella y Juan Gil, a fin de negociar, como era costumbre, la libertad de algunos cautivos. Permítame el lector, a fin de tener una idea acabada del momento en que ocurre esta parte de la historia, recordar que en el Nuevo Mundo, en el año 1580, el vizcaíno Juan de Garay comenzó a cumplir la promesa de repoblar Buenos Aires. El 11 de junio de 1580 fundó por segunda vez la ciudad de Buenos Aires (Santa María de los Buenos Ayres), tomando el cargo de Teniente Gobernador, distribuyendo solares entre los vecinos. Distribuyó tierras para la labranza en las afueras y constituyó el Cabildo.

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Capítulo 13

EL RESCATE

Entre los meses de abril y mayo llegaron al puerto de D´zair de la corsaria Argel, los benditos curas trinitarios fray Antonio de la Bella y fray Juan Gil. Como ya era costumbre, venían los trinitarios con una bolsa de monedas de oro, productos de pedidos, entrega de familiares de secuestrados, subsidios del estado y limosnas a fin de efectivizar el pago de rescates. En la lista a rescatar figuraban quinientas monedas de oro para el caballero aragonés Jerónimo de Palafox y trescientas monedas de oro para Miguel de Cervantes, entregados por sus familiares. A fines de julio parte fray Antonio de la Bella con ciento ocho rescatados que llegan a Valencia el 5 de julio. Queda solo fray Juan Gil con la misión de rescatar al caballero aragonés de Palafox y Cervantes. Mientras tanto, Miguel enflaquecía hasta el espanto metido en la mazmorra del palacio del rey Hasán Veneciano, encadenado y con la noticia de que iba a ser trasladado a Constantinopla, ya que Hasán Veneciano iba a ser reemplazado en su cargo y le habían ordenado partir a Constantinopla con sus esclavos. Llegado el mes de agosto del año 1580, el buen cura Antonio de Sosa, el amigo y benefactor de Miguel, se entrevista con el trinitario fray Juan Gil, y en una larga charla que mantuvieron Sosa le cuenta a fray Gil que en los baños se encuentra un hombre de bien, héroe de Lepanto, de una gran cultura, lector de profesión y, como si fuese poco, escritor y poeta. Le muestra el cura Sosa a fray Gil algunas de las poesías de tema religioso escritas por Miguel y le pide un favor: su libertad. Le dice, además, que Hasán pide por Miguel al menos quinientos escudos de oro y por Palafox mil. El trinitario le explica al cura que solo traía ochocientas monedas de oro en total, pero que trataría de limosnear entre los comerciantes navieros que efectuaban transacciones con los piratas de Argel y que para limpiar sus conciencias pecadoras no resultaba muy difícil obtener alguna limosna. Sin embargo, el monto a limosnear era alto, se necesitaban al menos quinientos escudos en oro, mil para rescatar a Palafox y quinientos, al menos, para rescatar a Cervantes. Todo el mes de agosto y principios del mes de septiembre necesitó fray Juan Gil para juntar cuatrocientos escudos en oro, moneda española muy codiciada por el rey Hasán, faltaban trescientos más según entreveía el experimentado fray Gil, para llegar a los mil quinientos escudos. A todo esto, el falso doctor, ex-monje dominico, Blanco de Paz, hacía todo lo posible para que el rescate de Miguel no prosperara. Fray Gil, no le hizo caso. La entrevista entre fray Juan Gil y Hasán Veneciano se efectuó entre el 5 y 10 de agosto de 1580, el hábil comerciante Hasán, como buen veneciano que era, reclama quinientos escudos más para dar libertad a Palafox y a Cervantes. Esta negociación tardó varios días. Entonces, llegado el 11 de septiembre, Hasán decidió partir ese mismo día para Constantinopla, mandó preparar la galeota y puso al remo, entre varios cautivos, a Jerónimo de Palafox y a Miguel de Cervantes Saavedra. Miguel, por primera vez en su vida, se desanimó, se entristeció y perdió toda esperanza y como Cristo aquella vez en la Cruz pegó un terrible grito: ¡Padre, porque me abandonas! Se esfumaban las esperanzas de llegar a Capitán, de ser un soldado poeta, y para nosotros, los simples mortales, se desvanecía la esperanza de leer una joya de la literatura universal: pues el Quijote nunca hubiese nacido. Pronto estaba el cómitre del navío a pegar el grito de ¡¡Avante, boga!! ya Miguel tenía su único brazo hábil, el derecho, tenso, mientras su mano diestra se aferraba al remo. Cuando de pronto, viene corriendo y gritando y sube la explanada con la agilidad de un joven, el bendito trinitario fray Juan Gil pidiendo hablar con Hasán Veneciano. Fray Gil usa una estratagema, le tira sobre la mesa las relucientes monedas de oro, en total mil quinientas. Las glándulas de la codicia de Hasán se inflaman de inmediato y acepta. El caballero aragonés Jerónimo de Palafox y Miguel de Cervantes Saavedra son liberados. Toda la vida le estará agradecido Cervantes a fray Juan Gil, de la orden de los trinitarios, y al buen cura y maestro de vida Dr. Antonio de Sosa. Y vale la pena ahora conocer que pensaba Cervantes sobre el ser agradecido, para ello transcribiré lo que dice don Quijote en la segunda parte de la historia:
“Entre los pecados mayores que los hombres cometen, aunque algunos dicen que es la soberbia, yo digo que es el desagradecimiento, ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos, está lleno el infierno.”
El 19 de septiembre de 1580, con parte firmado ante escribano, queda Miguel de Cervantes Saavedra en libertad. No parte enseguida hacia España, sale el 24 de octubre de 1580, cuando en una embarcación de propiedad de Antón Francés, junto a cinco rescatados más, parte rumbo a España. Para nosotros, los cervantistas y quijotistas, todos los 19 de septiembre festejamos el día de la Libertad.

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Capítulo 14

EL VIAJE A ESPAÑA

La embarcación de Antón Francés, con los seis liberados (entre ellos Cervantes), parte del puerto de Argel con destino a Denia (Alicante), puerto de España sobre el mar Mediterráneo, frente a las islas Baleares, y, más lejos, la isla de Cerdeña. Denia, llamada por los griegos Hemeroscopion y por los romanos Dianium, es famosa por sus playas. De allí, el próximo destino de Miguel será el reino de Valencia y luego Madrid, para reunirse con sus familiares. En Valencia estuvo parte del mes de octubre, noviembre y medio mes de diciembre del año 1580, antes de Navidad se encontraría con su familia en Madrid. Pero ahora, amigo lector, veamos los sucesos en el viaje: en esa embarcación en la que iban él y cinco rescatados más, Miguel se observa en un vidrio espejado que estaba sobre la portezuela de la cabina del timonel y queda varios minutos mirándose detenidamente. El espejo le devuelve la imagen de un joven viejo de 33 años de edad, enflaquecido y andrajoso, pero más allá de ello, que para el carácter de Cervantes no sería nada, sé da cuenta que ha consumido cinco años y medio de su vida, que si bien ha logrado una experiencia inigualable, no ha podido llegar a cumplir sus anhelos de llegar a ser un soldado-poeta. Lejanas quedaron las ansias de ser Capitán y Poeta. Es más, sé da cuenta que no es ni una cosa ni la otra. Pero él se siente aún un soldado español. Quizá en ese momento, mirándose frente al espejo, almacena en su mente prodigiosa aquellas palabras que, años más tarde, le hará decir al bueno de Sancho Panza:
“Si acaso quisieren saber esos señores quién ha sido el valeroso, direles vuestra merced que fue don Quijote de la Mancha, por otro nombre llamado el Caballero de la Triste Figura”. ¡El Caballero de la Triste Figura! Eso, eso fue lo que le devolvió el espejo, eso fue lo que se dijo para sí, en una expresión grave, resignada, pero no de lástima: ¡Soy el Caballero de la Triste Figura! No tenemos más que leer en su entremés (teatro breve) “La guarda cuidadosa”, las aventuras de un soldado desdichado, que no hay duda que es él mismo. Pero también, en ese mismo entremés, leeremos una maravillosa poesía escrita por Cervantes dedicada a unas chinelas, sí, sorprendido lector, a unas chinelas, chinelas de sus entrañas, que Cervantes perdería todo menos su buen humor, y esa poesía, escrita en medio de las desdichas, dice así:

Es amor tan gran tirano
que, olvidado de la fe
que le guardo siempre en vano,
hoy con la funda de un pie
dé a mí esperanza de mano.
Estas son vuestras hazañas,
que ya mi alma imagina
que sois, por ser de Cristina,
chinelas de mis entrañas.

Sabiendo, como ahora sabemos, que toda su vida está reflejada en sus obras, nada nos cuesta preguntarnos: ¿Quién será esa Cristina? ¿Quién será esa Cristina de la cual estaba enamorado aquel soldado de tal forma que veneraba hasta sus chinelas? Nunca lo sabremos, animoso lector amigo, lo que sí sabemos es que Miguel de Cervantes no había perdido su capacidad de amar. Y al llegar al reino de Valencia, al recorrer sus calles y ver sus hermosas mujeres, se arrodilla y besa agradecido aquella tierra donde tiene buenos amigos, entre ellos nuestro conocido Onofre Exarque, aquél comerciante veneciano que en su momento trató de ayudarlo a huir de Argel. En los primeros días de diciembre, con el corazón que le palpita emocionado, emprende el viaje a Madrid, en busca de su madre, de su padre y sus hermanas. Cervantes creía que la corte española lo reconocería como un valiente soldado español, y, con aquella carta de recomendación que aún conservaba, le darían un destino al menos grato. Pronto se daría cuenta que solo sería un excombatiente sin empleo. Llega a Madrid antes de Navidad y se encuentra con su padre, Rodrigo de Cervantes, y la tristeza es grande pues lo ve envejecido, y, por su crónica sordera, inútil; luego ve a su madre, doña Leonor de Cortinas, vieja, cansada, con una angustia, que a pesar de ver a sus hijos ya libres, le envuelve el alma; con ojos llorosos se abraza con sus hermanas, Andrea y Magdalena, una mal casada y la otra pronta a convertirse en solterona. No hay que ser muy astuto para darse cuenta que todos están envueltos en la más feroz de las pobrezas. De su hermano Rodrigo su madre le cuenta que tiene noticias que se ha unido al tercio de don Lope de Figueroa, siguiendo la carrera militar. En fin, en la charla familiar Miguel se entera que el rey Felipe II y la corte, se hallan en Portugal, donde Felipe II trata de coronarse rey. La decisión es rápida. Hacia allí va entonces Cervantes en busca de trabajo. Luego de mucho insistir, y gracias a un amigo de Miguel, un tal Mateo Vázquez, logra, gracias a su experiencia y conocimiento de Argel, una misión militar en Orán, por la que cobra cien ducados. Esa fue su última intervención militar, no en sanguinaria pero romántica batalla, sino en burocrática política, pues se trataba de llevar y traer unas cartas secretas, tarea que realizó Cervantes en una España en la que se vislumbraba la decadencia del Imperio. En el próximo capítulo comenzaremos a recorrer los casi cinco años que Cervantes pasó buscando trabajo, su producción artística, obras de teatro, novelas y poesía, en un momento en que reinaba en ese ámbito, en el medio artístico teatral, el gran Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, su rival literario de toda la vida.

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Capítulo 15

MÁS DE CINCO AÑOS BUSCANDO TRABAJO

Habíamos dicho en el capítulo anterior que Miguel de Cervantes, a los 34 años de edad, es decir, en el año 1581, luego de mucho rogar en la corte española, por su experiencia en los temas moriscos le otorgan una misión secreta en Orán, y con esa misión termina su carrera militar y sus aspiraciones a llegar a ser capitán. De ese modo, su elección entre la pluma y las armas se resuelve abruptamente, y se convierte en ese momento en un desdichado ex combatiente sin empleo, pero con una enorme experiencia y una infinita capacidad literaria. Cervantes utiliza su cultura y su experiencia en la función literaria. Podríamos decir que desde 1580 al 1585 Cervantes busca empleo y no encuentra, pero a cambio tiene una vasta producción literaria: obras de teatro, entremeses (obras de teatro cortas), poesía y sus famosas Novelas Ejemplares que va realizando en distintas etapas de su vida. Es admirable pensar que Miguel de Cervantes, un hombre sumido en la más intensa pobreza, con deudas contraídas por su familia cuando él estaba en cautiverio, viviendo en un miserable cuartucho de menos de cuatro metros cuadrados con paredes húmedas y descascaradas, sin calefacción, en una destartalada mesa y dos sillas, solo con una pluma de ganso, tinta y papel (en esos tiempos no existía la computadora en la que el escritor puede volver sobre lo escrito y efectuar arreglos, el escritor o tachaba o rompía la hoja y empezaba de nuevo), escribió toda una producción literaria maravillosa en un período que va aproximadamente desde el año 1582 al 1604. Escribió comedias, unas en prosa y otras en verso al uso de la época, algunas de ellas ya las conocemos: El trato de Argel y los Baños de Argel, y también concluyó la Galatea. Algunas de sus obras de teatro famosas son, El Gallardo Español, La Casa de los Celos y Selvas de Ardenia, La Gran Sultana Doña Catalina de Oviedo, y otras más, entre ellas una comedia que resume y compendia el heroísmo español, donde un pueblo entero decide suicidarse en busca de su libertad: La Numancia. De los entremeses recordaremos ahora solo algunos de ellos: El juez de los divorcios; La cueva de Salamanca y El Rufián viudo. Asimismo, escribió más de cincuenta poesías sueltas y una joya literaria escrita en versos endecasílabos, en tercia rima (o tercetos encadenados, métrica inventada por Dante Alighieri para escribir su Divina Comedia), titulada El viaje del Parnaso, de alabanza a otros poetas, con alusiones a la batalla de Lepanto, y, como era su costumbre, con retazos de su vida privada. Esta obra fue escrita entre el 1605 y 1606, después de haber escrito el Quijote, y lleva en el final un escrito en estupenda prosa que Cervantes denominó “Adjunta al Parnaso”, donde pone de manifiesto su natural humor. En Viaje del Parnaso, Cervantes nos cuenta (y nosotros así lo interpretamos), con humor y fina ironía, que él mismo suponía que era un mal poeta (esta exageración de Miguel es quizá porque se sentía eclipsado por la sombra del genial Lope de Vega, que en esos años se había hecho famoso en toda España). La obra es extensa, pero, como dice el vulgo: para muestra solo hace falta un botón, por lo tanto admiremos la técnica y el contenido en esta transcripción de solo seis versos endecasílabos encadenados, donde nos cuenta que se supone mal poeta:
A) Contó, cuando volvió el poeta solo
B) y sin blanca a su patria, lo que en vuelo
A) llevó la fama de este al otro polo.
C) Yo, que siempre trabajo y me desvelo
B) por parecer que tengo de poeta
C) la gracia que no quiso darme el cielo.
Nota: “sin blanca” significa sin dinero.

El verso endecasílabo del medio, indicado en este caso con B), es el que va encadenando los tercetos. Esta métrica dejó de usarse por intrincada.
Otra señal de que Cervantes creía que era un mal poeta, lo tenemos en el capítulo VI de la primera parte del Quijote. Cervantes aprovecha la trama de la historia y realiza una profunda crítica a los poetas y escritores de la época; en efecto, el Cura y el Barbero efectúan un escrutinio de la biblioteca que tenía don Quijote (que se supone que esas lecturas lo había trastornado) y resuelven mandar a la hoguera a los libros, sobre todo libros de caballería, y de pronto el Barbero encuentra “La Galatea”, del propio Cervantes y dice: “… Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos…”
Volviendo al Ingenioso Escritor, todas sus obras las produjo en la más horrenda pobreza, a pesar que sus obras de teatro llegaron a mover muchedumbres, provocando la competencia con el genial Lope de Vega. Pero la paga no era satisfactoria y había que cancelar deudas. En cuanto a sus Novelas Ejemplares, si Cervantes no hubiese escrito el Quijote, hubiese pasado a la fama y a la Gloria solo con sus Novelas Ejemplares (que, como ya se ha dicho, fue escribiendo en diferentes momentos de su vida), sus títulos son: Rinconete y Cortadillo, La Gitanilla, El Amante Liberal, La Española Inglesa, El Licenciado Vidriera, El Casamiento Engañoso y El Coloquio de los perros, La fuerza de la Sangre, El celoso Extremeño, La Ilustre Fregona, Las dos Doncellas y La Señora Cornelia. Se denominan Ejemplares de ejemplo, porque todas dan ejemplo de vida. Vale la pena repetirlo: todas sus obras las produjo sin tener, por así decirlo, cuatro metros cuadrados de comodidad para escribir… ¡y con papel y pluma!
En el año 1585, cuando Cervantes tenía 38 años de edad, le vende a Blas de Robles el privilegio de su novela pastoril La Galatea, su primera novela, que amó y recordó siempre como si fuese su primera novia. Toda su vida, hasta pocos días antes de su muerte, prometió escribir la segunda parte de la Galatea. Los veinte ducados que recibió por la venta, aunque pocos, solo le sirvieron para paliar el hambre. Por fin ve publicada su obra, La Galatea, que dedica al General de las tropas Pontificias, Ascanio Colonna. A mi entender, la Galatea no es exactamente una novela, se trata de un “romance”; pues se le decía en la época romance, o libros de caballería, cuando los personajes y los hechos se entreveraban entre reales y fantásticos o irreales. Cuando Cervantes crea el Quijote, considerada la primera novela moderna, es porque se apoya en la realidad (ficción-realidad) y sus personajes, como en la vida real, cambian de humor, traicionan, aman, mienten, sufren, ríen, lloran, es decir: ¡viven!
En el próximo capítulo veremos algunas anécdotas ocurridas en el ambiente literario que frecuentaba Cervantes, y su vida amorosa.

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Capítulo 16

ANÉCDOTAS Y VIDA AMOROSA DE CERVANTES

Corre el año 1584, Cervantes tiene entonces 37 años de edad… ¿cómo dices, amable lector? ¿Cuándo va a escribir el Quijote si ya tiene 37 años de edad? Todavía no, lector amigo, todavía no. En casa de los Cervantes se come salteado, y los problemas aquejan a la familia. Sus hermanas tienen cada una de ellas su propio problema: Andrea tiene una hija, Costanza, que tiene por apellido Figueroa pero que su padre se llama Nicolás Ovando, pero Andrea dice que en realidad es viuda de un tal Santo Ambrosio, un comerciante florentino; Luisa, por un amigo de la madre doña Leonor de Cortinas (mujer instruida, raro para la época) entró al Convento de las Carmelitas Descalzas para hacer el noviciado y llegar a ser monja, y llamarse luego Sor Luisa de Belén; Magdalena anda entreverada con don Alonso Pacheco de Puertocarrero, ex gobernador de La Goleta, y le mete un juicio a Juan Pérez de Alerga por ruptura de compromiso matrimonial. En fin, Cervantes sigue buscando empleo fijo y no encuentra, mientras tanto frecuenta las gradas de San Felipe del Rey, un lugar en Madrid donde se habla de todo un poco y se conoce gente, sobre todo gente con aspiraciones de escritor. De pronto, ve venir Cervantes a dos muchachos jóvenes, ni el uno ni el otro tenía de edad más de dieciocho y menos de catorce, por el acento nota Miguel que son sevillanos y entre risas escucha que se dicen cantando lo siguiente:

Sevillanito I: Er canto he de acompañá.
Sevillanito II: ¡Si repica cha!
Sevillanito I: Y mi castañeta ahí va.
Sevillanito II: ¡Caracachá!
Sevillanito I: Con un deiyo y er purgá.
Sevillanito II: ¡Cha, caracachá, cachá!

Miguel de Cervantes efectúa mentalmente el silabeo fonético y nota que son versos octosílabos seguidos de un pie quebrado. No puede contener su curiosidad y le pregunta a uno de los mozos sevillanos, cuando ya entre risas los dos muchachos se alejaban:
Cervantes: Señor galán, ¿qué canto es ese que se registra?
Sevillanito I: ¿No lo sabe voacé? ¿Ej que nunca ha escuchao er canto en la grada? Eso, seor mío de mi arma, que se dice entre do zagale, se le llama “decir de ovillejo”, ¡y por mi mare, que hoy lo improvisan y lo cantan todos los mochachos en laj plaza y en laj calle!
Riese Cervantes de buena gana, por el tono y el humor del sevillanito y en un lugar de su mente guardó, para elaborarlo más adelante (y nosotros más adelante lo veremos), aquel canto popular: “decir de ovillejo”. (En tiempos de Cervantes, “decir de ovillejo” era una costumbre popular de decir coplas de repente dos o más sujetos, de modo que con el último verso del que uno de ellos diga, forme consonante el primero del que diga el otro.)
Ya preparaba en su mente, el Príncipe de los Ingenios, una métrica muy especial con un es no es de prueba de ingenio, para taparle la boca a Lope y a todos aquellos que decían que él era un mal poeta.
Y ahora observemos cómo Cervantes ganaba algunos maravedíes o quizá hasta algún ducado para sobrevivir: nuestro Ingenioso Escritor escribe para otros poemas y prosas; una poesía laudatoria sobre don Juan de Austria, otra sobre la batalla de Lepanto y novelitas cortas. Muchas son, como lo dice él mismo, “las obras que andan descarriadas por el mundo”. En fin, de algún modo hay que ganarse la pitanza, el sustento. En un momento, a pedido de alguien escribe una poesía que habla de los poetas de la época: Ercilla, Fernando de Herrera, Luis de León, Pedro Láinez, Lupercio Leonardo de Argensola y otros, Cervantes le pone por título “Canto de Calíope”, cuando termina la obra queda tan encantado con el trabajo que decide no venderlo e incluirlo en la “Galatea”.
Cervantes frecuenta también la Academia de Ochoa (lo que sería hoy un taller literario). Casi siempre que sale de la Academia se encuentra con una mujer bellísima, de cabellos rubios, ojos celestes, piel blanca, labios rojos, de dientes como perlas y pestañas sutiles, que no deja de mirarlo. Sus miradas se cruzan una y otra vez. El amor es intenso. La piel blanca y suave de aquella mujer invitaba a Miguel a todo tipo de pensamientos. Pronto supieron cómo encontrarse a solas, en un lugar secreto, muy cerca de la Academia. La relación de ambos, fue en un comienzo de besos tibios y apasionados, sin que sus cuerpos se toquen, solo las manos de ambos acariciando el rostro y el cabello del otro. Sus almas comenzaban a conocerse, y ya se sabe que cuando las almas se conocen el amor suele ser eterno. Luego, pasado un tiempo de aquellos encuentros furtivos, comenzaron a aproximarse, esparciendo un ardor incomparable donde sus cuerpos se pegaban, se frotaban, se fundían. Aquel lugar secreto se llenó de amor. Ella es Ana Franca y de los amores con Cervantes nació su única hija a la que llamaron Isabel, la Isabel de Saavedra de sus entrañas que lo acompañó hasta la muerte. Curiosamente el escritor Martín de Riquer, en su magnífica obra “Aproximación al Quijote” (muy recomendada para los que se inician como cervantistas), en la página 24 nos dice que es posible que Isabel fuese hija de Magdalena, la hermana de Cervantes, y que Cervantes para evitar el bochorno la adoptó. En mi criterio, luego de haber estudiado la vida de nuestro Ingenioso Escritor, aseguro que eso no es posible. Puedo aseverar que Isabel es hija de Miguel de Cervantes Saavedra. Ana Franca (o Villafranca), por razones que se desconocen se separa de Cervantes y se casa con el escritor Alonso Rodríguez, con el cual ennoviaba antes de conocer a nuestro Ingenioso Escritor. Transcurre el tiempo y en el año 1603 muere Ana Franca en Valladolid e Isabel, que siempre vivió con su madre (un dato importante que afirma la paternidad de Miguel), pasa a vivir con la familia Cervantes. Cervantes amó profundamente a Ana Franca, pero de esta historia de amor poco se sabe, solo sabemos que fue intenso y que tuvieron una hija a la que llamaron Isabel. En el próximo capítulo veremos su relación con Lope de Vega, y luego el casamiento de Miguel de Cervantes y el trabajo humillante que consigue.

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Capítulo 17

CERVANTES Y LOPE DE VEGA

Recuerdo una crónica estupenda contada por el cervantista Francisco Navarro y Ledesma en su libro “El Ingenioso Hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra”. Yo la recuerdo y la escribo tal cual la recuerdo, ustedes deléitense: Ya había muerto el padre de Cervantes, y Miguel tuvo que tomar la responsabilidad de mantener la casa. Como los trabajos fijos no venían, trataba de ganarse el sustento escribiendo obras de teatro y relacionándose con gente influyente, uno de ellos el autor y representante de comedias don Jerónimo Velázquez, que vivía en la calle de Lavapiés. Jerónimo estaba casado con Inés Osorio y tenían una hija llamada Elena. Elena tenía dieciséis años cuando se casó con un hombre maduro llamado Cristóbal Calderón. Pero apenas casada Elena entabló relaciones con un hombre apuesto y muy joven. Elena era muy apasionada. Era también muy hermosa: morena de rostro, suave de piel, abultada de pechos, de pelo castaño tirando a rubio, y de ojos claros y habladores. Las aventuras extramatrimoniales eran conocidas hasta en la Corte madrileña. Belardo y Filis, eran los fingidos nombres de los amantes. Enterado los Velázquez de las aventuras amatorias de su hija, la madre, doña Inés, una mujer muy impulsiva, un día la tomó del cuello, le arrancó mechones de pelo y le dio de golpes que puso moretones en sus carnes. En eso estaba cuando llegó Miguel de Cervantes y se interpuso entre ellas. Al día siguiente volvió Miguel a la casa de los Velázquez y vio a Elena que entre las rejas del portón de entrada entregaba un mechón de pelos a un galán de unos dieciocho años de edad. Miguel y el fingido Belardo cruzaron sus miradas que fueron sostenidas por varios segundos. Miguel le hizo con la mano un breve y amistoso saludo, Belardo respondió con una esforzada sonrisa. El tal fingido Belardo era el secretario del Marqués de las Navas. Belardo era el seudónimo del famosísimo Lope de Vega. Así se conocieron Miguel de Cervantes y Félix Lope de Vega y Carpio. Hasta aquí la anécdota que nos cuenta Navarro y Ledesma. Pasó el tiempo, y en otra oportunidad bajó Miguel de un carruaje acompañado de una bella joven llamada Violante Cobeña. Entraron entre risas a un mesón de medio pelo, el Mesón del Sevillano, donde se juntaban los aspirantes a escritores a la salida de la Academia de Ochoa. Se sentaron a una mesa y en la mesa de al lado por casualidad se encontraba Lope de Vega acompañado de varios señores. Cuando Lope los vio, saludó afectuosamente a Violante, que la conocía de haberla visto en el teatro, y le dio un simple saludo a Miguel diciéndole que la última poesía que había leído de Cervantes olía a huevo podrido, que debía volver el tiempo atrás y hacerla de nuevo y así ponerse contento, darse el gusto, obtener la palma del vencimiento o victoria y estar en la Gloria de lo que será después. Miguel de Cervantes, nuestro Ingenioso Escritor, ni se inmutó por la ofensa, pero al momento pidió una pluma y un tintero, usual en ese lugar donde frecuentaban los escritores y, sobre el papel que cubría la mesa, escribió improvisando lo siguiente:

No quiero otro gusto o gloria,
Otra palma o vencimiento,
Otro triunfo, otra victoria,
Sino volver al contento.
¡Si mi fue tornase a es
sin esperar más será,
o viniese el tiempo ya
de lo que será después…!

Rióse Violante, haciéndole burla a Lope, y con voz meliflua le dijo:
- Lopillito, ¿no me harías un soneto? Pero cuida que sea de catorce versos.
Y el gran Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, arrancó un trozo de papel, pidióle la pluma a Cervantes y escribió improvisando este soneto, que nos ilustra de cómo es un soneto:

Un soneto me manda hacer Violante,
y en mi vida me he visto en tal aprieto:
Catorce versos dicen que es soneto:
Burla, burlando, van los tres delante.
Yo pensé que no hallara consonante,
y estoy en la mitad de otro cuarteto,

como me vea en el tercer terceto,
no hay cosa en los sonetos que me espante.
Por el tercer terceto voy entrando…
y aún parece que entré con pie derecho,
pues fin con este verso le voy dando.
Ya estoy en el segundo, y aun sospecho
que estoy los trece versos acabando;
Contad si son catorce, y ya está hecho.

No duden, amables lectores, tardé más yo en transcribirlos que ellos en hacerlo. Así eran de geniales estos dos vates españoles. Pero no crea el sorprendido lector que nuestros poetas argentinos se quedan atrás en genio e ingenio, por caso, existen en las letras de tangos diferentes métricas utilizadas por nuestros vates criollos. Observemos al magnífico Celedonio Flores en la composición de versos endecasílabos distribuidos en esta cuarteta del tango Corrientes y Esmeralda:
A – Amainaron guapos frente a tus ochavas
B – cuando un cajetilla los calzó de cross
A – y les dieron lustre las patotas bravas
B – allá por el año novecientos dos.

Enrique Cadícamo, Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo, Mariano Mores, por nombrar solo cuatro, todos geniales poetas bendecidos por la mano de Dios. Observemos (para no extendernos demasiado) una octava de versos endecasílabos en una letra de tango que lleva por título “Voz de tango”, que también escribió de un tirón el inigualable poeta santiagueño Homero Manzi, donde cada vocablo o frase es una metáfora:

Farol de esquina, ronda y llamada.
Lengue y piropo, danza y canción.
Truco y codillo, barro y cortada,
piba y glicina, fueye y malvón.
Café de barrio, dato y palmera,
Negra y caricia, noche y portón.
Chisme de vieja, calle Las Heras.
Pilchas, silencio, quinta edición.

Lea el amable lector repetidas veces el comienzo de estos tangos, y comprobará que es verdad lo que se dice que una ópera dura tres horas, y un tango es una ópera popular que solo dura tres minutos.
Perdón por la digresión, volvamos a lo nuestro: Las obras de teatro de Cervantes fueron aceptadas de buen grado por el público español, aunque se vio obligado a vender sus obras antes de ser estrenadas y no participar de las ganancias (como lo hacía su contemporáneo Shakespeare en Inglaterra, que llegó a ser accionista del Teatro El Globo donde se representaban sus obras). En una oportunidad, apremiado por conseguir dinero, Cervantes se compromete a escribir cuatro obras de teatro en la que el comprador solo le daría la paga si tuviesen éxito inmediato. Por aquel entonces el teatro español, fundamentalmente en Madrid, estaba copado por un genio joven, Félix Lope de Vega y Carpio, quince años menor que Cervantes, donde sus obras de teatro se representaban con éxito total. Pronto la rivalidad entre estos dos grandes escritores se hizo pública y manifiesta.
Cervantes y Lope de Vega fueron amigos desde el año 1586 (Cervantes tenía entonces 39 años de edad y Lope de Vega 24); Cervantes publica un soneto muy elogioso sobre La Dragontea, obra escrita por Lope. Sin embargo, debido a unos versos satíricos contra Lope de Vega publicados por la Academia de Ochoa, a los cuales el Fénix atribuye erróneamente a Cervantes, se distancian y ese distanciamiento dura hasta pocos meses antes de la muerte de Miguel.

¿Que Cervantes tiene ya 37 años de edad y que para cuándo escribe el Quijote? Todavía no, lector amigo, todavía no.

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Capítulo 18

MIGUEL SE CASA CON CATALINA

A esta altura del relato, el lector habrá comprendido que Cervantes había llegado a la cima de la popularidad a los 37 años de edad. Se le tenía en cuenta entre los grandes poetas, a la par de su contrincante literario Lope de Vega. Se representaban y aplaudían sus obras de teatro y los escritores buscábanle para incluir sus poemas en sus trabajos literarios, como era costumbre en la época. Sin embargo, Miguel de Cervantes seguía en la pobreza. Pero lo que más le atormentaba era el recuerdo de Ana Franca. Quiso terminar con ese recuerdo amoroso tan intenso, y a sus 37 años de edad pensó que debía casarse. Una noche, hablando de esto con su hermana Andrea, recordaron ambos a unos parientes lejanos, hidalgos acomodados de Esquivias, en la Sagra de Toledo. Eran ellos Francisco Cervantes de Salazar, el primo filósofo de Miguel, Juan, el poeta, y los terratenientes Francisco de Salazar y su hermano Hernando de Salazar Vozmediano; este último tenía una hija de 17 años llamada Catalina Salazar y Palacios que a su vez tenía un tío llamado Alonso Quijada… ¡Un momento lector mío!… ¿Cómo dije?… ¡Alonso Quijada!… Ese, ese es el nombre, luego transformado en Alonso Quijano. ¡Ese es el verdadero nombre de don Quijote! (Cervantes, en las primeras páginas del Quijote, se empeña en cierta imprecisión con el nombre verdadero de don Quijote, y dice que se llamaba Alonso Quijada o Quesada, pero al final de la novela se revela el nombre verdadero: Alonso Quijano, apodado el Bueno). Pero sigamos. En esa charla Miguel consiguió novia: Catalina Salazar, una joven muy hermosa, casi veinte años menor que él. Ese mismo día comenzó a pensar, solo a pensar, en la historia de ese hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios llamado Don Quijote (quijote se le llama, en la armadura, a la pieza del arnés que cubre el muslo; también Cervantes pudo jugar con el sufijo ote, modificando el apellido Quijano, – ote en castellano denota algo ridículo – y a su vez parodiar a Lanzarote del Lago, personaje artúrico muy en boga en la época). En fin, el 12 de diciembre de 1584, con sus 37 años de edad, se casa con la hermosísima Catalina Salazar, de 17 años de edad, natural de Esquivias, la tierra del buen vino. Se casa en la Iglesia Santa María de Esquivias… ¿Cómo decís? ¿Me preguntás, lector amigo, qué pensaba Miguel cuando entraba a la Iglesia a contraer matrimonio con Catalina? Concéntrate lector, ubícate en la época e imagina lo siguiente: Cervantes y Salazar deciden una ceremonia sencilla, ambos caminan hacia el altar. Al traspasar la enorme puerta de madera labrada de doble hoja camino al altar, podía ver Miguel un púlpito en cada pared lateral, estas plataformas con antepecho y tornavoz, en la que el sacerdote efectuaba sus sermones los domingos, estaban maravillosamente adornados con figuras de ángeles y santos. Antes de llegar al púlpito de la derecha había un altarcillo con la imagen de San Serapio en su martirio. El techo abovedado y recubierto en madera era amplio, alto y cubierto de sombras caliginosas, pues la iluminación de la Iglesia consistía en una hilera de hachas encendidas, alineadas en cada costado a dos o tres metros de distancia cada una, que daban una luz mortecina. Sobre la izquierda y en lo alto veía Miguel un vitral multicolor de dos metros cuadrados, con dibujos que le trajo reminiscencias árabes, y a la misma distancia, arriba de la puerta de entrada, podía observar otro vitral similar, ambas aberturas cubiertas por el vitral reflejaban la luz del sol, que ya caía dando paso a la noche dando apenas una tenue luminosidad a la nave. En el ábside se hallaba el altar mayor; y sobre una plataforma de madera la figura imponente de Jesucristo de pie, tallado en roble, en ademán piadoso y en tamaño natural, daba la impresión que los esperaba. En un hueco, en la parte más alta, asombraba la bellísima figura de Santa María de Esquivias, en la que se destacaba el color blanco y azul con filamentos de oro del manto que la cubría. El frente donde se hallaba el altar llevaba un cerco de finos barrotes de hierro redondo, pintados de color negro, de un metro de altura; cada uno de aquellos barrotes terminaba en una afilada y estremecedora punta de bronce; en el medio del cerco había una puerta de lo mismo con cerrojo, ornamentada en el medio con una pequeña cruz dorada. Miguel de Cervantes empalideció al observar en el altarcillo a San Serapio crucificado en la “cruz de San Andrés” (llamada así por haber muerto en una de éstas el bíblico Andrés, el hermano de Pedro). La cruz estaba formada por dos rústicos maderos cruzados al medio, en forma de equis, con un travesaño que unía la parte superior, en él yacía San Serapio dislocados ambos brazos y estirados en forma brutal hacia atrás sobresaliendo los huesos de sus hombros, de esta manera podía observarse las profundas y sangrantes heridas circulares, presumiblemente hechas con un filoso cuchillo, heridas que llegaban hasta el hueso, a la altura de las articulaciones de sus brazos y de sus piernas, mientras permanecía atado por las muñecas y los tobillos con gruesa soga en cada extremo de la cruz. El cuerpo desnudo y la cabeza caída misericordiosamente sobre su lado izquierdo, con una mueca de horror y al mismo tiempo de piadosa ternura, llevaron a Cervantes a pensar la forma descarnada y estremecedora del suplicio de la tortura y la muerte del mártir. Al pensar en ello, en su mente se agolparon los pensamientos como queriendo escapárseles: la pobreza, las ilusiones, la guerra, el cautiverio… entonces, en lo profundo de su ser, su alma desesperada gritó uno de sus pensamientos: ¡Ana! ¡Ana Franca! ¡Isabel! ¡Ana! ¡Ana! ¡Ana! Sintiendo aún el eco de ese pequeño nombre que llenaba todo su corazón, otro pensamiento retumbó esta vez en su cerebro con un grito desgarrador: ¡Así, así como San Serapio, así es mi vida! – Miguel camina los últimos tramos hacia el altar con los ojos húmedos, seguro debe ser porque flota en el aire de aquel sagrado recinto un intenso perfume a incienso, que el buen Cura Ricardo Sica ha esparcido desde la mañana.
(Si el lector desea ver la imagen de San Serapio en su martirio y recrear en su mente aquella escena ocurrida hace más de 400 años, no tiene más que ir a la Catedral de Nuestra Señora de la Merced, ubicada en la esquina de las calles Reconquista y Perón de nuestra Ciudad de Buenos Aires, entrando por la puerta principal a la derecha).

***

La vida continua, y por su matrimonio Miguel de Cervantes recibe de los Salazar una pequeña dote, pero él sigue buscando trabajo fijo y no encuentra. Pasado el tiempo (en el año 1603) Catalina acepta a la hija de Cervantes, la hermosa Isabel, que pasa a vivir con ellos. Sin embargo, Miguel no deja de concurrir a los eventos literarios y sigue escribiendo. Recibe 20 ducados de Gaspar de Porras por dos comedias: La Confusa y El trato de Constantinopla y Muerte de Selín. Y como dato curioso, te diré lector, que en su comedia El Laberinto de Amor, Cervantes deja muestras de su humor empleando una Bernardina (la Bernardina es la primogénita de nuestra criolla Sanata, el arte de decir palabras sonantes que no dicen nada), y pone en boca de Tácito, uno de sus personajes centrales, el siguiente diálogo en Bernardina:

Díganos, gentil hombre,
Así la diosa de la verecundia
Reciproque su nombre
Y el blanco pecho de tremante enjundia
Soborne en confornido:
¿Adónde va, si sabe, este camino?

En busca de dinero viaja Cervantes a Sevilla como hombre de negocios, intermediando en la compra/venta de bizcochos para abastecer a los barcos anclados en el puerto de Sanlúcar, sobre el río Guadalquivir, pero, insisto, en ningún momento abandona las letras. Al año siguiente (1586), escribe poesías para el Cancionero, que publica Gabriel López Maldonado. Cumplidos los 40 años de edad (1587), escribe sonetos para la obra Philosofía cortesana moralizada, de Alonso de Barros, y Grandezas y Excelencias de la Virgen Señora Nuestra, de Pedro de Padilla. Como decís, lector amigo: Cuarenta años de edad y el Quijote para cuándo. ¿Cómo? ¿Que el tiempo vuela, me decís? Ah lector, lector, impaciente lector, un amigo y defensor de Cervantes (y enemigo acérrimo de Lope de Vega en lo literario), el cordobés Luis de Góngora y Argote (el rey de las metáforas y musa inspiradora de otro genio español y andaluz, Federico García Lorca), decía sobre el tiempo que pasa:

Más, ay, que engañado estoy,
Que vuelas, corres y ruedas;
Tu eres, tiempo, el que te quedas,
Y yo soy el que me voy.

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Capítulo 19

MIGUEL DE CERVANTES ENCUENTRA EMPLEO

A poco tiempo de casado, vemos que Cervantes vuelve a la vida bohemia del literato, sin embargo, como ya sabemos, sigue buscando empleo fijo. De cualquier modo, debemos decir que a poco tiempo de haber contraído matrimonio Cervantes busca y encuentra una independencia no habitual: su esposa en Esquivias y él en Guadalajara a reunirse con los poetas.
Al morir su padre Rodrigo, aquel oscuro cirujano (enfermero) que no llegó a médico por su sordera y por no haber podido aprobar el latín (algo hemos dicho de la muerte de Rodrigo en el capítulo 17), Cervantes, como puede y a pesar de haber contraído matrimonio, toma la responsabilidad de mantener a su familia materna. Cervantes se reúne con su madre, doña Leonor, y sus hermanas Andrea y Magdalena que vivían en Madrid. Su hermano Rodrigo sirve en el ejército de Flandes. El empleo fijo no aparece. Amparado en su heroísmo en la batalla de Lepanto, y aquella carta de recomendación que guarda como una reliquia, pide una vacante en Indias, en el Nuevo Mundo, presentándole una carta al presidente del Consejo de las Indias solicitándole empleo: la contabilidad del reino de Nueva Granada, o la contabilidad de las galeras de Cartagena de Indias, en Colombia, o, al menos, un puesto cualquiera en la aduana de Santa María de los Buenos Ayres. Por toda respuesta recibe una rotunda negativa. Pero un día, por la gestión de un amigo suyo, el vizcaíno Roberto Aristimuño, que medió ante Diego de Valdivia, el Alcalde de la Real Audiencia de Sevilla, consigue empleo. ¡Por fin! Grita entusiasmado el pobre Miguel, sin saber la que le espera. Eso le equivale a tener que renunciar a su vida bohemia de escritor y poeta.- Atrás quedaron sus primeras comedias: El trato de Argel, La gran Sultana, La gran turquesca, Jerusalén, Amaranta, El bosque amoroso, La bizarra Arsinda, La confusa, Los cuadros de Constantinopla, La muerte de Selim, la Numancia y La batalla naval. Todas obras, como él mismo dice, “que fueron recitadas sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza”. Todas fueron exitosas. Atrás quedará el haber sido él el que redujo las jornadas teatrales (actos) de cinco a tres. Su empleo le obliga a partir súbitamente hacia Sevilla, la Babilonia de España. A la edad de 40 años, Cervantes nos dice: “Dejé la pluma y las comedias; tuve otras cosas en que ocuparme” ¡Pobre Miguel! No sabe que seguirá sufriendo. Lo único bueno es que en Sevilla obtiene la mayor experiencia en su vida, en cuanto al contacto con el pueblo y a los lugares se refiere. El puesto: Comisario para el acopio y provisión de víveres destinados a la Armada Invencible. Es decir, un confiscador del pueblo al que le tiene que embargar las cosechas de trigo, los olivares, en fin, las plantaciones que producen alimentos, y pagarles el precio fijado por el Rey. Un trabajo detestable, el anti quijote, el reverso del caballero andante. Él, un héroe en Lepanto, él que aspiró a ser Capitán, él cinco años y medio cautivo y que por Dios, la Patria y por su Rey, tuvo paciencia en la adversidad, convertido ahora en un pequeño y oscuro ser recaudador de impuestos o bienes materiales.
Montado en su mula, con una alforjita en la que lleva papeles, por la puerta de la Macarena entra Miguel a Sevilla. Entrar a Sevilla le trae recuerdos de su infancia. Sevilla, en esa época era fabulosa. Se reunían allí los nobles, los literatos, los comerciantes adinerados, como así también los esguízaros (pícaros), los murcios o palanquines (ladrones), los tercios de chanza (estafadores), los piruleros (los enriquecidos en el Perú), los que jugaban a la vilhanesca por dinero (juego de naipes) y las mujeres del partido (prostitutas). Todo en medio del bullicio y la algarabía, donde la música de fondo eran las castañuelas y la guitarra y el cante andaluz, donde se hace imposible dejar de llevar el ritmo de las tonadas. Sevilla: la Babilonia de España. Cervantes se emociona hasta las lágrimas y ríe al escuchar aquella cantinela, pues la había escrito él hace unos años:
Riñen los amantes, hácese la paz:
Si el enojo es grande, es el gusto más.

Ya sabe el lector que entraban a diario en Sevilla con destino a la Real Casa de la Contratación de las Indias, por barcos desembarcando en el Puerto de Sanlúcar sobre el río Guadalquivir o en carretas provenientes en su mayoría de desembarcos en Portugal, miles y miles de toneladas en oro, plata y cobre, de nuestro amado suelo americano, pero lo que no sabe o no recuerda es que además del despojo desaparecían pueblos enteros por algo que los americanos no conocían: la espada, el arcabuz y la viruela. En cuanto a esto último (la viruela), no era conocida por el organismo de los americanos, y según datos estadísticos se calcula que en el año 1518 los habitantes de la actual México eran unos 25 millones, un siglo después, luego de la llegada de los conquistadores, entre los cuales había algunos que portaban la viruela y todos el arcabuz y la espada, la cantidad de habitantes había descendido a un millón y medio. Permítaseme una digresión: Como dato curioso comentaré que los ingleses distribuían entre las tribus indígenas norteamericanas (año 1750) frazadas previamente contaminadas con secreciones obtenidas de las pústulas de la viruela, a fin de diezmar a los indígenas. Este fue el comienzo de la guerra bacteriológica. En fin, ahora volvamos a Sevilla. Sevilla comercia con todo el mundo, sobre todo con Alemania, Francia, Italia e Inglaterra, y es hacedora de oficios y prósperas industrias, como así también se le da prioridad a los estudios mediante la creación de colegios, y se le da un grado superior a la poesía. En esta alegre y bulliciosa Sevilla se conoce el lujo, la riqueza, y la vida holgazana y hampona. El hampa en Sevilla, más allá de lo injustificable, debemos reconocer que está cubierta de una deliciosa poesía. Si el lector quiere conocer y profundizar este aspecto de la vida sevillana, no tiene más que leer una de las novelas ejemplares de Cervantes: Rinconete y Cortadillo.
Cervantes, con su humillante trabajo, recorre toda Andalucía, y, como dice Jean Babelón, por su humor y su tono se hace más andaluz que castellano. Sí, queridos lectores, Miguel de Cervantes se andaluzó. Miguel de Cervantes terminó amando entrañablemente a Andalucía, a Sevilla, donde permanece por espacio de diez años.

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Capítulo 20

CERVANTES RECORRE ANDALUCÍA

Del Licenciado Diego de Valdivia, Comisario y Juez en el Tribunal Real, dependía nuestro

Ingenioso Escritor Miguel de Cervantes Saavedra en su nuevo empleo. De Valdivia instruye a Miguel de que vaya “con la vara alta de la justicia” a confiscar trigo, aceitunas y aceite, al precio puesto por el Rey Felipe, todo para el abastecimiento de la Armada Invencible que el Rey Felipe había decidido enviar a Inglaterra (es forzoso recordar que la Armada Invencible no era tan Invencible, y, entre las tormentas marinas y la flota inglesa, fue deshecha en el mes de agosto del año 1588, y allí se acelera la decadencia del imperio español). Y allá va Miguel, montado en una mula con una vara en la mano y rodeado de cuatro corchetes o porquerones montados a caballo. (Estos corchetes o porquerones, como se les llamaba, eran como si fuesen policías reclutados entre ociosos malandrines sin empleo). Y allí va nuestro Miguel montado en su mula, rodeado de ésta gentuza, grosera e ignorante, armada con pistoletes o pedreñales, entrando a Écija, un pueblo de trabajadores rurales dedicados con alma y vida a sembrar y cosechar trigo y que tienen como único entretenimiento los demás días tocar la guitarra, cantar y beber buen vino tresañejo de Constantina, Cazalla o Guadalcanal, y los sábados se honraban saboreando un buen garnacha acompañándolo con una musical sopa perfumada con albahaca y sabroso pan de Gandul. Al tiempo que esto ocurre, Cervantes presenta nuevamente a la Corte su foja de servicios junto con su famosa carta de recomendación, y vuelve a solicitar una vacante en América. Por toda respuesta recibe un lacónico: “Busque por acá en qué se le haga merced”. Miguel de Cervantes cierra los ojos con rabia y trata de recomponer su vida: piensa en su niñez, en su adolescencia, en la pobreza, en aquel viaje a Sevilla siendo aún niño, en Lepanto, en su cautiverio en Argel, en su regreso a España, en sus amores… Bueno, – se dice para sí – a barajar y dar de nuevo, que más vale pájaro en mano que buitre volando. Nuestro Ingenioso Escritor sabe que el recuerdo del pasado es la alegría de las almas tristes, y él es un hombre alegre por naturaleza. Baraja de nuevo y trata de jerarquizar su mediocre empleo, pero también decide volver a la pluma y el papel, que de solo pensar en ello se le llena el alma de vida. Piensa escribir una novela que sea la octava maravilla, piensa también en la segunda parte de la Galatea… piensa… piensa… Y mientras tanto recorre toda Andalucía. Se mezcla entre la gente del pueblo, a pesar de su desagradable oficio es aceptado entre ellos. No así entre los hombres de letras. Los poetas y escritores de las academias prefieren al bohemio sin trabajo, al vago, antes que a un Comisario recaudador de impuestos. Como la paga por su trabajo a veces viene tarde, dispone de trescientas fanegas de trigo sin autorización previa. Fue entonces que en Castro del Río un Corregidor de Écija lo encarcela. Cervantes presenta su descargo, paga la multa y lo dejan en libertad. Esta no es la única vez que irá a prisión, como luego veremos. En la venta del Molinillo (venta o posada se le llamaba a lo que sería hoy el maxi quiosco, bar y restaurante de una moderna estación de servicio), Cervantes se detiene a darle de comer y beber a su mula, a charlar con los parroquianos y a yantar y piar el turco (piar el turco: beber vino). Miguel disfruta de la cocina sevillana, de sus buenos vinos, de ese ambiente alegre y bullicioso entremezclado con obreros, viajantes, perailes (cardadores de paños) agujeros del barrio del Potro de Córdoba (agujeros: fabricantes de agujas), mujeres del partido (prostitutas) y hampones. La venta del Molinillo era atendida por la ventera y su esposo. Como ayudantes estaban la hija de la ventera y una asturiana ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana (así lo cuenta luego Cervantes en el capítulo XVI del Quijote, y le pone de nombre Maritornes).
¿Qué decís lector mío? ¿Me decís que querés saber algo más de Maritornes? Te cuento: Maritornes es una exquisita creación de Cervantes, que, como ya te dije, aparece en la primera parte del Quijote. Pero ya que insistís te digo más: luego de una desventura, Don Quijote y Sancho Panza van a dar a una venta, que Don Quijote en su locura tomó por un Castillo. Era la venta de Juan Palomeque el zurdo. Y allí aparece el famoso personaje llamado Maritornes, la asturiana. En la venta se hallaba un arriero que esperaba los favores de Maritornes… “para satisfacerle el gusto en cuanto mandase”, nos dice Cervantes. Pero no te engañes lector animoso, Maritornes no es una prostituta, ni una degenerada, es nada más que la criada de un mesón, una obrera, una simple obrera que conoce muy bien su condición y que con lo que gana nunca va a salir de su pobreza; “Donde estás puta”, le dice en un momento su patrón, Juan Palomeque el zurdo… y Maritornes agacha la cabeza, pues sabe que su vida es trabajar y servir, pero ella, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana… también quiere vivir y enamorarse. Sigamos. Miguel, en especial goza de la comida hampona, que es un menú muy particular, y donde dicen los sevillanos: “a buen comer o mal comer, tres veces beber”. En el acto primero de la obra de teatro El Rufián dichoso, Cervantes nos cuenta, por boca de un singular personaje llamado Lagartija (los diálogos son en verso, no en prosa) cómo era la cocina hampona, observemos y saboreemos:

Que las más famosas cenas
Ante ella cogen la rienda;
Cazuela de berenjenas
Serán penúltima ofrenda.
Hay el conejo empanado,
Por mil partes traspasado
Con saetas de tocino;
Blanco el pan, aloque el vino,
y hay turrón alicantado.

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Capítulo 21

CERVANTES COMIENZA A GESTAR EL QUIJOTE

Nuestro amado escritor Ernesto Sábato nos dice, en su libro “El escritor y sus fantasmas”, que un creador es un hombre que en algo perfectamente conocido encuentra aspectos desconocidos. Pero, sobre todo, es un exagerado. Y también nos cuenta algo así como que un escritor para escribir una novela debe tener una obsesión fanática. Cervantes, comenzó a encontrar aspectos desconocidos en aquel ambiente conocido de los pueblos de Andalucía, y comenzó a obsesionarse hasta el fanatismo en contar una “verídica historia”, la experiencia de su vida espiritual: el Quijote. (En los relatos de las aventuras de Don Quijote existe una combinación de lo sublime con lo ridículo y, de cierta forma, algunas de sus conclusiones son de una crueldad extrema).Poco antes de cumplir 43 años, el 5 de septiembre de 1590, Cervantes firma un contrato con el empresario teatral Rodrigo Osorio, y se compromete a entregarle seis comedias por las que recibirá cincuenta ducados si después de representadas tuvieran éxito, y nada en caso contrario. Cervantes escribe y sigue viajando por los alrededores de Sevilla como recaudador. Al cumplir 45 años de edad, cumple comisiones para cobrar tributos de fincas del Reino de Nueva Granada. Nuestro Ingenioso Escritor viaja en su mula cumpliendo con aquella comisión, pero ya lleva en sus alforjas un tesoro inigualable, las primeras hojas escritas a tinta y pluma, con mala letra e indicaciones en los márgenes, de una historia que vos, lector amigo, ya conocés el título. Nuestro amigo, que ya podemos llamarlo así, iba obsesionado y alegre confiscando y pensando en la verídica historia que con suerte llevaría a la imprenta. La idea era volcar toda su experiencia de vida en un libro. Piense ahora el lector que solo les he contado en todos estos capítulos que hemos visto destellos de la vida de Cervantes, con esto quiero significar que la experiencia de vida de Miguel de Cervantes Saavedra era extraordinaria. Un dato interesante, que nos da la dimensión de su obra capital, es que en el Quijote intervienen, entrando y saliendo de la historia, más de doscientos cincuenta personajes, y cada uno de ellos con su propia personalidad. Miguel de Cervantes Saavedra, mientras viaja montado en su lenta y bamboleante mula, sostiene en su mano derecha (la única mano útil) mientras lee, un libro de caballerías titulado “El Amadís de Gaula”. En su mente pasa la idea de parodiar todos esos libros fantásticos llamados en la época libros de caballería, lecturas fantasiosas que confunden al lector con las historias verdaderas. De pronto, baja el libro que está leyendo y suelta una alegre y sonora carcajada: es que se le ha ocurrido ironizar sobre su antiguo amigo Lope de Vega en el texto de su novela. Ahora, ¿querés, lector paciente y amigo, saber cómo era la lectura y las palabras usadas en los libros de caballería? ¡Sí! Observá este párrafo del “El Amadís de Gaula”, de lo que le sucedió a Galaor, el hermano de Amadís: te lo transcribo textualmente: “…El jayán (el gigante) le dijo: Cativo caballero, ¿cómo osas atender su muerte, que te no verá más el que acá te envió? Y aguarda y verás cómo sé ferir de maza -. Galaor fue sañudo y dijo – Diablo, tú serás vencido y muerto con lo que yo trayo en mi ayuda, que es Dios y la razón -…. El jayán alzó la maza por lo ferir en la cabeza, y Galaor pasó tan aína que lo no alcanzó sino en el brocal del escudo… Galaor tornó a lo ferir, y como el gigante tendió la mano por lo trabar, diole un golpe que los dedos le echó en tierra con la meitad de la mano; y el jayán, que por lo trabar se había tendido mucho, cayó, y Galaor fue sobre él y matólo con su espada y cortóle la cabeza.” – Es el caso que en los tiempos de Cervantes se escribía como se escribe ahora, solo había algunas pequeñas variantes, sin embargo, muchos eran en España los que en ese tiempo se divertían y apasionaban con esta clase de lectura. Respecto a su oficio de alcabalero, había cambiado el proveedor de las galeras reales tocándole en suerte a don Pedro de Isunza, al que Cervantes conocía, lo que mejoró su posición de recaudador o confiscador. Cierta vez le tocó confiscar no sé cuántas fanegas de trigo a un tal Anselmo Balbastro, de profesión herrero, que tenía un par de hectáreas de tierra sembradas. Balbastro tenía una hija llamada Leonor, de ojos color miel y piel morena. Y fue la joven Leonor quien habló con Miguel suplicándole que no efectúe la confiscación pues estaban en la pobreza. No se sabe si fue por los ojos color miel o por los motivos que dio doña Leonor, la cosa fue que Cervantes se apiadó de Balbastro y a cambio confiscó aceite y trigo de propiedad de Francisco Enríquez de Ribera, maestresala de la Santa Iglesia Catedral sevillana. El enojo eclesiástico pronto se hizo notar, y el nombre de Miguel de Cervantes Saavedra figuró en un listado pegado en la puerta de la Iglesia: Cervantes fue excomulgado y encarcelado por poco tiempo. De cualquier modo, Cervantes no se afligió mucho por este asunto, la excomunión era cosa corriente en esos tiempos. Una vez que Enríquez de Ribera, en representación de la Iglesia, cobró hasta el último maravedí de la mercadería embargada, le fue levantada la excomunión a Miguel. ¿Me hablás lector? ¿Qué me decís? ¿Me decís que este asunto que sucedió con Balbastro te ha despertado la curiosidad de saber qué pensaba Miguel sobre los patrones y los obreros? Mirá, en verdad no sé qué decirte, pero te voy a comentar sucintamente el capítulo IV de la primera parte del Quijote, que al tiempo de este hecho con Balbastro Cervantes ya lo tenía bosquejado en sus hojas, y luego vos y yo, caro lector, podremos sacar nuestras propias conclusiones: La primera aventura que tiene don Quijote luego de ser armado Caballero es la del labrador y su patrón: se ofrece ante la vista del Caballero Andante la injusticia, el abuso de poder y la desgracia del desvalido. – Juan Haldudo, el patrón, está azotando a su empleado Andrés: lo tiene atado a un árbol y lo azota por cuestiones laborales y deudas salariales. Interviene don Quijote a favor del azotado, pues como sabemos, don Quijote (y esto es pura doctrina quijotista) más allá de quién tuviese razón siempre se apiada del más débil, se apiada del dolor ajeno, y ordena a Juan Haldudo, el rico, vecino del Quintanar, nos dice Cervantes, que desate, que le dé libertad al obrero y le pague los meses de sueldo que le debe. Atemorizado el patrón, porque don Quijote blandía su lanza ante sus narices, obedece, y al tratar don Quijote el pago de la deuda resulta que Andrés ha de cobrar una deuda salarial de nueve meses a siete reales cada mes… hizo la cuenta don Quijote y halló que eran 73 reales (y no 63 como quiere la matemática y algunos analistas cervantistas, que hasta lograron enmendar las nuevas ediciones; aunque cervantistas hay que dicen -y yo uno de ellos- que Cervantes no se equivocó en la cuenta, es que pensó que solo con artilugios quijotistas el obrero puede ganar algunos reales de más.) Continua la historia diciendo que bajo juramento a todo dio consentimiento el patrón, incluso pagar lo que debía, mientras don Quijote imponía a la fuerza la razón a favor del asalariado, más luego que don Quijote se fue en busca de otros entuertos que enderezar, Juan Haldudo, el rico, el vecino del Quintanar, no hizo caso a su juramento y tomóse revancha, volvió a atar a su obrero a un árbol y esta vez lo azotó hasta dejarlo medio muerto. Sigamos. Hallábase Miguel de Cervantes en una taberna alegre de Mairenilla, rodeado de ocasionales amigos, y entre vino tinto de Gazalla y vino blanco de Esquivias, garbanzos de Martos, jamones de Ruta, perdices de Mocón, pan candeal de Gandul y blancas roscas de Utrera, rasgaba Miguel la guitarra andaluza, mientras cantaba una vieja copla que le encantaba, y tal es así que luego la incluyó en una de sus novelas ejemplares, la Gitanilla, y en una de sus comedias, Los Alcaldes de Daganzo. El comienzo de la simpática coplilla decía así:

Pisaré yo el polvico

Atán menudico,

Pisaré yo el polvó

Atán menudó.

En eso estaba cuando un muchacho, un joven extremeño llamado Norberto Tejero, se le acerca con un sobrescrito (una carta) y se lo entrega a Miguel en mano, desenrolla Miguel el papel y lee. Al terminar de leer, da un profundo suspiro, levanta la vista y apenas se le nota cierta humedad en sus ojos. Ha muerto doña Leonor de Cortinas, su madre, en la calle de Leganitos, en Madrid, donde vivía con su hermana Magdalena en casa del pellejero don Pedro de Medina. Miguel se entristece. Viaja primero a Esquivias, a casa de su mujer, y luego con ella a Madrid a casa de su madre muerta. Quiere saber cómo está su hermana Magdalena y darle un abrazo. Esto ocurrió en la primavera del año 1594, cuando Cervantes tenía ya 47 años de edad. Cumplido con su conciencia, y habiendo dejado inconclusa ciertas liquidaciones productos de los embargos, vuelve su mujer a Esquivias y viaja él nuevamente a Sevilla. De lo que sucedió en su regreso a Sevilla, y su nuevo encarcelamiento, capítulo aparte merece y no éste.

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Capítulo 22

CERVANTES NUEVAMENTE PRESO, ENCUENTRA UN AMIGO

Nuestro amigo, el Ingenioso Escritor, lleva ya casi diez años en Andalucía. Su humor y su tono, como ya lo habíamos dicho, son más andaluces que castellanos. Mientras caminaba Miguel por la callejuela llamada de Entrecárceles, por estar allí la de la Audiencia y la Cárcel Real, atadas sus manos, la útil y la inútil, a su espalda a la altura de la cintura con un grueso cordel, rodeado de dos corchetes y dos porquerones armados, que mientras llevaban a Miguel no dejaban de saludar a los maleantes, estafadores, vividores, salteadores, alcahuetes, mujeres de vida fácil y todo lo peor de Sevilla y de sus alrededores que se daban cita en ese callejón. Mientras recorría obligado la callejuela, le hizo recordar a Miguel aquellos lelilíes de voces agudas que lo habían recibido en el momento de su cautiverio en Argel y se asombró de pensar que aquel recibimiento en tierra pirata había sido menos humillante que este que le sucedía en su propia patria, aunque los motivos eran distintos. A Cervantes lo habían ido a buscar los guardias a la salida del Colegio de los Jesuitas, en la que Cervantes había ido a visitar a sus amigos el cura Pero Pérez y el monaguillo Luis María Ríos, y se lo acusaba de supuestas irregularidades en la entrega de recaudaciones impositivas (en realidad, lo que había sucedido era que Miguel había depositado la recaudación de siete mil cuatrocientos maravedíes en manos de un portugués llamado Simón Freire, comerciante muy conocido en Sevilla, con la indicación de transferirlos a Madrid, en una cuenta de la Corte. Sucedió que Simón Freire se declaró en quiebra y huyó, dejando desamparado a los depositantes, entre ellos a Miguel). En fin, ya está Miguel de Cervantes en la puerta de la Cárcel Real, es allí en ese lugar donde el destino querrá que surja la novela que cruzó los siglos, aunque hay cervantistas que dicen que fue en Argamasilla de Alba, en Ciudad Real, en una cueva de gruesos barrotes en casa del Alcalde Medrado. Pero yo les digo que en Argamasilla de Alba tenía Cervantes muy buenos amigos, poetas y escritores, que frecuentaban las academias literarias, y que es allí, en la Cárcel Real de Sevilla, “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”, como nos cuenta el propio Cervantes en el prólogo del Quijote, donde toma forma su inmortal novela. Entra Miguel a la Cárcel Real pocos días después de su cumpleaños, y como luego veremos, va a salir de ella en diciembre, tres meses después. Al cerrarse tras de sí la puerta de la cárcel, Cervantes queda solo en medio de un enorme y frío patio, sin adornos de macetas. Los internos son indiferentes a ese hombre cincuentón que ha entrado con una alforja colgada de su hombro. Nota Cervantes las famosas tres puertas de la Cárcel Real: la del Oro, la de la Plata y la del Cobre. Dos guardias, llamados Roque Ariza y Enrique Olivero, lo acompañan por la puerta del Oro, recorre un largo y mal alumbrado pasillo en el que hay, una pegada a la otra, un sin fin de habitaciones donde cada una tiene su nombre: esa El Traidor, aquella la Pestilencia, esa otra la Miserable, nuestro amigo, sin dejar ni un segundo su bolso, le toca la de la Lima Sorda. Antes de entrar a la Lima Sorda, permítame el lector explicarle que la Cárcel Real, si bien era sucia, de paredes descascaradas y maloliente, no era famosa por practicarse allí la tortura, en ese lugar no se “cantaba en el ansia”, ni se le ponía al preso la “corma” , ni se le “envesaba” (este vocabulario pertenece a la “germanía”, un idioma utilizado en las cárceles, lo que sería para nosotros el lunfardo, que Cervantes terminó hablándolo a la perfección y utilizándolo en sus obras: cantar en el ansia es un tormento en el agua, la corma es el cepo y envesar es dar latigazos). ¿No te llamó la atención, lector curioso, que al comienzo de este capítulo te haya dicho que los porquerones y los corchetes saludasen a los maleantes apostados en la calle de la Entrecárceles? Te explico: en la Cárcel Real, corrupción mediante, los presos podían obtener algunos privilegios: algunos recibían a las mujeres del partido para obtener de ellas los favores ofrecidos, unos pocos podían salir y entrar cuando quisiesen; había algunos que desde la cárcel organizaban los trabajos que efectuaban luego los palanquines (ladrones), bajamaneros (rateros), los cañutos (soplones) y los ezguízaros (pícaros), todo bien organizado y administrado por el maestro o jefe del hampa. Tanto el jefe del hampa como sus ejecutores, podrían dar de cuchilladas o de palos a alguien, pero jamás dejarían de santiguarse al pasar frente a la imagen de la Virgen de la Macarena, así era el código entre esa gente. Todo se anotaba puntillosamente, veamos ahora una de esas anotaciones, que nos cuenta Cervantes en su novela Rinconete y Cortadillo: “Al bodegonero de la Alfalfa, doce palos de mayor cuantía a escudo cada uno. Están dados a buena cuenta ocho. El término, seis días, Ejecutor: Maniferro.” De cualquier modo, a fin de guardar las apariencias, la actividad carcelaria era intensa y su estructura administrativa muy lucrativa sobre todo para el Alcalde el Sotaalcalde y el Verdugo. Este último, obligado a ejercer su oficio de ejecutor en la horca, y, en algunos casos, de torturador, cobraba un “extra” por ser menos riguroso en la tortura y no dejar estropeado al reo. En la habitación de la Lima Sorda, seguramente por un regalo que le hace Dios a Miguel por el día de su cumpleaños, encuentra nuestro Ingenioso Escritor a un hombre amable, sorprendente, y, fundamentalmente, escritor: Mateo Alemán, el autor del “Guzmán de Alfarache” (libro que en la actualidad se puede encontrar en las buenas librerías de la República Argentina). Allí, en la soledad de la cárcel sevillana, donde se cobijaba lo peor de Sevilla, acompañado del autor del “Guzmán de Alfarache”, el escritor Mateo Alemán, que había sido Juez de Comisión y Contador de Resultas, preso por cuestiones administrativas, es con quien comparte en la cárcel la amistad, la imaginación y la pluma, en una habitación con algo de decencia cercana a la enfermería y a los aposentos del Alcalde, comienza a tomar forma definitiva el Quijote.

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Capítulo 23

CERVANTES Y MATEO ALEMÁN

El encuentro con Mateo Alemán, en la cárcel sevillana, le sirvió a Cervantes para reflexionar sobre su vida, y, a su vez, decidirse a continuar escribiendo esa historia que hacía un tiempo había comenzado. (Sobre los historiadores, dice Borges que la verdad histórica no es lo que sucedió, sino lo que juzgamos que sucedió). Miguel de Cervantes, una vez afianzada su amistad con Mateo Alemán, tuvo tiempo, en esos tres meses de encarcelamiento, de mostrarle al autor del Guzmán de Alfarache aquellos papeles escritos con mala letra e indicaciones en los márgenes, conteniendo una legítima historia de vida, la suya, pero envuelta en una metáfora. Pues no hay dudas que el Quijote es la vida de Cervantes distorsionada, caricaturizada, donde don Quijote es él mismo, o mejor dicho, su atormentada y alegre alma, atormentada por los avatares de la vida y alegre por naturaleza, y, por supuesto, también hay algo de Cervantes en Sancho Panza, un personaje alegre, bonachón, refranero, que sintetiza la nobleza de todos los pueblos de España. Cuando Miguel le muestra los escritos a Mateo Alemán, esa narración tenía la estructura de una novela corta, al modo de las ejemplares, de hecho sería una novela ejemplar más que finalizaba con la pelea entre el vizcaíno y don Quijote, donde ambos quedan, en imagen congelada, con las espadas altas y desnudas, en guisa de descargar dos furibundos fendientes (golpes dados de arriba abajo con la espada). Este último capítulo, el VIII, contenía también la famosa aventura de los molinos de viento. Leyó los borradores Mateo, y al punto se dio cuenta que estaba frente a un genio de las letras, que esa historia no podía terminar allí, que el ingenio del autor daba para mucho más, y, con mucha facilidad, convenció a Cervantes para que continuase escribiendo la historia de don Quijote. Y desde ese momento, en ese calabozo de cuatro por cuatro, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación, en ese cuchitril llamado la Lima Sorda cuyo tragaluz daba a un enorme patio donde de día y de noche era un continuo ir y venir de hombres y mujeres (a pesar que la prisión de las mujeres, si bien estaba en el mismo edificio, estaba separada de la de los hombres), en un continuo griterío, donde gritaban los presos, gritaban los guardia cárceles, rasgaba la guitarra uno, cantaban otros, y cantaban ellas:

Por un sevillano
rufo a lo valón,
tengo socarrado
todo el corazón.

… en medio de toda esta parafernalia infernal y sin descanso, Miguel de Cervantes Saavedra continuó escribiendo, día y noche, lo que luego fue su obra maestra: la primera parte del Quijote. Los nombres de muchos de los protagonistas de la historia son nombres de personas reales, amigos, parientes y personajes conocidos de la época. Al retomar la historia, al decidirse hacer una obra más extensa, Cervantes toma un recurso de los escritores de libros de caballería: dice que el Quijote fue escrito por un sabio mahometano, al que le pone por nombre Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo, y que él solo es el traductor. Pero, ¿cómo continuar? ¿Cómo hacer una obra extensa? Cervantes se plantea estos dos interrogantes y los resuelve de la siguiente manera: en el capítulo siguiente, el IX, es el propio Miguel de Cervantes quien se introduce en la novela preocupado por no saber nada de don Quijote luego de la pelea con el vizcaíno, y luego nos cuenta que estando en una tienda de la calle Alcaná de Toledo, él, que estaba acostumbrado a leer hasta los papeles rotos de las calles (tan aficionado lector era), vio unos cartapacios escritos con caracteres árabes que le llamó la atención, y un intérprete le dijo que estaba allí escrito lo siguiente: “Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha” . Luego, gracias a la traducción que efectuó un moro en un poco más de un mes, al que le pagó con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, supo que se trataba de la “Historia de don Quijote de la Mancha”, escrita por Cide Hamete Benengeli, escritor arábigo.
Allí se encontraba la historia completa. Es decir, a partir de ese episodio en Toledo, Cervantes completa su magnífica obra. Y en este punto permítanme decirles, amigos lectores, que si bien la lectura del Quijote es en apariencia risueña y sencilla, al leerla en distintas etapas de nuestra vida nos damos cuenta de la diversidad y complejidad de su lectura, y que esa sencillez y complejidad es comparable al Hamlet de Shakespeare. Pero volvamos a la Lima Sorda, donde encontraremos a nuestro Ingenioso Escritor en un momento de descanso. A Cervantes desde su niñez le encantaba los títeres; ya en la adultez le apasionaba los títeres y contar cuentos, y sobre todo cuentos de locos, pero no locos como don Quijote, pues la locura de don Quijote es una locura redentora, una locura de los soñadores: como dijo una vez Miguel de Unamuno: “Locos necesitamos, que siembran para no cosechar. Cuerdos que talen el árbol para alcanzar el fruto, abundan, por desdicha.” – (Ahora, entre nosotros lector amigo, y no lo comentes con nadie, aquí en nuestros amados pagos argentinos, en pleno siglo XXI, cuerdos que talan y se llevan los bosques enteros es lo que abunda, locos que siembren gratis, solo por pasión, como mi amigo Sergio Romano un apasionado difusor de la cultura, es lo que falta -). Pero no nos apartemos del tema, que hay mucho todavía. Una noche en la que alguien piadoso, precisamente el guardia Roque Ariza, les alcanzó a Miguel y a Mateo una botella de buen vino garnacha y dos rebanadas de pan candeal, mientras comentaban lo difícil que es escribir un libro, Cervantes le contó a Mateo Alemán el siguiente cuento de locos, que diez años después incluyó en la segunda parte del Quijote, y que ahora, lector ingenuo y cariñoso, te lo transcribo, pues esto a mí me toca muy de cerca: al ver verás:
“Había en Sevilla un loco que dio en el más gracioso disparate y tema que dio loco en el mundo. Y fue que hizo un cañuto de caña puntiagudo en el fin, y en cogiendo algún perro de la calle, o en cualquier otra parte, con el un pie le cogía el suyo, y el otro le alzaba con la mano, y como mejor podía le acomodaba el cañuto en la parte que, soplándole, le ponía redondo como una pelota, y en teniéndolo desta suerte, le daba dos palmaditas en la barriga y le soltaba, diciendo a los circunstantes, que siempre eran muchos: “¿Pensarán vuesas mercedes ahora que es poco trabajo hinchar un perro? – y le dice Cervantes a Mateo Alemán, guiñándole un ojo y soltando una pícara y sonora carcajada -: ¿Pensará vuesa merced ahora que es poco trabajo escribir un libro?” -
Y aquí irreverentemente me meto yo sintetizando este cuento cervantino en una módica redondilla:

Tan difícil como es
A un perro tener que inflar
A fuer de soplidos dar,
¡Escribir un libro es!

Respecto al nombre de Cide Hamete Benengeli, en medio de esta ambigüedad literaria, entre lo simple y lo complejo, surge una vez más el humor y la ironía de Cervantes: Cide Hamete Benengeli significa en idioma árabe señor Hasán Berenjena o Aberenjenado. En diversas oportunidades de la narración aparece este enigmático personaje: por momentos denominado árabe-manchego, en ocasiones el sabio mahometano, en otras el historiador árabe. Los últimos capítulos que Mateo Alemán escribió de su novela (obsérvese lo extenso del título) “Atalaya de la vida humana, aventuras y vida del pícaro Guzmán de Alfarache”, fueron escritos simultáneamente con el Quijote de Cervantes, es decir, estos hombres compartieron la cárcel, la pluma y la amistad, la Gloria quedó solo para Miguel. Una mañana, Cervantes se despide de su amigo hermano Mateo con un fuerte abrazo, ambos saben que ya nunca más se verán. Es que se abren de par en par las puertas de la Lima Sorda y de la Cárcel sevillana para Miguel. Ya con sus cincuenta años de edad a cuestas, muchos años para esos tiempos y donde además Miguel comienza a sentir los achaques del crepúsculo de la vida, sale Cervantes de la cárcel de Sevilla a principio de diciembre del año 1597. Con una alegría indescriptible cruzó la Plaza de San Francisco. Se detuvo a observar la Giralda, que de lejos parecía que le sonreía. Todo le parecía alegre, a pesar que no tenía ni un maravedí en su faltriquera (bolsillo). De pronto, esa risa alegre se convirtió en carcajada contagiosa, es que Miguel de Cervantes Saavedra, al contrario de lo que dicen algunos inescrupulosos investigadores literarios, que suponen y afirman que la fama y la gloria del Quijote fue una casualidad literaria, Miguel se da cuenta que en su alforja lleva ahora una obra maestra que surcará los siglos con inigualable fama, un bestseller solo superado por la Biblia. Reía a carcajadas Miguel: Atrás quedaba la ambición de llegar a ser capitán, el heroísmo en la batalla de Lepanto, su martirio en la esclavitud en Argel, y, vaya broma de la vida, cómo no reírse a mandíbula batiente, su fama y su Gloria se gestaron en una mugrienta y pecaminosa celda sevillana. Cervantes presagió el éxito, pero no pudo salir de la pobreza.
Luego de su absolución comienza plenamente su actividad en las letras. Y lo que sucedió, por ser muy interesante, lo veremos en el próximo capítulo.

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Capítulo 24

CERVANTES QUIERE SER ESCRITOR DE PROFESIÓN

Habíamos dicho que en diciembre de 1597 Cervantes sale de la Cárcel Real de Sevilla en libertad, llevando a cuestas cincuenta años de edad y una cantidad de hojas sueltas, con acotaciones en los márgenes y mala letra, donde estaba escrita una historia de valor incalculable. Pero Cervantes, como él mismo lo describe en el Quijote, es más versado en desdichas que en versos. He aquí porque lo digo: A pesar que la Armada Invencible, enviada por Felipe II a Inglaterra para vengar la muerte de María Estuardo y destronar a Isabel I, había sido aniquilada en parte por los navíos ingleses y en parte por un tremendo temporal que se había desatado cuando los 127 navíos españoles estaban en alta mar dirigido por el inhábil almirante Alonso Pérez de Guzmán, duque de Medina Sidonia, a Miguel de Cervantes, como recaudador oficial para el mantenimiento de la Invencible, le habían quedado cuentas pendientes que rendir. Por lo cual se le pide se presente ante la Corte a dar explicaciones. Luego de largas y tediosas declaraciones y trámites burocráticos al fin todo queda aclarado, solo le queda en litigio una rendición de cuentas de lo percibido en su gestión en Granada. Entonces Miguel decide renunciar al ignominioso cargo que tenía y resuelve dedicarse de lleno a las letras, su idea es tratar de vivir de la profesión de escritor. Convengamos que vivir de la profesión de escritor siempre fue difícil, tanto hoy como en aquel entonces. Pero nuestro Ingenioso Escritor no solo tiene ingenio para las letras, sino también para los negocios. Y se lo ve nuevamente en Sevilla, con un pantalón decente pero gastado, una camisa blanca de tela de Holanda y cuello a la valona, unos zapatos tan traídos como llevados y un sombrero negro de ala ancha con toquilla roja de adorno, deambulando por el Arenal y yendo a visitar a don Fernando Manzo, patrón de uno de los barcos amarrados en el río Guadalquivir, cerca de la Torre del Oro. Se entrevista luego con Jerónimo de Venegas, procurador de la Audiencia Real de la Casa de Contratación de las Indias, y le compra bajo fianza provisiones que luego le revende a don Fernando Manzo, que también ejercía la profesión de caporal de bizcocheros y galleteros de Triana, obteniendo de ese modo algunos ducados de diferencia. Hay que ganarse la pitanza, y mientras de noche escribe o corrige sus novelas o poesías, con pluma de ganso y a la luz de una vela en un cuchitril de cuatro metros cuadrados, de día va buscando y obtiene trabajos temporarios, algunos sin demasiados escrúpulos. No tiene un domicilio fijo, hoy vive aquí y mañana allá, pero la miseria siempre lo encuentra. Como él mismo dice en su novela capital: “Al desdichado van a buscarlo las desdichas y le encuentra, aunque se oculte en los últimos rincones de la tierra”. Cervantes no deja de frecuentar las Academias (lo que hoy sería los Talleres Literarios); Miguel tenía una profunda influencia erasmista, a pesar que las obras de Erasmo (ejemplo: “Elogio de la locura”) habían sido prohibidas en Castilla por el Santo Oficio, pero no hay dudas que en sus discusiones filosóficas literarias, en el mundillo de escritores y poetas, su espíritu se inclinaba hacia la posición erudita del gran humanista de Rotterdam que fuera amigo de Tomás Moro. Cervantes se enorgullece leyendo ante los académicos la historia de don Quijote, por lo cual el Quijote, aún sin su conclusión definitiva, se conoce varios años antes de su publicación ocurrida en el año 1605, es decir, ya en el año 1598, jóvenes zagales disfrazados representan escenas del Quijote en las calles y en las plazas con éxito rotundo. Muchachos caracterizados de don Quijote y de Sancho Panza hacen las delicias y levantan carcajadas por todos los rincones de la ciudad. Sí, Sevilla, la cultísima, la cosmopolita y babilónica Sevilla, conoció el Quijote mucho antes de su publicación. A pesar de los encarcelamientos, de las privaciones, de la pobreza, del afán literario y de los trabajos esporádicos, Miguel de Cervantes era un hombre compenetrado con los problemas de su época. Aquellas enseñanzas del Cura Antonio de Sosa, mientras estaban en cautiverio en Argel, y que hemos conocido al detalle en unos capítulos anteriores, nunca fueron olvidadas. Observen porque lo digo: es el caso que Muere Felipe II en la cámara ascética de El Escorial, aquel monasterio fundado por el mismo Felipe II, cuyo nombre completo es San Lorenzo de El Escorial (el Escorial es un pueblo de España y el Monasterio tiene forma de parrilla… ¡Ah!… ¿Sabés por qué el El Escorial tiene forma de parilla, lector animoso y paciente?… porque San Lorenzo fue martirizado y asado vivo en una parrilla. Si siguiésemos este concepto de honrar los métodos de tortura y muerte con destrezas arquitectónicas, se me ocurre pensar que en nuestro siglo los Monasterios deberían tener forma de algún artefacto nuclear de destrucción, o mejor, pensando los distintos y sutiles métodos de matanza que existen hoy en el mundo, te dejo a vos, imaginativo lector, que conjetures la forma que deberían tener en el siglo XXI los Monasterios. Bueno, en fin, te decía: cuando muere Felipe II, para celebrar sus funerales se edifica en la catedral Sevillana un lujoso y enorme monumento que en forma inmediata se conoce en todos los rincones de España. Los poetas de la época recitan loas y maravillas ante el túmulo lujoso del fallecido rey Felipe, sucede lo mismo en todas las Iglesias españolas. Ahora bien, según un testigo presencial, un español apellidado Ariño (su nombre no lo recuerdo), nos cuenta que “un poeta fanfarrón penetró en la Catedral y recitó un soneto sobre la grandeza del catafalco real”. Ese poeta fanfarrón era Cervantes, y hoy, como en aquel entonces, cada lector, al terminar de leer este soneto o cada oyente al terminar de escucharlo, sacará sus propias conclusiones sobre las intenciones de Miguel de Cervantes Saavedra:

Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describirla;
porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla!
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
Apostaré que el ánima del muerto
por gozar este sitio hoy ha dejado
la gloria donde vive eternamente.
Esto oyó un valentón, y dijo: Es cierto
cuanto dice voacé, señor soldado.
Y el que dijere lo contrario miente.
Y luego incontinente,
caló el chapeo, requirió la espada,
Miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.

(Cervantes escribió este soneto con estrambote: 14 versos y 3 versos más.) Gran revuelo armó nuestro Ingenioso Escritor, ese día 29 de septiembre, el día de su cumpleaños, en la catedral de Sevilla, pero él siempre sostuvo que ese soneto “es el honor principal de sus escritos”. Con la muerte de Felipe II, podrido y agusanado, ocurrida el 13 de septiembre, muere también la gloria de los Austrias y avanza el poder de la Iglesia, en una España en la que reinaba el hijo de Felipe II, el reblandecido rey Felipe III. En conclusión: Cervantes conoció la grandeza y la decadencia de España, y en esa intersección escribe toda su producción literaria, incluyendo el Quijote.
Ya ingresamos al año 1603. El Compás de la Pipota (compás: patio), estaba ubicado cerca del puente sobre el río Guadalquivir, por el que se llega al barrio de Triana. En sus tiendillas, entre otras cosas, se comercializaban los productos regionales y aquellas mercancías que sustraían los colonizadores del Nuevo Mundo. Un domingo a la mañana cerca del mediodía, cuando aún el sol estaba tibio y presto a calentar por igual a pobres y ricos, letrados y analfabetos, buenos y malos, se dieron cita en el Compás algunos poetas y escritores, entre ellos Miguel, que mientras observaban si habían puesto en los escaparates algún libro interesante a la venta, discutían sobre tal o cuál poesía u obra de teatro, y, fundamentalmente, polemizaban sobre la controvertida llegada de Lope de Vega a Sevilla, y, porque no decirlo, envidiaban a Lope que de su profesión de escritor se daba la gran vida. Se hallaba Miguel en ese momento distraído, embelesado y sonriente escuchando el cantar de un moro, cuando las regentas del Compás, una joven y bellísima forastera llamada Marisel Bohn y su socia gaditana Mónica García Fraguas, tan hermosa como ella, que de la tal Mónica se había enamorado un joven moro con tono y humor andaluz, que rasgando la vihuela le decía cantando que se había hecho cristiano por ella, tal era su enamoramiento, y, llamándola Lola, pues era su costumbre ponerle apodos a todo el mundo, le pedía a la Virgen Madre que lo aceptara como cristiano: esto era lo que escuchaba y tenía sonriente y embelesado a Miguel:

Ay, Maresita agora
aceta a este santiguau,
que aunque la Lola no es mora
soyle terno enamorau.

…en eso estaban la regenta y su socia, te decía, confundido lector, cuando en medio de este alegre bullicio se acercó Marisel a Cervantes para decirle que en la puerta del Compás lo buscaba su hermana Magdalena. Se extrañó sobremanera Miguel de esa visita. Pero allí estaba su hermana, parada frente a la puerta del Compás de la Pipota. La esbelta silueta de Magdalena se recortaba debajo del dintel de la puerta de entrada al compás, y en su bello rostro se notaba la tristeza. Luego de los saludos, se abrazan cariñosamente los hermanos, Magdalena le cuenta a Miguel, en voz baja, casi en un susurro, que hace meses murió el escritor Alonso Rodríguez, el marido de Ana Franca. Miguel se enternece, pero sospecha que hay algo más. Y Magdalena, con el mismo tono de voz, le cuenta que hace menos de un mes murió su íntimo y sagrado amor: Ana Franca, aquella que le dio su única hija, Isabel. Miguel se entristece de tal modo que nota cierta humedad salobre en sus ojos. De inmediato, su mente aguda y vertiginosa piensa que ya está viejo, que muy pronto entrará a la decrepitud con todos sus achaques, discriminaciones e intolerancias, y entonces, en ese mismo instante, le encomienda a su hermana Magdalena que se encargue de traer con él a su hija Isabel, ya moza y bellísima, que nunca antes había conocido, y le suplica a Magdalena se encargue también de enseñarle labores y de la crianza. Magdalena acepta. Miguel quiere ser padre y no dejar sola a su única hija. Dos semanas después, con suma delicadeza, a pesar de las intermitencias de su matrimonio, en Valladolid le comenta este hecho a su esposa Catalina, que acepta sin reparos incorporar a su hija Isabel a la familia. Se inicia así una nueva etapa en la vida de Cervantes, la última.
En el próximo capítulo sabremos más sobre la poesía, los secretos y las murmuraciones en la vida de Cervantes.

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Capítulo 25

AÑO 1604 – EL CASO EZPELETA

Como habíamos dicho en el capítulo anterior, en el año 1603 muere Ana Franca. Cervantes se entera del fallecimiento por su hermana Magdalena. Su hija Isabel, nacida de los amores de Miguel y Ana, es aceptada por su esposa, doña Catalina Salazar Palacios, y pasa a vivir con ellos en Valladolid.
Entre los años 1603 al 1604 no hay mucha información de la vida de Miguel. Sin embargo, podemos destacar algunos hechos importantes: el primero la muerte en Esquivias de la suegra de Cervantes, ocurrida en julio de 1604, en la que Catalina, la esposa de Miguel, recibe parte de la herencia. Pero el hermano de ésta, el cura y abogado Francisco de Palacios (que siempre tuvo antipatía hacia Cervantes), se las ingenia, dejándolo expresamente en un oficio, para que Miguel no usufructúe en absoluto de lo percibido por su esposa. Otra circunstancia destacable es un acta policial que consta aún en el Departamento de Policía de Valladolid, firmada por el juez Villarroel, la que nos da una acabada noción de cómo vivían Cervantes y su familia en ese tiempo. Resulta que Miguel, que le costaba tener un domicilio fijo, en ese momento vivía en un primer piso, en la calle de los Monteros, justo arriba de una taberna llamada “Belvedere”. Tanto a la casa de Cervantes como a la taberna, propiedad de un italiano alegre y bondadoso, de altura mediana, delgado y de cabello color almagre llamado Orestes Antonio Denegri, concurrían gentío de todo tipo: personas de dinero, comerciantes, borrachos, poetas, filósofos, mujeres pecaminosas, bohemios y malandrines. En la noche del 27 de junio, Cervantes recibió en su casa la visita del Sacerdote Luis de Garibay, quien desesperado le explica que alguien pedía socorro en la puerta de la Taberna (Garibay dice que pasaba casualmente por allí, sin embargo algunas maliciosas murmuraciones dicen que figuraba entre los concurrentes). El malherido o herido de muerte, era un tal Gaspar de Ezpeleta (que luego muere). En resolución, fueron todos presos y acusados: entre ellos, Andrea de Cervantes, Constanza de Ovando, Isabel de Saavedra, otras cinco o seis personas más concurrentes de la taberna y… Miguel de Cervantes Saavedra. El Jefe de Policía, un madrileño llamado Aniceto Espinedo, les toma declaración. La declaración es extensa, con lujo de indecentes detalles, donde las malas lenguas dicen que a ese primer piso algunos desaprensivos le llamaban la casa de las “cervantas”. Luego de un par de horas de quedar demorados, la familia Cervantes queda libre, pero el Acta y las murmuraciones aún perduran. La familia de Miguel se compone entonces de su hija, sus hermanas (Andrea y Magdalena), su bellísima sobrina, la hija de Andrea, la joven Costanza, y su esposa Catalina, que, como ya sabemos, la mayor parte del tiempo vivía en su pueblo natal, Esquivias (¡tate,tate!, lector mío, a esta altura del relato ya te habrás dado cuenta que había ciertos desencuentros en ese matrimonio; tenés razón, pero quisiera aclararte algo importante: algunos investigadores cervantistas se obstinan en pensar que no había amor entre ellos, bueno, pues yo opino lo contrario: ¡A su manera, Cervantes y Catalina se amaban!, – ella lo admiraba, y se ama todo lo que se admira, él la respetaba, y se respeta todo lo que se ama.- Ahora, lector atentísimo, pensá lo difícil que debe ser la convivencia entre un genio iluminado de una cultura fabulosa, escritor y poeta por naturaleza, por lo tanto bohemio, con una experiencia de vida sin igual, y una rústica, honesta y leal mujer, muy influenciada por sus parientes (sobre todo por su hermano el cura), y sin más horizontes que aquel que le brindara el viñatero pueblo de Esquivias. Y te digo algo más: Catalina nunca leyó el Quijote. Es difícil de imaginar cómo eran las conversaciones entre ambos, pero así y todo ellos se amaban, y seguro que era un amor desinteresado).Sigo: Es tanta la miseria que rodea a la familia Cervantes, que a pesar de la fama popular del Quijote (recordemos que aún no se había publicado), Cervantes no puede revertir esa pobreza. Insisto, esta situación de indigencia hace que sea poca la información obtenida sobre la vida del Glorioso Manco, entre el momento que pierde su discutido empleo de recaudador o comisario y el año 1604. Pero como Dios aprieta pero no ahorca, un hecho importante ocurrirá casi a fines de ese año, poco antes de cumplir Miguel los 57 años de edad, exactamente el 26 de septiembre de 1604 obtiene en Valladolid, donde en ese momento reside con su familia en una casa alquilada por Andrea en la calle del Rastro, luego de mudarse de aquel mal reputado primer piso ubicado arriba de la taberna “Belvedere” (su insistencia en residir en Valladolid se debe a que la Corte de Felipe III se establece en esa ciudad, y donde está la Corte es más fácil conseguir trabajo), obtiene allí el privilegio oficial para la publicación de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Grande fue la alegría de Cervantes y su familia al enterarse de este beneficio, fue ocasión de descorchar y brindar con un buen vino espumante tresañejo. Una vez obtenida la autorización de la publicación, Miguel vende los derechos a Francisco de Robles, librero de Su Majestad, quien luego le otorga a Juan de la Cuesta el privilegio de la edición. A mediados de enero del año 1605 sale la primera edición del Quijote en Madrid (donde vuelve a establecerse la Corte y la familia Cervantes) y es un éxito comercial inmediato, tal es así que en ese año se imprimen seis ediciones. Cervantes entonces comienza a cancelar las deudas contraídas. Su hija Isabel, que lleva los genes de su padre en cuanto a la alegría del alma y el espíritu aventurero, al salir la séptima edición del Quijote y dejar un interesante beneficio económico, se provee de un ajuar importante, vive a su gusto la vida social y contrae matrimonio con Diego Sanz del Águila, un comerciante mucho mayor que ella, quien la deja viuda en el año 1608, dejándole una hija que poco se sabe de ella. Pero Isabel es tan inquieta y emprendedora como su padre, y meses después vuelve a contraer matrimonio con un agente de negocios llamado Luis Molina, quien fuera cautivo y que Cervantes conociera en su odisea en Argel. Para este casamiento, por causas que no se saben, Cervantes tiene que otorgar a Molina una dote de dos mil ducados (una fortuna), con vencimiento el 28 de agosto de 1611, para este cumplimiento le sale como fiador su amigo Juan de Urbina. La madrina de Casamiento fue su esposa Catalina, lo que supone una buena relación entre ambas. En el capítulo anterior habíamos dicho que Miguel de Cervantes Saavedra, citado en su momento ante la Corte, resolvió todos sus problemas de rendición de cuentas como confiscador menos uno, el de Granada. Y es el caso que en el año 1608 prospera la demanda judicial contra él y su fiador don Francisco Suárez Guasco, y tiene que desembolsar dos mil cuatrocientos maravedíes, lo cual vuelve a resentirse sus proyectos de mejora económica. El Glorioso Manco de Lepanto sufre otros mayores pesares: en octubre de 1609 muere su hermana mayor, Andrea, y dos años después fallece también su otra hermana, Magdalena. Y como al desdichado las desdichas lo encuentra aunque se oculte en los últimos rincones de la tierra, otro episodio luctuoso y lamentable vuelve a encontrar a Miguel: la muerte de su amigo hermano el escritor novelista Mateo Alemán (también víctima de la pobreza), autor del Guzmán de Alfarache, muerto en las Indias, lugar donde Mateo Alemán pudo establecerse al poco tiempo de haber salido de la cárcel, y que Cervantes siempre quiso ir y no pudo. Esta información la obtuvo Miguel de un comerciante y viajante portugués llamado Ricardo Adrián Spivak, que frecuentaba al igual que Miguel el Compás de la Pipota, lugar que el lector ya conoce, si es que leyó el capítulo anterior. Cervantes llora amargamente la muerte de su amigo, aquel con el que compartió la pluma, la palabra, los consejos y la miseria. Volviendo a la aparición del Quijote, en enero de 1605, una prueba más de que la novela el Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha se conocía mucho antes que salga de la imprenta, es una famosa carta escrita por Lope de Vega, su rival en las letras, fechada el 14 de agosto de 1604 y dirigida a la Corte (en aquellos tiempos la autorización de todas las novelas la daba el propio Rey con asesoramiento de la Corte), en esa carta Lope de Vega, mostrando todo su resentimiento, injustamente escribe: “De poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote”…
La genialidad de Lope de Vega es indiscutible. Pero también es indiscutible la rivalidad entre estos dos grandes hombres de la literatura universal, de estilos diferentes. Cervantes mantuvo siempre una ética y una estética en todas sus obras de teatro, hecho que lo condicionó económicamente. Cervantes opinaba que “No está la falta en el vulgo, que pide disparates, sino en aquellos que no saben representar otra cosa”. Por último, antes de ir al próximo capítulo, donde comenzaremos a hablar un poco más del Quijote, insistiré en que la rivalidad entre estos dos grandes hombres de las letras era conocida y discutida en toda España.

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Capítulo 26

CERVANTES Y EL QUIJOTE

Ahora el lector sabe que la primera parte del Quijote, cuyo título completo es El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, salió impresa cuando Cervantes tenía 58 años de edad. La segunda parte, a la que llamó El Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha, se editó diez años después y es continuación de la primera, pues los hechos ocurren un mes después del final de la primera parte, formando así una sola novela. Quizá es obvio decirlo, pero cuando se editó la segunda parte del Quijote Cervantes tenía 68 años de edad, un año antes de su muerte.
Entramos ahora en el año 1611. Cervantes empieza a creer que puede vivir de su profesión de escritor, el Quijote comienza a darle algunas satisfacciones económicas. Pero llega el 28 de agosto de 1611, y el lector recordará que en esa fecha vence el plazo para entregar a Luis Molina, esposo de su hija Isabel, la dote de dos mil ducados prometidos y garantizados por Juan de Urbina. En síntesis: Cervantes y Juan de Urbina, hipotecan algunas propiedades de ambos, Miguel cancela el cumplimiento e Isabel se separa de Molina y vuelve a casa de su padre.
Y allí tenemos otra vez a Miguel sin blanca (blanca: dinero), por lo que debe suspender un anhelado viaje a Italia que tenía programado, y sabe que ya nunca más lo hará. Apesadumbrado por todo lo sucedido, se encierra en su habitación en Madrid y comienza de nuevo: se dispone a escribir la segunda parte del Quijote. Esa tarde, encerrado solo en su habitación, concentrado en escribir esa segunda parte porque, además, se ha enterado en los corrillos literarios que alguien en Tarragona, que dice ser natural de Tordesillas, se dispone a publicar un libro apócrifo titulado “Segundo volumen del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, bajo el seudónimo de Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, y que ese usurpador, que se ha atrevido a resucitar a su hijo predilecto, lo ha injuriado sin piedad en ese falso “Quijote” . Miguel sabe muy bien quién es ese escritor que tanta envidia le tiene, pero no quiere dar su nombre a conocer a fin de no darle injusta fama. Compenetrado en este asunto y en sus desdichas, apura nuestro Ingenioso Escritor sus escritos (pensá, lector amigo y paciente, que Cervantes escribe a pluma y que no existía la computadora en la cual podés borrar e insertar a gusto y placer y tenés en el programa un corrector de ortografía y gramática automático). Sentado en un viejo taburete, allí tenemos a Miguel, su mano izquierda colgando mientras en su mano derecha la pluma de ganso garabatea el prólogo de la novela en unos papeles sueltos sobre la destartalada mesa. Cervantes levanta la vista y queda absorto: ante él se encuentra una mujer de belleza indescriptible, de mirada dulcísima, de sonrisa encantadora, (el nombre de esta dama lo conocerá el lector en los últimos capítulos de esta historia). ¿Cómo ha entrado allí esa mujer? Nadie sabe. Miguel siente un mareo y entra en un extraño sopor, se descompone hasta casi caer en el desmayo, es el primer síntoma de su enfermedad. Su frente lisa y desembaraza, su cabeza de cabellos castaños, están apoyados o recostados casi en el centro de la mesa; la pluma y algunos papeles se han caído al suelo, y ya con sus ojos alegres entrecerrados escucha la voz suave de aquella hermosa doncella que le dice al oído: “Faltan solo cinco años, apresúrate”.
¿Querés saber, cariñoso lector, que escribió Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote? ¿Sí? Bueno. Aprovechemos, levantemos esta hoja que ha dejado caer Miguel en su desmayo, yo la leo y te la transcribo, son los primeros párrafos del prólogo de la segunda parte del Quijote:
“Válame Dios, y con cuánta gana debes de estar esperando ahora, lector ilustre, o quier plebeyo, este prólogo, creyendo hallar en él venganza, riñas y vituperios del autor del segundo Don Quijote, digo, de aquel que dicen que se engendró en Tordesillas y nació en Tarragona. Pues en verdad que no te he de dar este contento; que puesto que los agravios despiertan la cólera en los más humildes pechos, en el mío ha de padecer excepción esta regla. Quisieras tú que lo diera del asno, del mentecato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento, castíguele su pecado, con su pan se lo coma y allá se lo halla. Lo que no he podido dejar de sentir es que me note de viejo y de manco, como si hubiera sido en mi mano haber detenido el tiempo, que no pasase por mí, o si mi manquedad hubiera nacido en alguna taberna, sino en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros…”
Aquella hermosísima dama ya se ha ido. Mientras Miguel se recompone de su indisposición, el lector recordará ahora que sus novelas ejemplares las escribió en distintos momentos de su vida, pero fueron editadas en el año 1613, cuando Cervantes tenía 66 años de edad. El producido de esta edición no modificó, sino módicamente, su situación económica. Es evidente que los ingresos interesantes provenían del Quijote. Pero ahora, si mis amigos leyentes me lo permiten, vamos a ocupar parte de este capítulo para conocer físicamente a Miguel de Cervantes Saavedra, ¿qué les parece? Creo que ya es hora que conozcamos a nuestro amigo Miguel. ¿Recuerdan que les conté que toda su vida se encuentra entreverada en sus obras? Pues, en el prólogo de sus Novelas Ejemplares, escrito por Cervantes el 14 de julio de 1613, es decir, cuando tenía 66 años de edad, Cervantes mismo nos hace una descripción sucinta y muy interesante de su figura y de su vida, voy a sintetizar esos escritos, observen:
“Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro; los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y esos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande ni pequeño, la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies. Este digo, que es el rostro del autor de la Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas, y quizá sin el nombre de su dueño, llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo; herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra. Carlos V, de feliz memoria…. En fin: pues ya ésta ocasión se pasó, y yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que dichas por señas suelen ser entendidas….”
Al terminar de leer esta semblanza, obra maestra de la síntesis, sabemos que Cervantes de joven tenía el cabello rubio como su barba, su nariz aguileña y la boca pequeña. Y que en la ancianidad, su cabello y su barba eran de color blanco, su espalda algo arqueada, su hablar algo tartamudo y tenía solamente seis dientes y ellos mal puestos que no se correspondían unos con otros. En cuanto a los dientes, permíteme que te cuente algo interesante lector: Si bien en aquella época ya existían los dientes postizos, estos se realizaban con dientes de personas o de animales muertos y estaban engarzados con un rústico aparato hecho con alambre, por lo tanto no todos lo podían usar por ser muy molestos (más de una vez habrás visto en las películas o en dibujos, curioso lector, como las mujeres utilizaban el abanico para taparse coquetamente la sonrisa, pues bien, en realidad era para disimular la falta de los dientes incisivos que cortan y los caninos que desgarran, dejando en la boca un agujero reñido con la estética). Usar dientes postizos era dificultoso en extremo y además eran caros, y nosotros conocemos de sobra los pesares económicos de Miguel. Sigamos. La primera traducción al inglés del Quijote se realiza en el año 1612 por Thomas Sheldon, y de inmediato es traducido en varios idiomas (francés, alemán, italiano, etc.). El mundo entero comienza a conocer al famoso don Quijote de la Mancha y a su escudero Sancho Panza. No menos fama tiene Dulcinea del Toboso, o el popular caballo Rocinante, tan famoso como Babieca, el caballo del Cid Campeador. Su contemporáneo el dramaturgo Shakespeare, lee la primera parte del Quijote y se entusiasma. Su entusiasmo llega a tal punto, que del agradable personaje cervantino Cardenio (capítulos XXXV y XXXVI), el genial Caballero Inglés hace una obra de teatro (”Historia de Cardenio”), representada con éxito en el Teatro el Globo, pieza teatral que hoy se encuentra perdida.
Cervantes en ningún momento ignora el éxito de su novela, incluso intuye que tomará repercusión mundial, a pesar que existe un período muy extenso en que la obra queda en el olvido. Curioso e increíble es saber que él mismo efectúa, por intermedio de los personajes de la trama, por caso en el capítulo III de la segunda parte del Quijote (1615), un “relevamiento y estudio de mercado” de la primera parte editada en 1605, observen lo que dice: “…Los niños la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran; y, finalmente, es tan trillada y tan leída y tan sabida de todo género de gentes, que apenas han visto algún rocín flaco, cuando dicen: “Allí va Rocinante”. Y los que más se han dado a su lectura son los pajes: no hay antecámara de Señor donde no se halle un Don Quijote: unos le toman si otros le dejan; éstos le embisten y aquellos le piden. Finalmente, la tal historia es del más gustoso y menos perjudicial entretenimiento que hasta agora se halla visto, porque en toda ella no se descubre, ni por semejas, una palabra deshonesta, ni un pensamiento menos que católico.”
Es notable pensar que Cervantes, ya anciano y enfermo, haya escrito la segunda parte del Quijote en forma simultánea con su última novela, “Los trabajos de Persiles y Segismunda, historia septentrional”, incluso cuando ya intuía la proximidad de su muerte. El “Quijote” es la cruel realidad contrapuesta a los sueños que tenía Cervantes, y el “Persiles” es una síntesis de su romanticismo e idealismo, en la que triunfan los valores de su fervorosa ética (para escribir el Persiles, Cervantes se inspira en Los amores de Clitofonte y Leucipe, de Aquiles Tacio). Ahora, si efectuamos un análisis estrictamente literario, podríamos decir que el Persiles es una novela romántica, exquisita, y a la vez el reverso, la contracara del Quijote: es decir, si el Quijote es la novela, el Persiles es la anti novela.
En el próximo capítulo efectuaremos una breve explicación sobre la lectura del Quijote, después de todo, hablar del Quijote es hablar de Cervantes.

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Capítulo 27

BREVE EXPLICACION SOBRE LA LECTURA DEL QUIJOTE

Antes de efectuar un breve análisis del Quijote, pues el propósito que anima este trabajo es conocer la vida de su autor, permítanme decirles que toda la sabiduría del mundo está encerrada en los libros. Los lectores de profesión, como lo fue Cervantes, lo saben. Fíjense por qué lo digo: al terminar de leer “De la tierra a la Luna” de Julio Verne, tomamos conocimientos sobre astronomía y el arte de la metalúrgica; cuando leemos “Muerte en la tarde”, de Ernest Hemingway, sabremos de buena tinta algo sobre la raza y el comportamiento de los toros de lidia o bien cuando leemos “Crónicas del Ángel Gris”, de Alejandro Dolina, estaremos al tanto sobre los complejos mecanismos en el comportamiento humano; y así como en distintos libros de diferentes autores uno puede sacar información que enriquece nuestro nivel cultural, en el Quijote pasa todo ello y mucho más todavía. He aquí un dato sorprendente y revelador: Sigmud Freud, el padre de la sicología, estudió castellano solamente para leer las obras de Cervantes. En especial “El coloquio de los perros”, (se trata de dos perros, Cipión y Berganza, que tienen la facultad del habla y que entablan entre ellos un diálogo filosófico humorístico, sentados frente a la puerta de un hospital, el Hospital de la Resurrección, que está en la ciudad de Valladolid), esta tesis cervantina le sirve a Sigmud Freud de fuerte influencia formativa para realizar su método psicoanalítico.
Sin duda que leer el Quijote le da prosperidad a los más apartados rincones de nuestro espíritu. El secreto de su vigencia consiste en que, durante siglos, cada lector se convierte en un crítico que saca su propia interpretación de la lectura. Un mismo lector que lee el Quijote en distintas etapas de su vida, en cada repaso efectuado habrá sacado diferentes conclusiones. ¡El misterio secular es que todas esas conclusiones son válidas! Cuando se lo lee por primera vez, el lector se dejará llevar por una lectura simple, sencilla y risueña, y, gracias a la excelsa pluma de Cervantes, le será imposible dejar de imaginar los lugares, los personajes, las voces, las costumbres de un pueblo, con episodios de la vida real y, fundamentalmente, con definiciones de un total sentido común y realismo de esos sucesos. Esta simplicidad hará sospechar que allí se esconde algo más, algo de una complejidad diversa y profunda, similar, como ya habíamos dicho, al Hamlet de Shakespeare, o al Crimen y Castigo de Dostoievski o a la Metamorfosis de Kafka.
Al leer el Quijote por primera vez te darás cuenta, entre otras cosas, que los personajes cambian de humor constantemente (en especial don Quijote y Sancho Panza), y que tienen cada uno de ellos definida su propia personalidad. Este detalle hizo que el Quijote se consolide como la primera novela moderna.
Hay algo que quiero destacar antes de terminar esta breve explicación: no es verdad lo que aseveran algunos críticos literarios (por caso el destacado filósofo y escritor vasco Miguel de Unamuno, declarado quijotista, tan quijotista que en la introducción de su recomendable libro “Vida de Don Quijote y Sancho”, nos dice de Cervantes que es “un pobre diablo muy inferior a su obra”). No es cierto que Cervantes escribió el Quijote de casualidad y sólo por casualidad tuvo éxito (esta disparatada controversia, iniciada recién a principios del siglo XX, dividió el mundillo literario entre “cervantistas” y “quijotistas”), lo real es que Cervantes, y ya lo hemos visto en el correr de estos capítulos, fue un hombre muy culto, de una enorme experiencia, que ha sufrido mucho en toda su vida pero que nunca se ha dado por vencido, y ha almacenado en su mente toda esa valiosísima vivencia ocurrida desde su niñez hasta su vejez. Cervantes fue también un español comprometido con los problemas de la época, de una filosofía popular y trascendente, que ha volcado todo ello en su novela inmortal.
Habíamos dicho que a principios de enero de 1605 apareció la primera parte del Quijote y que se efectuaron en ese año seis ediciones, pero no hemos dicho dónde se efectuaron esas ediciones, sepámoslo: dos en Madrid, dos en Portugal y dos en Valencia (un año más tarde se publica el Quijote en Bruselas y, sorpréndete lector, aparecen ediciones en el Perú, donde se representan figuras teatrales de don Quijote y Sancho Panza). En ese mismo año, el 1605, tomemos como referencia que el dramaturgo inglés William Shakespeare termina de escribir El rey Lear y Macbeth.
Una de las características del estilo de Cervantes, es su trazo largo y su escritura alegre, como así también, mediante la inclusión de pocos vocablos o sutiles aclaraciones del autor, hacer maravillosas las historias decepcionantes. Veamos el caso en uno de los capítulos preferidos del investigador cervantista Edward C. Riley (”La rara invención” pag.149), la historia de los leones, inserta en la segunda parte del Quijote (1615): don Quijote trata en vano de pelear con un león que, de perezoso, no quiere salir de su jaula. Le dice don Quijote al leonero: “Tu abriste al león, yo le esperé, él no salió, volvíle a esperar, volvió a no salir y volvióse a acostar”. El domador le contesta que el león se “acobardó” y no “osó” salir de la jaula. Y Cide Hamete Benengeli, el historiador arábigo-manchego, nos cuenta lo siguiente: “¡Oh fuerte y sobre todo encarecimiento animoso Don Quijote de la Mancha, espejo donde se pueden mirar todos los valientes del mundo ¡¿Con que palabras contaré esta tan espantosa hazaña, o con qué razones la haré creíble a los siglos venideros, a qué alabanzas habrá que no te convengan y cuadre…? Tu a pie, tú solo, tú intrépido, tú magnánimo, con sola una espada,….estás aguardando y atendiendo los dos más fieros leones que jamás criaron las africanas selvas. Tus mismos hechos sean los que te alaben, valeroso manchego; que yo los dejo aquí en su punto, por faltarme palabras con que encarecerlos.” Con esta simpleza Cervantes convierte un hecho aburrido en una hazaña.
Al contar la historia del Quijote, parece que el autor estuviese hablando animadamente con el lector. Observemos con que donaire escribió el comienzo del prólogo del Quijote (1605), y como quisiera cada aficionado escritor moderno que su libro así fuese:
“Desocupado lector, sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse”.
Aprovechemos estos primeros párrafos del prólogo del Quijote para anunciar la exégesis de la novela que, sin bien la haré abreviada, necesita de un capítulo aparte, el próximo.

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Capítulo 28

CERVANTES, DON QUIJOTE Y SANCHO PANZA

Les diré una vez más que toda la vida de Cervantes está reflejada en sus obras, especialmente en el Quijote. Pero esta definición va mucho más allá todavía: el Caballero Andante de respuestas y reflexiones sabias, el defensor de los ideales, el humanista don Quijote, tantas veces apaleado y puesto en ridículo, como así también el simple hombre de pueblo, de ingenio lego y pragmático, llamado Sancho Panza, son en realidad una caricatura de los profundos resplandores del espíritu de su creador. Cervantes, entre el humorismo y el ironismo, inventa una historia que es interpretada por dos personajes centrales que en definitiva son el propio Cervantes, o por mejor decirlo: luces brillantes y lejanas y perennes del espíritu de Miguel. Luego de la creación de don Quijote, Cervantes necesitó crear a Sancho Panza para que dialogue con el Caballero Andante, es decir, de ese modo Cervantes puede hablar en voz alta.
Comienza la historia cuando Alonso Quijano, un hombre común y corriente, a los 50 años de edad se decide a salir a arreglar el mundo, a deshacer entuertos, a socorrer viudas, a auxiliar a los desamparados como Caballero Andante (el autor nos cuenta que Alonso Quijano enloqueció de tanto leer las fabulosas y mentirosas leyendas de los libros de caballería). El lector recordará que Cervantes sale de la cárcel sevillana con los borradores del Quijote debajo del brazo, cuando tenía la misma edad que don Quijote. La imprecisión de Cervantes en ubicar el lugar de nacimiento de Alonso Quijano es adrede: Cide Hamete Benengeli (recordemos que Cervantes dice que el verdadero autor del Quijote es el árabe Benengeli, que él es solo el traductor) nos cuenta que “en un lugar de la Mancha” es donde nació, porque no quiere que ningún pueblo se atribuya ese privilegio, como contendieron las siete ciudades de Grecia por Homero. Luego, cuando Alonso Quijano decide hacerse Caballero Andante cambia de nombre y al estilo de los libros de caballería se agrega al mote el lugar de nacimiento, y así fue que se llamó Don Quijote de la Mancha (Mancha: estepa). Conviene aclarar que la partícula honorífica “don” no todos podían usarla, de hecho ni el mismo Cervantes tenía derecho a su uso y jamás fue Don Miguel de Cervantes Saavedra. Con humor e ironía nuestro Ingenioso Escritor llamó a Alonso Quijano, apodado el Bueno, con el humorístico nombre de don Quijote (ver detalles en el capítulo 18). Luego, cuando nos cuenta que comía durante la semana don Quijote, que en realidad era el modesto y magro sustento diario de Cervantes, nos dice: … los sábados lentejas y los demás días “duelos y quebrantos”… Sobre esto último, durante un tiempo pensé que eso de “duelos y quebrantos” se trataba de una metáfora cervantina para señalar un indeseado y obligado ayuno, pero en realidad así se le llamaba en España a la tortilla con huevos estrellados y trozos de cerdo. Luego eligió a su caballo, su rocín, y como era flaco y ya no era un caballo de trabajo, al que se le dice rocín, le puso Rocinante, porque “antes” había sido “rocín”. Como Cervantes sabe (y nosotros también), que todos los hechos en este mundo se hacen por amor, y si es por amor a una mujer mejor, (a fin de cuentas los dos grandes y únicos conflictos en la vida son el sexo y la muerte, Eros y Thánatos diría nuestro amigo Sigmund Freud), necesitó que don Quijote se enamorase de una princesa, entonces eligió a una aldeana de buen parecer llamada Aldonza Lorenzo, hija de Aldonza Nogales y Lorenzo Corchuelo, que en doce años solo la vio cuatro veces y de lejos, y la llamó Dulcinea, y como era natural de un pueblo llamado el Toboso, la llamó Dulcinea del Toboso. Ya el lector está enterado que el personaje Dulcinea nunca aparece en la obra de Cervantes, y que solo la pluma genial de Miguel puede darle fama eterna a un personaje que nunca participa con su presencia en la historia. Con el correr de los siglos se han hecho distintas interpretaciones sobre Dulcinea, y, en estos nuestros tiempos, formidables musicales. Ese amor platónico descripto por Cervantes recuerda a esos ojos negros de mirada profunda que lo miraban y admiraban cuando él estaba en cautiverio. Cervantes tenía un atisbo muy particular sobre las mujeres, sino veamos esta copla cervantina:

Es de vidrio la mujer;
Pero no se ha de probar
si se puede o no quebrar,
porque todo podría ser.

En las amorosas palabras de Sancho Panza (que dicho sea de paso, según nos cuenta Cide Hamete Benengeli en el principio de la historia, fue llamado también Sancho Zancas, por ser panzón y de piernas largas), en esas palabras, digo, dichas a su vecino y paisano Tomé Cecial, en defensa de su amo, se describe con disimulo y sutileza la forma de ser de Cervantes, miren por qué lo digo: Dice Sancho Panza: “Mi amo no tiene nada de bellaco; antes tiene un alma como un cántaro; no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día y por esa sencillez le quiero como a las telas de mi corazón y no me amaño a dejarle por más disparates que haga.”
¿Cómo decís, querido lector? ¿Qué querés saber ahora de dónde sale la frase “hacer una quijotada”? No sé cómo se te ocurre en este momento, pero te cuento: Cervantes, luego de su larga y dramática experiencia como cautivo en Argel y su ansiado y decepcionante regreso a España, tiene una marcada opinión de la justicia. Para él, como cristiano y humanista, sus principios prevalecen más allá de las leyes escrita por los hombres, sus valores son la justicia y la piedad (precisamente los valores que defiende don Quijote), y el único Juez Dios. Lo justo por sobre lo legal, es la base del vocablo “quijotada”. Y vemos en el capítulo XXII de la primera parte del Quijote, como nos cuenta Cide Hamete Benengeli el episodio que dio origen al término “quijotada”: Se trataba de unos presos que por delitos menores iban a remar a las galeras del Rey; ir a remar en aquellos barcos significaba la tortura y la muerte de aquellos reos, y don Quijote, apiadándose del dolor de aquellos presos más allá de sus delitos, y acompañado de la buena suerte, libera a esos infortunados que una vez libres, cuando don Quijote les pide como único pago y agradecimiento que vayan hasta el Toboso a contar esta aventura a su Princesa Dulcinea, les arrojaron piedras que tiraron al suelo al Caballero de la Triste Figura y a su fiel escudero Sancho Panza. El líder de los condenados se trataba de un tal Ginés de Pasamonte, personaje que aparece en otras ocasiones en la novela, en una oportunidad robándole el asno a Sancho Panza y luego transformado en el empresario teatral maese Pedro. Pasamonte se oculta bajo el nombre de maese Pedro porque como prófugo era perseguido por la Santa Hermandad (la justicia). Lo cierto es que Cervantes toma el nombre de este protagonista de una persona real, un contemporáneo suyo cautivo en Argel llamado Gerónimo de Pasamonte, al que Miguel en broma le llamaba Ginesillo de Paropilla. Volviendo al término “quijotada” que me preguntaste, ¡Oh lector, lector!, te lo diré a mi modo: Haz el bien sin mirar a quien, nos dice el proverbio cristiano, y luego no esperes agradecimiento alguno, debería concluir el aforismo. Cuántas veces, vos o yo, lector amigo, hemos hecho la “quijotada” de meternos sin que nos llamen a hacer el bien, y al igual que a don Quijote hemos salido apedreados y agraviados. Y aquí vale el pensamiento de Unamuno, que espero nunca olvides: “No des lo que te pidan, da lo que necesitan, y luego espera su desagradecimiento”.
Es sabido que Cervantes parodia a los libros de caballería, o mejor dicho, la forma estrafalaria de su escritura, pero además, y esto ya lo vimos en un capítulo anterior donde Cervantes estalla en una sonora carcajada, Miguel aprovecha esta historia para atacar a su rival literario: Félix Lope de Vega. La aventura de los rebaños, en la que don Quijote en su alucinada imaginación confunde inocentes corderos con bravos guerreros, descripto por Cervantes en forma humorística, es una tomadura de pelo a Lope de Vega por lo que escribió en “serio” en su libro la Arcadia. Para concluir, me quedo con la interpretación que hace de este episodio nuestro amigo español y vizcaíno ilustre, que fuera rector de Salamanca, Miguel de Unamuno, que nos dice:
“Y allí alanceó a su sabor corderos, como Pizarro y los suyos alancearon en el corral de Cajamarca a los servidores del inca Atahualpa, que ni siquiera se defendían”
Recordemos un poco lo que hemos leído en un capítulo anterior: Nueve años después de editada la primera parte, en el 1614, cuando Cervantes tenía 67 años de edad, aparece en Tarragona la segunda parte de la historia, pero esta vez escrita por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, seudónimo de un escritor al que Cervantes conocía pero que nunca quiso dar su nombre para no otorgarle inmerecida fama. Es sincero decir que esta obra apócrifa está bien escrita, es entretenida, pero el lector pronto notará que se trata de una falsificación, pues el Quijote de Cervantes es de una profundidad inimitable, se trata lo mismo que comparar un falso y estupendo cuadro de la Gioconda con el original de Leonardo da Vinci. El lector ya sabe que esta circunstancia obliga a nuestro Ingenioso Escritor a escribir la segunda y legítima parte de su obra a la que tituló El Ingenioso Caballero don Quijote de la Mancha, editada en el año 1615. Esta segunda parte, a pesar que han pasado diez años de la primera, es tan genial que da por tierra aquel dicho que dice que nunca segundas partes fueron buenas, pues esta se complementa de tal forma con la primera que componen una sola unidad. Termina la historia con la muerte de Alonso Quijano, y nos dice Cervantes que acreditó su ventura en morir cuerdo y vivir loco. Cervantes “deja morir” al personaje don Quijote para que nadie pueda sacar nuevamente y en forma apócrifa al Caballero Andante a sus aventuras, como lo hizo el falso Alonso Fernández de Avellaneda.
Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: “Aquí quedarás colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir y decirles en el mejor modo que pudieres:

¡Tate, tate, folloncicos!
De ninguna sea tocada;
Porque esta empresa, buen rey,
Para mi estaba guardada.

Cervantes, al dar término al Quijote, se despide de su pluma. Del mismo modo que yo en poco tiempo más me despediré de mi computadora.
No obstante, murió Alonso Quijano, pero don Quijote vive en cada uno de sus leedores.
Para terminar con este breve viaje a los suburbios del Quijote, y para conocer aunque más no sea de soslayo el método de escritura de Cervantes, lo que sigue es una sorpresa que he preparado para mis lectores.

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Capítulo 29

LA AVENTURA DE LOS BATANES

Lo que aquí se verá es la sorpresa de que te hablé en el capítulo anterior, lector amigo. Pero antes quisiera yo decirte, oh, lector o lectora mía, lo mucho que te quiero. Te amo más que a las telas de mi corazón y las niñas de mis ojos (así diría Miguel), y es por eso que te he efectuado esta adaptación sintetizada del capítulo XX de la primera parte del Quijote (Cervantes me perdone), cuyo título original en el libro de Miguel es: “De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso Caballero en el mundo, como la que acabo el valeroso don Quijote de la Mancha”, y que yo he dado en llamar en esta herética acomodación simplemente “La aventura de los batanes”. En esta narración podemos notar (a pesar de mi adaptación) el trazo alegre de Cervantes y las diferentes interpretaciones que le podemos dar este pasaje de la escritura cervantina, de un episodio aparentemente sencillo, supuestamente de miedo, interpretativamente humorístico y sutilmente profundo. Por otra parte, este capítulo o esta adaptación está especialmente preparada para ser leída a los niños en edad escolar, y, por qué no, dispuesta también para darle alegría a tu espíritu, que estoy seguro, oh lector querido y adulto, que buena falta te hace en estos tiempos que vivimos. Te pido un favor, lector mío, luego de terminada tu lectura buscá tu propia conclusión de lo que has leído. ¡Vamos! Ahora anímate lector, léela en voz alta y despacio, con suavidad, dándole profundidad a tu voz, y destácate ante familiares y amigos, y, fundamentalmente, ante los niños, y no temas hacer el ridículo, pues he leído una vez de un famoso sabio que solo es ridículo aquél que nunca en su vida ha hecho el ridículo.

“La aventura de los Batanes”

Esta es una aventura de miedo y de risa: “La aventura de los Batanes”. Y comienza así: Erase que se era una vez, que iban don Quijote y Sancho Panza cabalgando, cuando sin darse cuenta se hizo de noche y se metieron en un tenebroso bosque, donde había unos árboles altos, cuyas hojas, movidas por el viento, hacían un temeroso ruido…ya estaban en el medio del bosque cuando de pronto, en medio de la oscuridad y la soledad del lugar, escucharon, entre el susurro de las hojas y el ruido del agua de una cascada, unos tremendos y monótonos golpes: Tun…, Tun…, Tun…. Parecía el paso de un gigante, Tun…, Tun…, Tun…. Todo eso les producía terror y espanto, y más cuando vieron que los golpes no cesaban, que el viento no dormía, y que faltaba mucho para que llegue la mañana, porque se sabe que la luz quita los miedos. Y el tremendo ruido de aquellos golpes continuaba: Tun…, Tun…, Tun… Entonces Sancho, lleno de miedo, le dijo a don Quijote que se quería ir a su casa. Pero don Quijote, aunque también tenía mucho miedo, le apretó las cinchas a Rocinante, preparó su escudo, enristró su lanza y se quería ir a pelear con lo que su imaginación supuso que era el gigante Pandafilando de la Fosca Vista, o quizá el brujo Bruciferno, o tal vez el gigantón Grindalafo o bien el monstruoso Mordacho el de las desmesuradas orejas, tal como lo había leído en sus libros de caballería. Y fue que Sancho Panza se puso a llorar con la mayor ternura del mundo, y le dijo a don Quijote: Señor, aquí no nos ve nadie, es de noche, bien podemos torcer el camino y desviarnos del peligro, mejor nos vamos. Pero don Quijote quería ir a pelear, porque sino qué diría de él su amada Dulcinea del Toboso. Y fue que Sancho Panza, aprovechando la tremenda oscuridad de la noche, despacio, sin que lo viera don Quijote, se puso de rodillas y le ató las patas a Rocinante para que no pudiese andar y así se quedase con él, y hecho lo que hizo fue que don Quijote pensó que Rocinante no caminaba por un hechizo que le hiciera la bruja Urganda la Desconocida. Y como vio que no podía ir a pelear se puso a conversar amablemente con Sancho Panza y le pidió le contase algunos cuentos que cierta vez le había prometido contar. Mientras tanto aquellos horribles golpes continuaban: Tun…, Tun…, Tun… Y así charlando iban pasando la noche el amo y el escudero, y en esto parece ser que el frío de la mañana, que ya venía, o que Sancho Panza hubiese cenado algunas cosas que le cayeron mal al estómago, o que fuese cosa natural la de hacer sus necesidades (que es lo que más se debe creer), cuando a Sancho le vinieron ganas de hacer lo que solo él podía hacer. Pero era tanto el miedo que tenía Sancho Panza que no quería apartarse de don Quijote y le vino una angustia, que le pareció que no podía hacer lo que iba hacer sin hacer estrépito y ruido, pero era tanto el miedo que le había entrado en su corazón que no quería apartarse lo más mínimo de don Quijote. Y así, en la tenebrosa oscuridad de la noche (que todavía del todo no se había ido), se agachó sigilosamente al tiempo que se soltó el cinturón, y los pantalones y el calzón le quedaron arremolinados en los tobillos. Luego comenzó a apretar los dientes y a encoger los hombros, manteniendo el aliento todo lo que podía; pero con todo esto tuvo tanta mala suerte que hizo un poco de ruido, un ruido bien diferente de aquel que los asustaba tanto. En eso lo oyó don Quijote y le dijo: ¿Qué ruido es ese Sancho? – No sé, señor, alguna cosa nueva debe de ser.- le contestó Sancho Panza haciéndose el disimulado-. Se alegró Sancho que todo sucedió sin hacer gran ruido ni alboroto alguno y se alivió de esa carga que tenía. Pero como don Quijote tenía el sentido del olfato tan vivo como el de los oídos, y Sancho estaba tan junto a él, que casi en línea recta subían los vapores hacia arriba y no pudo evitar que esos vapores le llegasen a la nariz de don Quijote. Entonces don Quijote, apretándose la nariz entre los dedos, y, con tono gangoso, le dijo: ¡Parece Sancho que tenés mucho miedo! – Si tengo, – le contestó Sancho – ¿pero cómo es que lo vio? – No lo vi, – le respondió don Quijote – lo olí…es que ahora más que nunca hueles, y no es precisamente a flores – terminó diciendo don Quijote con el mismo tono gangoso… Ya se despedía la noche y acabó en esto en descubrirse el alba, y de parecer distintas las cosas, y vio don Quijote que estaba entre unos árboles altos, unos castaños que hacen la sombra muy oscura. Pero sintió también que el golpear no cesaba…Tun…, Tun…, Tun… Desatadas las patas de Rocinante por Sancho Panza (sin que lo viese su amo, por supuesto), decidió entonces don Quijote salir a dar pelea contra aquel monstruo que en su miedo imaginaba. Y allí fue el valeroso Caballero montado sobre Rocinante, mientras Sancho lo seguía de a pie. Y habiendo andado un rato entre aquellos castaños y árboles sombríos, dieron con una pradera y con una cascada de agua y cercano a la cascada unas casas lóbregas y mal hechas, de las cuales se dieron cuenta que salía aquél horrible ruido, aquél monótono golpear, pero ahora más fuerte… ¡Tun…, Tun…, Tun….! Se sobresaltó Rocinante de aquel estruendo, y don Quijote, tranquilizándolo, se encomendó de todo corazón a su amada Dulcinea del Toboso y a Dios para que no le olvidase. Y así, montado don Quijote sobre su valeroso caballo, y Sancho Panza siguiéndolo de a pie muerto de miedo, fue acercándose a las casas, donde pudo observar varias puertas.
Abrió don Quijote una de las puertas de donde salía aquel espantoso ruido, mientras Sancho miraba todo asustado entre las patas de Rocinante, y andando unos cien pasos, al doblar una punta, apareció la causa de aquel horrísono sonido, de ese Tun…, Tun…, Tun…., tan aterrador. Bueno, pensarán ustedes que era uno de los monstruos imaginados por don Quijote…. ¡Pero no, no fue así! ¡No! Era una máquina para secar los cueros, que consistía en una rueda enorme con seis mazos de batán movidos por un salto de agua, que golpeaban el cuero para secarlos (cada mazo es un batán), que con sus alternativos golpes aquel estruendo formaban… y así terminó aquel espantable y risible incidente de don Quijote y Sancho Panza, que, a pesar de haberse sentido ridículos por lo sucedido, porque no había tales monstruos ni gigantes, siguieron buscando otras aventuras.

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En principio podemos observar, como ya lo hemos dicho en un capítulo anterior, como Cervantes nos presenta, o nos hace creer, un escenario surrealista que define con total sentido común y realismo. Por otra parte, puede haber varias interpretaciones sobre esta historia que acabamos de leer. Una sería interpretar los hechos tal cual como son, una historia simple y jocosa, y reírnos y hasta enternecernos de las aventuras y desventuras de los protagonistas. Otra interpretación de contenido incomplejo es tomar como moraleja que el miedo no es zonzo. Sin embargo, desde una visión unamuniana, y es con la que yo me quedo, está la que dice que Cervantes, con esta aventura de los batanes, nos quiere advertir que no es preciso distinguir los ruidos para ir a luchar contra los malos, solo hay que atender los sones de nuestro corazón. Vence a tu miedo y serás un héroe, dice el dicho popular.

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Capítulo 30

SE INICIA EL CAMINO HACIA EL FINAL DE LA HISTORIA

Tengo impaciencia en anunciar al paciente lector que en el próximo capítulo les revelaré un secreto que ha permanecido oculto por más de cuatrocientos años. Permítaseme ahora, sorprendidos leyentes, comenzar a transitar la parte final de esta historia: En el año 1616, un año después de haberse editado en Madrid la segunda parte de su Quijote y en el año de su muerte, el Ingenioso Escritor tenía su casa en la esquina de las calles León (hoy Cervantes) y Francos, en Madrid, que era de propiedad de un buen amigo de Cervantes, el sacerdote poeta Martínez Marcilla, y vivía en ella con su hija Isabel de Saavedra (el lector ya sabe quién es la madre de Isabel), su sobrina Costanza de Ovando, la alegría de sus ojos, hija de su hermana Andrea, y, muy de vez en cuando, también su esposa Catalina Salazar Palacios y Vozmediano. Sobre esa misma calle, pero en la vereda de enfrente y casi llegando a la esquina, vivía su rival literario de toda la vida, el magnífico madrileño Félix Lope de Vega y Carpio, el Monstruo de Naturaleza (así le decía Cervantes), el Fénix de los Ingenios (así le decían todos en España). Con el invalorable aporte de datos del magnífico escritor cervantista Francisco Navarro y Ledesma (1869-1905) y la reconstrucción mental de ciertos mitos que intentaré rehacer lo mejor que pueda, les contaré esta parte de la vida de Cervantes. Aquí vamos: Esa tarde, cercana al anochecer, el Capitán Perot Rocaguinarda había pasado a visitar a Cervantes, y a modo de agradecimiento le había llevado como regalo dos botellas de vino bueno. Rocaguinarda, un personaje histórico, había sido un sensible bandolero catalán con extraordinarias dotes de mando, que había logrado reclutar un verdadero ejército de maleantes que robaban a los ricos para beneficio de ellos mismos y también para los pobres. Estos bandoleros constituyeron una verdadera preocupación para todo el reino de Cataluña. Entre las filas de ese verdadero ejército militaban gascones con decidida relación con los hugonotes de Francia. Rocaguinarda, tras su actuación bandolera-militar en las cercanías de Barcelona, se acoge al indulto dictado por el virrey Pedro Manrique y negocia su libertad comprometiéndose a servir al Rey, y obtiene de ese modo el grado de Capitán. Todo ello ocurre mientras Cervantes escribía la segunda parte del Quijote. Es tal la afición que tiene el Ingenioso Escritor hacia la figura de Perot Rocaguinarda, que no duda en incluirlo en la segunda parte del Quijote. Allí el personaje se llama Roque Guinart, un valiente bandolero catalán que logra, en ese capítulo, eclipsar a don Quijote en cuanto a sus aventuras. La trama es en parte real y tiene mucho de la maravillosa fantasía de Miguel.
Esa tarde cercana al anochecer, en la que Perot Rocaguinarda visitó a Cervantes, que fue de los último días del mes de marzo de ese año 1616, al quedarse solo el viejo escritor se dispuso a acomodar tiernamente sobre una mesa unos arrugados papeles: entre ellos se encontraba los borradores de su última comedia nunca editada a la que había titulado “El engaño a los ojos” y de la que esperaba fuese la octava maravilla; los bosquejos avanzados de la segunda parte de la Galatea (el título de la que fuera su primera novela y a la que durante toda su vida había prometido segunda parte); su último sueño romántico ya concluido pero aún sin editar (se editó después de su muerte), titulado “Los trabajos de Persiles y Sigismunda – historia Septentrional”; y un misterioso sobre en cuya portada estaba escrito, con letra de la que llaman bastardilla, el sugestivo título “Buenos Ayres y los Ovillejos”. Entre aquellos plegados escritos se hallaba también la copia de una carta dirigida al Arzobispo de Toledo, don Bernardo de Sandoval, en la que Cervantes le agradece el haberle enviado una epístola y haberla hecho pública en distintos foros destacando vehementemente que nunca se debe olvidar al autor del Quijote y que el Estado debería otorgarle una pensión de por vida, en pago de sus joyas literarias. Podemos desentrañar de estos escritos que Cervantes ya sabía de la proximidad de su muerte, y, asimismo, la fecha en que ocurren estos acontecimientos (téngase en cuenta que Cervantes fallece el 23 de abril de 1616). Ese documento, que preside las solemnes sesiones de la Real Academia Española, dice así:
Al Arzobispo de Toledo, don Bernardo de Sandoval -Ha pocos días, muy ilustre señor, que recibí la carta de vuestra señoría Ilustrísima y con ella mercedes. Si del mal que me aqueja pudiera haber remedio, fuera lo bastante para tenerle con las repetidas muestras de favor y amparo que me dispensa vuestra ilustre persona; pero al fin tanto arrecia que creo acabará conmigo, aun cuando no con mi agradecimiento. Dios le conserve ejecutor de tan santas obras que para que goce del fruto dellas allá en su santa gloria, como se la desea su humilde criado, que sus magníficas manos besa. En Madrid, a 26 de marzo de 1616 años. Muy ilustre señor: Miguel de Cervantes Saavedra”.
Repasaba y repasaba aquellos escritos el viejo escritor, con la ternura de un anciano padre que acaricia a sus jóvenes hijos (así lo expresa Navarro y Ledesma). Largas horas hacía que estaba así: la cabeza levemente inclinada sobre el pecho, apoyados los codos sobre la mesa y con gesto sereno y adusto, surcándole el rostro hondas y graves arrugas, veíase en su envejecida y algo encorvada figura a aquél que ha conocido todas las experiencias posibles en la vida, que el lector ahora ya conoce de sobra. Ya era entrada la noche. Su figura se recortaba a tras luz en el marco de la ventana que daba al jardín sobre la calle, cuando por casualidad (o no tan de casualidad) acertó a pasar por allí Lope de Vega, con su estampa gallarda de hombre que lo ha tenido todo: fama, amores, dinero y poder, y todo ello lo había logrado como escritor, cosa extraña en esa y en todas las épocas. Venía Lope, quince años más joven que Miguel, caminando con su paso firme, su mirada altiva, su fino bigotito adornándole el afilado rostro de ojos aún alegres, todavía buen mozo, vistiendo su ropa de clérigo y manteniendo aún encendida en el fondo de su alma aquella su natural pasión por las mujeres hermosas.
Echó un vistazo disimulado Lope hacia la ventana donde se arrebujaba la figura de Miguel, y al notar a través de ella la aflicción del Ingenioso Escritor, no dudó un instante y entró a saludarlo. La puerta estaba abierta, y al entrar a la casa, con voz grave le dijo: …

De la conversación entre Cervantes y Lope de Vega nos enteraremos en el próximo capítulo, pues es tan interesante que capítulo aparte merece. Es más, este sugestivo diálogo, inédito, nunca antes visto ni oído, se lo ofreceré al lector en forma teatralizada, con el fin de que sea más amena su lectura.

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Capítulo 31

DOS VIEJOS AMIGOS

Estos sucesos, llenos de poesía, secretos y murmuraciones, que vamos a teatralizar en este capítulo, sucedieron pocos días antes de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra. Y tienen por intención instalar en la mente del lector la reanudación de la amistad entre estos dos grandes hombres de la literatura universal.

Decíamos en el final del capítulo anterior que venía el madrileño Lope de Vega caminando por la calle León. Venía transitando en forma lenta y con el alma triste aún por la muerte de su esposa Isabel de Urbina y la de su hijo Carlos Félix, pero con renovadas ansias de vivir por la conquista de su nuevo y último amor, la hermosa Marta de Nevares. Al pasar frente a la casa de Miguel, que vivía en la esquina de las calles León y Francos, echó un vistazo disimulado hacia la ventana donde se arrebujaba la figura del glorioso Manco de Lepanto, y al notar a través de ella la aflicción de Miguel, no dudó un instante y entró a saludarlo. La puerta estaba abierta, y al penetrar Lope de Vega a la casa, con voz grave, (mientras se levanta el telón), le dijo a Cervantes:

***

Lope de Vega: ¿Qué es esto Miguel? Estáis triste. ¿Alguna novelita que no sale o algunos versos inconclusos?

Cervantes: ¡Oh Lope!, gusto en verte, en ti estaba pensando. Pasa, pasa y siéntate, que deseo hablar contigo.

(Cervantes responde levantando sus ojos de mirar cansados y alisándose con su mano hábil el cabello de plata antaño fuera de oro.)

Lope de Vega: Qué quieres decirme Miguel.

(Pregunta intrigado Lope de Vega, mientras toma asiento en una banqueta cercana al Príncipe de los Ingenios).

Cervantes: ¿Recuerdas Lope lo que una vez dijisteis de mí?

(Cervantes hace esta pregunta con una sonrisa apacible, mostrando por un segundo de su boca pequeña sus seis dientes mal acondicionados).

Lope de Vega: ¡Ya pasó, eso ya pasó, no guardes rencor ni envidia, por Dios Cervantes!

(Responde Lope, palmeándole suavemente el hombro a Miguel con gesto amable).

Cervantes: Bien sabes, oh Lope, que en toda mi vida no he tenido envidia de nadie y menos rencor, y que si una vez he dicho y escrito eso de “Yo, que siempre trabajo y me desvelo por parecer que tengo de poeta la gracia que no quiso darme el cielo.”, lo he dicho y escrito porque así lo sentía en ese momento y no por aquellas tus envenenadas palabras.

(Con gesto nervioso se acomoda Lope el bigote, mientras le brillan sus ojos alegres y provocativos. Y antes que Miguel pudiera decirle nada, haciendo gala de su fantástica memoria, recita el comienzo de aquella carta escrita por él hace casi dieciocho años)

Lope de Vega: “De poetas, muchos están en ciernes para el año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don Quijote” -, ¿A eso te refieres?

(Dicho lo cual Lope de Vega suelta una sonora y nerviosa carcajada, al tiempo que le dice a Miguel):

Lope de Vega: ¡Tate! ¡Tate! Señor mío. No hagas caso, por Dios Miguel, no hagas caso. Aunque, ¡montas!, tú no te has quedado atrás, y bien que te has desquitado parodiándome en tu Quijote.

Cervantes: Memoria tienes Lope, pero recuerda también lo que le has mandado decir al duque de Sesa, cuando tú eras su Secretario, y ahora yo también hago gala de la memoria, escucha, escucha lo que le has escrito:

(Entrecerrando sus ojos oscuros recita Miguel aquello que una vez Lope de Vega dijo de él -):

Cervantes: “Me he puesto mis anteojos para leer versos de Cervantes: se diría que se trata de huevos revueltos echados a perder.”

Lope de Vega: Memoria tienes, Miguel.

(Responde Lope con seriedad, ante tan descarnado recuerdo, y luego retoma su cordial sonrisa se pone de pie y caminando lentamente de aquí para allá dice:)

Lope de Vega: También he escrito, y debes perdonarme por esto Miguel, en mi comedia “Amar sin saber a quién”, unos versos de los que ahora sinceramente me arrepiento. Y…

Cervantes: Te quitaré el peso de encima Lope, déjame que yo te los recite, decían así:

Don Quijote de la Mancha

(perdone Dios a Cervantes)

fue de los extravagantes

que la crónica ensancha;

Lope de Vega: Pues verás, yo… ¡Voto a Bríos! Es que…

Cervantes: Oh, Lope, Lope, no te inquietes, ni te aflijas, que no es esa mi preocupación ni lo que hoy quiero contarte. Y deja de caminar de aquí para allá y siéntate al lado mío.

Lope de Vega: ¿Pues de qué se trata Cervantes? ¡Voto a Dios! ¡Que me mata tanta intriga!

Cervantes: Escucha Lope, escucha y no blasfemes, respeta tu investidura y deja de renegar; escucha lo que he de decirte que es uno de mis secretos, y lo he de compartir contigo para que veas que no hay en mí encono alguno, ni rencor, ni envidia, ni nada que se le parezca, y que siento por tu persona lo que he sentido durante toda la vida: una profunda admiración por tu ingenio y tus obras y tu ocupación continua y virtuosa. Y si de he de envidiarte en algo…bueno… ¡Guarda! es por tu facilidad en conquistar mujeres hermosas. Pero, escucha Lope, escucha: hace muchos años, que tenía yo edad cercana a los cuarenta y dos, y eso era rondando el 1590, cuando mi amigo Ruy Díaz de Guzmán….

Lope de Vega: ¿Quién, el hijo de Alonso Riquelme de Guzmán, que ha nacido en el Virreinato? ¿Ese que se dice que ha escrito en Asunción las crónicas de la conquista del Paraguay y el Río de la Plata, y que ha denominado esos escritos con el nombre de La Argentina? ¡Diantres! No sabía de tu amistad.

(Interrumpe Félix Lope de Vega, demostrando su conocimiento y su asombro).

Cervantes: El mismo, y no me interrumpas más, que si me sigues interrumpiendo no acabaré de contarte lo que deseo contarte en menos de dos días; digo, pues, que Ruy Díaz de Guzmán me cuenta en una de sus cartas, recibida en Madrid antes que sucediese la muerte del gran vizcaíno Juan de Garay, de la grandeza de los habitantes de las tierras llamadas de los Buenos Aires; y me cuenta que si bien ahora son pocos habitantes, que no pasan de los mil quinientos en total, y por ser ellos en su mayoría criollos, es decir, hijos de europeos, que los hay también indios y mestizos, llevan en sus almas, en su sangre, instalada la tristeza de la patria anterior, el resentimiento de las injusticias a que han sido sometidos sus antepasados, la inteligencia para sobrellevar sus pesares, la fortaleza para afrontar las adversidades, y, finalmente, las partes con el todo y el todo con sus partes los hacen hombres de resentimientos y nostalgias que arrastrarán durante siglos. Pero nadie podrá dudar que sean hombres y mujeres de corazón sensible.

Lope de Vega: No lo dudo Miguel, si tú lo dices.

Cervantes: Y ahora voy a revelarte el secreto que te dije voy a revelarte. Aunque si bien lo miras, tratándose de mi vida el secreto es que no hay ningún secreto.

Lope de Vega: No te creo Miguel.

Cervantes: Escucha Lope, escucha: He de confesarte que sin saber cómo ni cómo no, comencé a amar a Buenos Aires y le solicité en su momento al Consejo de Indias, en carta de fecha 21 de mayo de 1590, permiso para realizar el tan deseado viaje a esas maravillosas y nacientes tierras, y, como bien sabes, la Corte, enterada de mis deseos y predilecciones, me denegó el otorgamiento del permiso.

Lope de Vega: Es cierto, lo recuerdo. Se ha comentado mucho de ello en las Academias. Recuerdo la brevedad de la respuesta del doctor Núñez Morquecho, el presidente del Consejo, donde seguramente te ha desmoronado toda esperanza; a ver, a ver, déjame pensar como decía…ah, sí: “Busque por acá en qué se le haga merced”, es lo que brevemente decía.

Cervantes: Es verdad lo que dices Lope, me ha esfumado toda esperanza.

Lope de Vega: Pero, a qué viene todo ello Miguel. ¿Qué tiene que ver esa tu mala creencia de que eres un mal poeta a tus deseos de visitar Buenos Aires, y esos secretos que dices vas a revelarme, que hasta ahora poco me has contado, voto a…

(Cervantes, levantando su orgullosa nariz corva y con su habitual tartamudeo responde…):

Cervantes: Sete decir ahora, amigo Lope, que desde ahora en más he de decirte así: “amigo Lope”, que en aquellos días en que he soportado hasta las burlas de algunos escritores y poetas…

Lope de Vega: No he sido yo Miguel, sino ese tal Villegas, que en su libro “Eróticas” habla del mal poeta Cervantes…

Cervantes: Sí, sí, y también tu amigo Cristóbal Suárez de Figueroa en su novela “El transeúnte” me acusa de ser el artesano de mis propias desdichas, y que mis comedias deberían representarse en el Valle de Josafat…

Lope de Vega: Por Dios, no te enfades amigo Miguel, que yo también he de decirte “amigo”, tú compartirás tus éxitos con los míos, con “El hijo pródigo”, “Peribáñez y el Comendador de Ocaña”, “El perro del hortelano”, “Fuenteovejuna”… y tantos otros salidos de mi caletre.

Cervantes: No lo dudo, no lo dudo. Pero mira, me he puesto a idear una técnica de la versificación que llevando en sí la ironía y el humorismo, tiene un es no es de prueba de ingenio, y es mi mayor deseo que las cosas cotidianas, solemnes o vulgares que sucedan en Buenos Aires, allende los tiempos sean vistas a través de esta técnica ideada por mí.

Lope de Vega: Imaginativo eres Miguel; pero dime, ¿es por caso aquello que dice el contenido de este sobreescrito que lleva por título “Buenos Aires y los Ovillejos”?… Pero, ¿qué bullicio es ese Miguel?

(Lope de Vega vuelve a ponerse de pie y Cervantes permanece sentado, mientras se oye el cantar alegre de dos mujeres que entran: son ellas su hija Isabel de Cervantes, que ha dejado el Convento y a venido a visitarlo, y Constanza de Ovando, su sobrina.)

Isabel y

Constanza:

Ando enamorada,

no diré de quién.

Allá miran ojos

donde quieren bien.

Bailan las gitanas,

míralas el rey;

la reina, con celos,

mándalas prender.

(Isabel, vestida con hábito de novicia, acaricia y besa tiernamente a su padre, mientras dice…):

Isabel: ¡Oh, padre! No sabía que estabas en tan buena compañía. Ven, Constancica, besa a tu tío y saluda a Lope que se ha dignado venir a visitarnos.

Constanza: ¿Podemos quedarnos tío?

Isabel: ¿Puedo hacerle una pregunta a Lope, padre mío?

Cervantes: Por supuesto, por supuesto niñas.

Isabel: Dígame usted, señor Lope, ¿qué opina del éxito y la fama que tienen algunas malas obras de teatro que se dan hoy en día?

Lope: Pues, te diré mujer, que si el vulgo es necio, y pues que paga, es justo hablarle en necio para darle gusto.

(Ríen todos, Lope, Miguel, Isabel y Constanza, de la respuesta ocurrente de Lope de Vega)

Constanza: Pues sí que es agudo el señor Lope…

Cervantes: Bueno muchachas, a no interrumpir, y déjenme contestarle lo que me ha preguntado Lope sobre este sobre que dice “Buenos Aires y los ovillejos”. Como podrás luego observar Lopillo, porque quiero que te enteres por tus propios ojos y no por ojos ajenos, he dejado muestras de lo que te digo sobre una nueva técnica de la versificación en mi novela ejemplar “La Ilustre Fregona” y en la primera parte de mi “Quijote”. Y en este sobre, que hoy mismo enviaré a la Gobernación del Río de la Plata a mi buen amigo Ruy Díaz de Guzmán, están las instrucciones para que, cuando los siglos vuelen, pasen y rueden, este misterio sea revelado en Buenos Aires. Pero, lee, Lope, lee en voz alta y entérate.

(Y dicho esto Miguel de Cervantes Saavedra le alcanzó aquella carta a Lope de Vega, quien picado en su curiosidad y admirado por la nueva técnica ideada por Cervantes, lee en voz alta lo que sigue…):

Lope de Vega: “A mi estimado amigo Ruy Díaz de Guzmán: Sabiendo de tu benevolencia y amor a las artes, pues entre otras cosas sé que eres honrado escritor ajeno a toda granjería, envíote este pergamino que ruego leas con atención, y luego de haberlo leído, soterradlo en algún sitio, pero no lo dejéis oculto en una ermita en la ribera del Río de la Plata, sino que encláustralo, escóndelo, escabúllelo entre las hojas de algún libro de los muchos que habrá en las librerías que se abrirán en Buenos Aires, que, seguramente, y de ello no tengo dudas, dentro de cuatrocientos años, en los finales del siglo XX o comienzos del XXI, algún parroquiano de esos lares habrá de hallarlo y se dedicará luego a observar a Buenos Aires a través de los ovillejos. Y ahora pon atención que he de mostrarte el secreto de la fórmula:…

(Aquí Lope de Vega lee para sí la fórmula de los ovillejos; luego continúa leyendo en voz alta)

… De seguido te los muestro, aunque te recomiendo buscarlos en mis dos famosas novelas, de las cuales también te envío un ejemplar de cada una de ellas:

(Aquí Lope hace una pausa y luego lee, con gesto sorprendido, todos los ovillejos de Cervantes: De la “La Ilustre Fregona” -año 1597- y Del “Quijote -año 1605-)

——————————-

(Nota de la redacción: por razones de diseño no publicamos los Ovillejos mencionados, ya que estéticamente dificultan su lectura y su belleza, por eso ofrecemos a quienes lo deseen, nos escriban para que se los enviemos por e-mail)

——————————

Y agora, dignísimo amigo, que Dios te dé salud y mí no me abandone. Vale. Miguel de Cervantes Saavedra”

(Y esto fue lo que leyó Lope de Vega en la carta que le escribió Miguel de Cervantes Saavedra a Ruy Díaz de Guzmán, anunciándole la existencia de los ovillejos. Quedó pensativo Lope luego de saber aquello de los ovillejos; y, con voz trémula y poniéndose de pie, le dijo a Miguel):

Lope de Vega: Vaya hombre, no sé qué decirte…

(A lo que Cervantes poniéndose dificultosamente de pie junto a su hija y a su sobrina, levantando su amplia y clara frente, iluminándosele los ojos, llenos ahora nuevamente de su eterno humor, le dijo…):

Cervantes: Esa es una prueba de ingenio, amigo Lope de Vega. Pero, tú, que has ensartado sonetos como sardinas en lercha, ¿por qué no pruebas de hacer uno? En cuanto a eso de que soy un mal poeta, como una vez me has dicho, sin querer quitar mérito alguno de todo lo que has producido: ciento de comedias y poesías todas de mayor éxito, que, como dice el vulgo: “se dice corrientemente que pertenece a Lope todo lo que es excelente”, he de decirte ahora, oh Lopillo, y presta mucha atención a lo que voy a decirte: que pasados los siglos y conocido en ellos a mi don Quijote de la Mancha, pues no lo dudes Lope: ¡La venganza será terrible!

(Quedó unos segundos en silencio Lope de Vega, pensativo, luego estalló en una sonora y prolongada carcajada que hizo reír de buena gana a Cervantes, a Isabel y a Costanza, mientras le dice a Miguel):

Lope de Vega: Ya entiendo, ya entiendo. Miguel, Miguel, verdaderamente… ¡Tienes un humor increíble! Toda la vida lo has tenido y te envidio por ello. Porque no hay duda que esto de los ovillejos lo has ideado entre el humor y la ironía solo para mostrármelos a mí, y que no existe tal amistad ni tal carta a Ruy Díaz de Guzmán, todo fue una broma que me has gastado, en cuanto a eso de la terrible venganza…esa alegoría de dónde la has sacado.

Cervantes: Verás, lo de la terrible venganza es una metáfora que repite siempre un grande amigo mío que es filósofo, orador, poeta, escritor y vizcaíno. Pero que va Lope, basta de palabras y ahora venga un abrazo y sellemos para siempre nuestra amistad, que pronto yo he de partir de esta vida.

Lope de Vega: ¡Qué dices Miguel, ni se te ocurra! Y ustedes niñas, traigan esas dos botellas de vino bermejo que están sobre esa biblioteca, que nos honraremos todos con un brindis. Pero antes Miguel, desabriga la guitarra y hazla sonar como chicharra, sin temblar ni toser, sin escombrarte, ni aguantar a la súplica o al ruego, y así Isabel y Constanza nos cantan una seguidilla de tu autoría, va Miguel, vamos muchachas:

(Mientras baja muy lentamente el telón, salen Isabel y Constanza cantando, y al quedar solos los dos rivales literarios se estrechan en un prolongado abrazo, fue la primera y única vez que se entendieron, y fue para toda la eternidad)

Constanza: Por un sevillano rufo a lo valón,

Tengo socarrado todo el corazón.

Isabel: Por un morenico de color verde,

¿Cuál es la fogosa que no se pierde?

Constanza: Riñen dos amantes; hácese la paz:

Si el enojo es grande, es el gusto más.

Constanza e Isabel: Detente enojado: no me azotes más;

Que si bien lo miras, a tus carnes das.

Volaron, corrieron y rodaron los siglos, y, curiosamente, a fines del siglo XX, un porteño trasnochado con pretensiones de poeta encontró la fórmula de los ovillejos y comenzó a observar a Buenos Aires a través de ellos. Veamos, lector amigo, te mostraré cuatro de esos Ovillejos, espero que te gusten:

Los ovillejos porteños

El celoso inocente.

¿Quién provoca los desvelos?

Los Celos.

¿Quién traiciona, mata o acecha?

Sospecha

Y, ¿quién incita a esta demencia?

Ausencia.

De ese modo, la inocencia

se oculta en el desengaño,

pues son causas de este daño

Celos, Sospecha y Ausencia.

Historia de amor en el Barrio de Villa Crespo.

¿Quién de la bruma nos salva?

El alba.

¿Y del fervor? ¿Del reproche?

La noche.

¡Moisés, José, y María!

El Día.

De ese modo, bella judía,

para podernos amar,

te ofrezco en cualquier altar

El alba, La noche y El día.

El Barrio Palermo Viejo.

Sensible, y pena de otario.

El Barrio.

Entre florido y yermo.

Palermo.

Chalé nuevo y desparejo:

por viejo.

De ese modo, hay un dejo

Que junta el hoy y el ayer.

Tiene todo para ver

el Barrio Palermo Viejo.

Amor en Buenos Aires

¿Quién nos calma del dolor?

Amor.

¿Por qué dura esa ilusión?

Por la pasión.

Y ¿quién forma esta atadura?

Dulzura

De ese modo, con ternura,

Nadie quedará aburrido

Si permanece encendido

Amor, pasión y dulzura.

En el capítulo treinta y dos se inicia el tránsito a la Gloria de nuestro Ingenioso Escritor.

——————————————–

Capítulo 32

EL TRÁNSITO A LA GLORIA

Cervantes tiene una afección cardíaca, aunque él nos cuenta que padece de hidropesía. Pero ahora sabemos que la retención de líquido en los tejidos no constituye una enfermedad por sí sola, se trata de un síntoma. Como la retención de líquido en Cervantes era abundante (eso produce trastornos en el corazón y pulmones debido a la presión que ejerce el agua), y su lucidez estaba incólume hasta en los momentos finales de su vida, me inclino a pensar que nuestro Ingenioso Escritor padecía de una enfermedad cardíaca.
Retrotraigámonos por un instante al año 1615. Corre el mes de noviembre del año 1615, y ya se ha editado y salido a la comercialización la segunda parte del Quijote (los detalles ya lo hemos visto) con total éxito de ventas. La primera parte ya recorre el mundo traducida en varios idiomas, y hasta el Emperador de la China suplica le envíen un ejemplar del Quijote, porque dice que quiere fundar un Colegio donde se enseñe la lengua castellana y sea precisamente el Quijote el libro de lectura.
Nuestro Ingenioso Escritor sabe que está enfermo, y apura a dar término a la que será su última novela romántica, el Persiles, de la que ya hemos hablado en capítulos anteriores. Asimismo, recibe en su casa de la calle León la “Profesión” de la Venerable Orden Terciaria de San Francisco (VOT), cuyo hábito había tomado Miguel en Alcalá de Henares el día 2 de julio de 1613. Cervantes, al igual que muchos escritores de la época, en cierto momento de la vida opta por lo religioso.
Volvamos al año 1616: La primera descompensación severa la tuvo el día 2 de abril de 1616, en el sábado Santo de las Pascuas. Se recupera y viaja de inmediato a Esquivias a fin de autorizar a su esposa, Catalina Salazar Palacios y Vozmediano, para que se encargue de editar y obtener las regalías de la venta de su última novela (el Persiles) después de su muerte. Al regresar de ese viaje, camino al puente de Toledo se encuentra con un joven estudiante que lo reconoce y que con gran regocijo le dice a Miguel de Cervantes:
¡Sí, sí; éste es el manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, y, finalmente, el regocijo de las Musas!
Esta frase (el manco sano, el famoso todo) ha quedado grabada para siempre en las crónicas cervantinas, tal es así que, posterior a su muerte, uno de sus apodos literarios fue “el manco sano y famoso todo”.
Ocurre luego una plática exquisita y célebre entre Cervantes y el estudiante, diálogo que podremos apreciar en el prólogo de su última novela (el Persiles), en la que Miguel concluye diciéndole, entre el humor y la ironía, estas tiernas y a la vez dramáticas palabras: “Mi carrera acabará este domingo, a más tardar”.

Ven muerte, tan escondida,
que no te sienta venir,
porque el placer del morir
no me torne a dar la vida.

Sabiéndose morir, nuestro Ingenioso Escritor apura la dedicatoria de su última novela a Don Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, que Miguel de Cervantes inicia de esta manera:
“Aquellas coplas antiguas, que fueron en su tiempo celebradas, que comienzan: “Puesto ya el pie en el estribo…” quisiera yo no vinieran tan a pelo en esta mi epístola, porque casi con las mismas palabras las puedo comenzar, diciendo:

Puesto ya el pie en el estribo,
Con las ansias de la muerte,
Gran señor, ésta te escribo.

Ese domingo, 17 de abril, presagiado por Cervantes al joven estudiante como el día de su muerte, la Señora de la Última Verdad faltó a la cita. El miércoles 19 Miguel se halla recostado en su cama (al día siguiente recibe los últimos sacramentos), apoyada su cabeza sobre varias almohadas, y a su lado, acompañando al moribundo al buen morir, se hallan su sobrina Constanza de Ovando la hija de su hermana Andrea, y el escritor y sacerdote Marsilla, propietario de la casa donde vive y amigo de Miguel. Su hija Isabel se halla ausente, es que hace unos meses que ha elegido el claustro del Convento de las monjas Trinitarias. Y como no podía ser de otra forma, en la cabecera, acariciando su amplia y pálida frente están sus hijos más queridos: hijos engendrados en el espíritu para lograr la eternidad y redimir al mundo, ahora y siempre, de sus ignominiosas locuras: son ellos don Quijote y Sancho Panza. El humor de Cervantes sigue intacto, pues en un eco infinito de su mente prodigiosa oye la voz de Sancho que repite las palabras que una vez le dijera a don Quijote: “¡Ay! No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir….”
Al respecto, nuestro querido Jorge Luis Borges escribió una vez:

Manuel Flores va a morir.
Eso es moneda corriente;
Morir es una costumbre
Que sabe tener la gente.

Cuatro días antes de su muerte, había escrito Cervantes al Conde de Lemos lo siguiente: “Ayer me dieron la Extremaunción, y hoy escribo ésta; el tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan, y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir, y quisiera yo ponerle coto hasta besar los pies a vuestra excelencia…”
Y en el final del prólogo del Persiles nos muestra la valentía, la ironía y el humor de Cervantes, que sabiendo que va a morir nos escribe:
“¡Adiós gracias, adiós donaires, adiós regocijados amigos; que yo me voy muriendo, y deseando veros presto contentos en la otra vida!”
El sábado 23 de abril de 1616 llegó a la casa de Cervantes su esposa, doña Catalina Salazar, proveniente de Esquivias. Llegada la noche, rodean a Cervantes su esposa Catalina, su sobrina Constanza y el escritor Marsilla. De pronto, el silencio ocupa todo el espacio de la habitación produciendo cierto temor. Es un silencio que hiela la sangre, paraliza los sentidos, ciega la vista; es el instante que penetra a la habitación una mujer hermosísima, de labios rojos, cabellos castaños y suaves, de mirada profunda y serena. La bella mujer se acerca al lecho donde se haya agonizando Cervantes, nadie la ve, y con voz suave y firme le susurra al oído estas palabras: “Si las almas se conocen, ese amor será eterno”. Al oírlas, Miguel abre sus ojos cansados, sostiene la mirada de aquella bella mujer y de su boca desdentada surge una dulce, compasiva y resignada sonrisa. Ahora todo ocurre en un abrir y cerrar de ojos; Miguel, al tiempo que busca y encuentra la mirada de su esposa Catalina, toma con fuerza la mano de su sobrina Costanza y recuerda a la vez a su lejano amor, Ana, y a su ausente hija Isabel. Sostiene con firmeza estas imágenes en su mente, mientras aprieta con fuerza la mano de Constanza. Los segundos ahora parecen eternos. Y con esas imágenes vivas en su sentimiento desbordado de emoción en su corazón maltrecho, que le otorga la mayor valentía en esos segundos finales de su existencia, en un hilo de voz dice: – ¡Tengo mucho frío…! – En ese instante exhala un profundo suspiro y muere. (Que sencilla es la muerte, amable lector). En su obra capital Cervantes narra de esta forma la muerte de don Quijote: “…entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió.”
Se disipa el silencio en la habitación, brotan las lágrimas contenidas. Y por un alto corredor que se abre hacia el Cielo y que conduce a la Gloria, va caminando aquella bella mujer envuelta en un manto de purísima seda blanca (el lector habrá advertido que esa bella mujer es la misma Señora que había faltado a la cita el domingo pasado). Envueltos en una nívea cerrazón y de la mano de aquella Señora va Miguel de Cervantes Saavedra, el glorioso Manco de Lepanto, el Príncipe de los Ingenios, el Ingenioso Escritor… detrás los acompañan don Quijote y Sancho Panza, todos caminan hacia un mismo destino.

***

El Convento de las Monjas Trinitarias Descalzas queda muy cerca de la casa de Miguel, en la calle Cantarranas (hoy Lope de Vega), y hacia allí lo llevan en un ataúd a cara descubierta, como lo disponen los Terciarios de la Orden de San Francisco, sin carruaje alguno, apoyado el féretro sobre los hombros de dos personas desconocidas, sus familiares caminan detrás. Luego, cavan la fosa en los jardines del Convento dos obreros, y allí lo entierran, sin lápida funeraria, sin inscripción alguna. Al cabo de un rato, sus familiares se marchan. En aquel solitario lugar un hombre, de pie, solo frente a la tierra húmeda y removida, deja una rosa roja y una lágrima. Es su vecino, su amigo Félix Lope de Vega y Carpio.

***

En el próximo capítulo, el último, veremos algo más sobre la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra; un dato curioso y mi dedicatoria y mis secretas fuentes de información y agradecimientos.

——————————————————–

Capítulo 33

HA MUERTO CERVANTES

Y de este modo, queridísimos lectores, logrando un hábil despojo de ladrillitos de famosas fortalezas construidas por hábiles arquitectos de la literatura, y con la inestimable ayuda de mi enmarañada imaginación e insolvente sintaxis y meritoria destreza, he logrado edificar para vos, lector o lectora agradable, un quimérico y fabuloso Castillo que hemos dado en llamar “Poesía, secretos y murmuraciones en la vida de Cervantes”. Espero que haya sido de tu agrado. De cualquier modo, a fin de darle respuesta al decir de algunos refutadores, me consuelo con aquello que una vez le dijo Plinio el Viejo a su sobrino Plinio el Joven: “Nunca hay un libro tan malo que no se pueda sacar de él algo bueno”.
En resolución, volviendo al tema, Miguel de Cervantes Saavedra, el manco sano y famoso todo, murió ese sábado 23 de abril de 1616 en su casa de la calle León (hoy Cervantes), en Madrid, a la edad de 69 años. Permítaseme ahora el último latrocinio: ¡Así acabó la vida terrena de Cervantes y comenzó la de la inmortalidad de su fama!… dijo Ángel Valbuena Prat.
Queridos leyentes, seguramente habrás escuchado decir o quizá alguna vez hayas leído, que también un 23 de abril de 1616, a la edad de 52 años, muere William Shakespeare, en Stratford del Avon (condado de Warwick), su ciudad natal. (Recordemos por recordar que Shakespeare fue un dramaturgo exitoso, socio de la compañía teatral Globe Theatre, y que con sus ganancias llegó a tener un buen pasar económico; así como Cervantes nos dejó su Quijote, Shakespeare nos dejó una joya en el arte teatral: Hamlet.) Cuando te enteres de este dato, demuéstrale al que te lo haya dicho que me has leído y dile lo siguiente: estos dos genios de la literatura universal mueren en la misma fecha pero no en el mismo día, pues Inglaterra no había adoptado aún el calendario gregoriano, se regían por el calendario juliano, al que el papa Gregorio XIII (1572 a 1585) ajustó en diez días, por lo tanto, el 23 de abril del calendario británico correspondía al 2 de mayo en el calendario español, hoy vigente en todo el mundo. Dile también, sin avergonzarte de tu vanidad, que la diferencia de sus vidas quedan marcadas en sus muertes: mientras Shakespeare yace en un soberbio monumento en las bóvedas de Westminster, entre reyes y poderosos, el cuerpo de Cervantes fue enterrado en la Iglesia de las monjas Trinitarias, en una fosa sin lápida ni inscripción alguna, y los varios traslados que efectuaron luego los Terciarios hicieron que sus despojos se perdieran para siempre. Y finaliza diciéndole, con aire de suficiencia: No obstante, aquellos dos espíritus sublimes, aquellos dos poetas, el español y el inglés, de vidas y muertes tan disímiles, viven hoy en cada habitante sensible de la tierra.

DEDICATORIA

Se me ocurre ahora: ¿Te acordás, curioso lector o lectora, aquello que te conté en el capítulo pasado sobre los ovillejos, técnica de la poesía ideada entre el humor y la ironía por Cervantes? ¿Qué te parece si tratamos de hacer uno y se lo dedicamos a él, a Cervantes? Sería inédito, tratemos de hacerlo, la gracia está, además de sus rimas octosilábicas, que el último verso tiene que estar compuesto por los tres pies quebrados. Vamos…Primero redactemos el título a modo de introducción:
Un Ovillejo cervantino al Humanista, Soldado, Poeta y Escritor más grande de todos los tiempos, Miguel de Cervantes Saavedra.

¿Quién del ensueño es mentor?
El Escritor.
¿Quién la fantasía interpreta?
El Poeta
¿Quién amor a España ha dado?
El Soldado
De ese modo, ha demostrado
el Humanista Cervantes,
que fue Quijote, pero antes:
Escritor, Poeta y Soldado.

Salió muy bueno, a mi me gustó. En fin, en fin, por último, que ya me voy yendo, sobre esta historia novelada que acabamos de leer, a fin de enmendar un poco mis deslices, tropiezos o culpabilidades, te transcribo unas sorprendentes palabras que un genial escritor argentino ha dejado en uno de sus cuentos:
“La verdad histórica no es lo que sucedió, sino lo que juzgamos que sucedió” -
Del cuento: “Pierre Menard, autor del Quijote” – de Jorge Luis Borges).

FIN

ahora, lectores seguidores, cariñosos, leales, consecuentes y que todo me perdonas, a continuación, y a modo de despedida, que como ves me cuesta irme, te voy a revelar mis fuentes de información cervantina, y, de ese modo, ofreceré mis agradecimientos por haber logrado lo necesario a fin de realizar esta deliciosa obra.

A la Biblioteca Nacional – (donde he pasado horas…)

“Cervantes” – de Jean Babelon – traducción de Luis Echávarri – Losada – Anaya & Mario Muchnik

“La rara invención” – Estudios sobre Cervantes y su posteridad literaria – Edward C. Riley – Traducción de Mari Carmen Llerena – editorial: Crítica letras de humanidad -

“El Ingenioso Hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra” – Francisco Navarro y Ledesma – Colección Austral -

“Aproximación al Quijote” – de Martín de Riquer – Biblioteca Básica Salvat -

“Cervantes y la Berbería” – de Emilio Sola – José F. de la Peña – Fondo de Cultura Económica -

“Miguel de Cervantes Saavedra” – Obras completas – introducción y comentarios de Ángel Valbuena Prat – Editorial Aguilar

Vida de Don Quijote y Sancho – Miguel de Unamuno – Biblioteca Unamuno – Alianza Editorial

“Don Quijote de la Mancha (primera y segunda parte)” – introducción y comentarios de Celina Sabor de Cortazar – Editorial Kapeluz

“Diccionario General Ilustrado de la Lengua Española” – prólogos de Don Ramón Menéndez Pidal y Don Samuel Gili Gaya – Editorial Biblograf –

“Rinconete y Cortadillo” – de Miguel de Cervantes – Comentarios de Francisco Rodríguez Marín – Editora y Distribuidora del Plata – Buenos Aires

“El tango” – Horacio Salas – Editorial Planeta

A mis dignos lectores y lectoras, que han colaborado con sus críticas y elogios mientras realizaba la obra.

A mi amigo el Sr. Sergio Romano, propietario de la revista virtual Nueva Avenida, que me ha soportado todo este tiempo con verdadero estoicismo.

… y, fundamentalmente, a mi sistema nervioso periférico, neuronas, médula espinal e hipotálamo, que por momentos le han cedido bondadosamente el lugar a mi quijotesca, quimérica, imaginativa y caótica inteligencia emocional, con lo cual he podido realizar sin remordimientos este trabajo de memoria, imaginación y saqueo.

Forsi altro canterá con miglior plectio.
(Hasta que otro cante con mejor pluma)

  1. abril 13, 2012 en 6:15 pm

    Si uno lee detenidamente a Don Quijote de la Mancha , se puede observar que su autor . , era un judío converso, para evitar la Inquisición,, .. igualmente sucede con Critobal Colón o Cristoforo Colombo

  2. Roque B.Ariza
    junio 8, 2008 en 4:28 pm

    Todo pincipio tiene fin y por lo tanto es triste más aún cuando se deleita y se disfruta de semejante obra literaria. Espero que el Señor Toros siga inspirándose con algún nuevo proyecto para el gozo de todos los lectores del periódico Nueva Avenida. Desde ya muchas gracias por el conocimiento que he adquirido sobre la vida de Cervantes. Hasta pronto.

  3. Orestes Dana
    mayo 19, 2008 en 4:06 pm

    SOBERBIO FINAL PARA TAN DIGNA OBRA.

    ES DE ESPERAR QUE NO SEA EL UNICO FRUTO DE UN ARBOL QUE PROMETE TANTO.

    FELICITACIONES!!!

  4. Fernando Manzo
    mayo 14, 2008 en 1:52 pm

    Excelente capítulo Robert,te felicito de corazon!!!
    Muchas Gracias.

  5. ENTRE RIOS CON TOROS
    mayo 7, 2008 en 12:24 pm

    SEGUIMOS DISFRUTANDO DE LOS EXCELENTES TEXTOS, DE LA INCREIBLE IMAGINACION QUE DESPIERTAN LOS CUENTOS DE “EL GRAN ROBERTO TOROS”.-
    SI BIEN LA GENTE ES UN POCO ARISCA A ESCRIBIR ASEGUROLE QUE SE LEE Y MUCHO DE SU OBRA.-
    FELICITACIONES.-

  6. ENTRE RIOS CON TOROS
    abril 29, 2008 en 7:24 pm

    GRANDE ROBERTO EL MAESTRO DE LOS MAESTROS, FELICITACIONES POR TUS ESCRITOS.- LA VERDAD QUE LO QUE HACES NO TIENE PRECIO SOS UN GRANDE.- SALUDOS COORDIALES.-

  7. Fernando Manzo
    abril 28, 2008 en 11:45 am

    El capitulo es excelente… espero el próximo capitulo con ansiedad para conocer esa conversación.

    Gracias Roberto!!

  8. Roque B. Ariza
    abril 27, 2008 en 11:24 pm

    Sr:Sergio Romano, como lector de nueva avenida deseo trasmitirle mi agradecimiento respecto a las publicaciones referidasa a la historia de Cervantes.Desde ya espero seguir enriqueciendome con los restantes capitulos de esta maravilla

    a la vez quiero hacer extensivo mis saludos para el señor, Roberto Carlos Toros por escribir tan maravillosa obra

    Roque B.Ariza

  9. gaston
    abril 24, 2008 en 6:22 pm

    LA VERDAD QUE ESTA EXCELENTE EL TRABAJO DE ROBERTO TOROS.- EL CAP 29 ESTA MUY BUENO, MIS FELICITACIONES PARA EL.-

  10. Andrea Torós
    abril 15, 2008 en 9:17 pm

    Agradezco muchísimo al Sr. Sergio Romano por publicar los trabajos de Cervantes de mi papá. El trabajo es muy bueno, atrapa. Felicitaciones a ambos.

    Andrea Torós

  11. Monica Fraguas
    abril 14, 2008 en 3:46 pm

    FELICITACIONES!!! Es una muy buena forma de conocer sobre Cervantes, divertida e interesante.
    Gracias Roberto!
    Y Gracias Sergio Romano! por difundirlo. Solo hubiera llegado a unos pocos si no fuera así y sería una verdadera pena.

  12. Fernando Manzo
    abril 14, 2008 en 12:48 pm

    Excelente trabajo!!! Lo importante de este trabajo es las inquietudes que genera al lector para introducirse en los escritos de Cervantes.
    Muchas Gracias Roberto.

  13. Luis María Ríos
    abril 10, 2008 en 4:32 pm

    El trabajo es excelente, sin duda. Felicitaciones al dueño de la revista virtual y a Roberto.
    Críticas. Los escritos salen muy sobre el márgen derecho, cortando algunas letras.

  14. Alejandro Dolina
    abril 7, 2008 en 11:11 pm

    Felicitaciones por el trabajo.

  15. Alejandro Dolina
    abril 7, 2008 en 11:10 pm

    Muy bueno todo, los felicito.

  16. Orestes
    abril 6, 2008 en 5:06 pm

    Muy Buen Capítulo!!
    Sintético, ilustrativo, versado,explicativo e intrigantemente introductorio a la obra cumbre del ilustre escritor.

    Adelante!…
    Sea breve la espera.!!

  17. Orestes Dana
    marzo 3, 2008 en 2:28 pm

    Como siempre, IMPECABLE.
    Ameno, instructivo, bien documentado. ¿Qué más se puede pedir…? Tal vez es algo breve! ¿O es la ansiedad por continuar avanzando en la historia lo que lo hace aparecer breve? En fin lo breve si bueno dos veces bueno.

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